Carrusel

Doña Katharine por siempre 

Graham fue capaz de apostarlo todo –su vida, su capital– en defensa del periodismo libre.

Katharine Graham, ilustración de Miguel Yein

La película The Post nos recuerda el decálogo de la señora Graham: en periodismo “la calidad y los beneficios van de la mano”.

Foto:

Miguel Yein

22 de febrero 2018 , 11:06 a.m.

De Katharine Graham, la expropietaria y exeditora del periódico The Washington Post, se podría decir lo que dijo Octavio Paz de María Félix: “Nació dos veces, el día que su madre la parió y el día que decidió reinventarse”.

Lo primero fue un asunto meramente biológico: vino al mundo en el seno de una familia archimillonaria donde su voz nunca fue tenida en cuenta. Según narra ella en el libro Una historia personal, su madre, Agnes E. Meyer, “desautorizaba muchas de las cosas que yo hacía, desestimando sutilmente mis decisiones y actividades”. Su padre, Eugene Meyer, machista hasta el tuétano, la menospreciaba de un modo más radical. Tanto, que prefirió legar la mayor parte de las acciones del periódico –y el mando editorial del mismo– al yerno, Phil Graham, antes que a ella. “Ningún hombre” –fue su absurdo argumento– “debería estar jamás en la posición de tener que trabajar para su mujer”.

La peor parte de la discriminación corrió, precisamente, por cuenta del marido, quien la trataba como “una simple cola de cometa”. También en sus memorias la señora Graham documenta este espinoso tema. Cuando tomaba la palabra en las reuniones sociales, por ejemplo, el esposo solía mirarla con dureza para indicarle, delante de todos, que había llegado el momento de callar. Además, la llamaba ’Porky‘, en forma despectiva. Para subrayar el apodo llegó al extremo de obsequiarle una cabeza de marrano.

En este punto uno de sus biógrafos, David Remnick, editor de la revista The New Yorker, aporta declaraciones reveladoras de la señora Graham sobre el daño que le ocasionó el haberse formado en aquel entorno machista: “Daba por sentado, como muchas de mi generación, que las mujeres eran intelectualmente inferiores a los hombres, que no éramos capaces de gobernar, liderar o gestionar nada, excepto nuestra casa y a nuestros hijos. Una vez casadas, nos veíamos limitadas a llevar la casa, procurar un ambiente tranquilo, encargarnos de los hijos y apoyar a nuestros maridos. Pronto, esa clase de vida nos pasó factura: la mayoría nos volvimos un poco inferiores”.

Pero entonces, contra todos los pronósticos, ocurrió su segundo nacimiento. Forzada por el suicidio de su marido, asumió la dirección del periódico. Allí volvió a toparse con hombres que la miraban por encima del hombro. En ese momento afloraron en ella ciertos rasgos especiales que habían estado agazapados, como el carácter y la lucidez. Al llegar al mando buscó a un director editorial extraordinario –Ben Bradlee–, y entre los dos conformaron un equipo periodístico notable, un equipo al que nunca le faltaron ni inspiración ni energía.

La película The Post nos recuerda el decálogo de la señora Graham: en periodismo “la calidad y los beneficios van de la mano”. Si el negocio es saludable, se pueden contratar buenos reporteros; si hay buenos reporteros, el negocio es saludable.

Katharine Graham fue capaz de apostarlo todo –su vida, su capital– en defensa del periodismo libre, y antepuso esa fe a sus intereses de clase, a sus afectos personales. Por eso The Washington Post se enfrentó al poder y se convirtió en un diario icónico. Ella fue grande porque, como proponía Borges, cuando le llegó el momento de saber quién era realmente y cuál debía ser su destino, estuvo a la altura. En estos tiempos difíciles, su ejemplo debería ser tomado como una fuerza inspiradora por todos aquellos periodistas que estén dispuestos a encontrar su segunda oportunidad.

ALBERTO SALCEDO RAMOS
@SalcedoRamos

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