Bogotá

Pa’ corruptos, todos / Voy y vuelvo

La práctica de comprar y vender conciencias, de sacar tajada por todo, se volvió paisaje.

Corrupción en Colombia

La práctica de comprar y vender conciencias, de armar presupuestos leoninos, de sacar tajada por todo se volvió paisaje.

Foto:

Juan Carlos Escobar / Archivo EL TIEMPO

11 de marzo 2018 , 12:33 a.m.

Las cifras que alcanza la corrupción en el país no caben en la cabeza: entre 30 y 50 billones de pesos al año, de acuerdo con cálculos del procurador Fernando Carrillo y del contralor Edgardo Maya. Esto es dos veces el presupuesto de Bogotá y entre dos y tres veces lo que cuesta la primera línea del metro, para no ir muy lejos.

No hay día sin que un funcionario de rango medio o un encopetado dirigente político y uno que otro hombre o mujer del sector privado no aparezcan salpicados por el escándalo.

Y lo triste del asunto es que la práctica de comprar y vender conciencias, de armar presupuestos leoninos, de sacar tajada por todo –hasta para borrar una multa– se volvió paisaje. Como si culturalmente diéramos por sentado que la corrupción está presente en nuestras vidas igual que un vecino incómodo: nos molesta lo que hace, pero lo soportamos. Y así hemos ido pasando del robo de pueblo al megaescándalo que arropa a lo más alto de la sociedad. Episodios como el ‘carrusel’ de la 26, Odebrecht, el ‘cartel de la hemofilia’, el robo de la comida de los niños y, más recientemente, el del Soat, fueron copando todos los espacios.

No en vano este es el tema al que hoy apelan los candidatos para conseguir adeptos y votos: “Acabaré con la corrupción”, gritan en coro. Y la gente tiende a no creer. Ese es uno de los efectos devastadores de esta práctica: se desconfía del político, del partido, de las instituciones, de los gobernantes, de todos. Porque todos, de algún modo, han fallado: por acción u omisión.

Pero lo más grave del asunto no es el nivel que ha alcanzado este fenómeno, sino la manera como ha permeado al resto de la sociedad. Eso fue lo que quedó de la magnífica conferencia hace unas semanas del profesor Michael Sandel en la Universidad del Rosario, cuando retó a los asistentes a decir si fenómenos como pagarle a un revendedor de boletas para un partido o para asegurar el turno en una fila o para que el rector permita que la hija de un poderoso acceda a la universidad de élite pese a no contar con méritos, eran o no corrupción.

Para algunos de los presentes no lo eran y estaba justificado. Para la mayoría, por fortuna, sí. Sin embargo, esto deja ver cómo la frontera de lo moral se ha ido corriendo peligrosamente hacia el lado de la ilegalidad. “La corrupción es más que la ley y el cohecho: es la ética, la ética de lo público”, explicó Sandel.

La frontera de lo moral se ha ido corriendo peligrosamente hacia el lado de la ilegalidad

Y entonces vale la pena reflexionar sobre si la corrupción chica es menos grave que la corrupción grande. Mucho me temo que en esta transgresión de valores todos somos corruptos.

No nos llamemos a engaños: colarse en TransMilenio; alterar el medidor del agua; pagar por una tesis; aprovecharse de los espacios públicos para enriquecerse; estacionarse en lugar prohibido; ocupar el espacio que es para los discapacitados; dañar un bien; pervertir el orden; sobornar al portero, al policía, al funcionario para obtener ventajas sobre los demás; hablar de defender al pueblo sin declarar los millonarios bienes que se tienen por fuera y hasta llenar de dádivas a alguien con segundas intenciones, eso es corrupción. Pa’ corruptos, todos.

Según los expertos, cuando se actúa así se carece de conciencia social, se carece de educación y de una cultura del compromiso. Ese es nuestro mal, y el remedio, curiosamente, está en nuestras manos.

A propósito
: en las elecciones de este domingo elimina de tus opciones a los populistas, a los clanes familiares corruptos, a los que predican el caos, a los que quieren perpetuarse en el poder, a los lobos con piel de oveja; verás que la lista se reduce a quienes lo merecen.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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