Bogotá

Tala de árboles y participación / Voy y vuelvo

El alboroto de la tumbada de árboles nace en sectores en donde existe capacidad de generar polémica.

Tala de árboles

Talar árboles no es de ahora ni exclusivo de esta administración.

Foto:

Mauricio León / EL TIEMPO

15 de septiembre 2018 , 10:15 p.m.

Tan grave como la tala de árboles, para algunos, es el cercenamiento de las ideas del otro. Talar árboles no es de ahora ni exclusivo de esta administración. En la del gobierno del Polo (que terminó con alcalde preso), hace ya casi diez años, se talaron miles. En la de Petro, otros miles se tumbaron. Y en esta, van otros tantos. Se necesitaría ser corto de inteligencia para creer que las alcaldías tumban árboles por capricho. El episodio sirve, en cambio, para que prominentes figuras quieran aparecer como defensoras del medioambiente o para que reconocidas entidades de control terminen seducidas por los trinos antes que por el carácter que las reviste.

Si nos fijamos con cuidado, el alboroto de la tumbada de árboles nace en sectores en donde existe capacidad de generar polémica. Pasa con los vecinos del parque El Virrey, que se han apropiado de este como el patio trasero de sus casas. O los de la calle 76, que pusieron lápidas antes de querer enterarse de la tala que se avecinaba.

No veremos algo similar en el sur o en el occidente –aunque valga destacar que los vecinos del bosque San Carlos hicieron una jornada de resiembra que, ahí sí, nadie comentó–. En los sectores populares no hay lo que pomposamente llaman hoy ‘influencers’, personajes que pueden mover con un par de trinos y a su antojo a una opinión cuyo lema máximo es NO.

Lo que indigna a los que ven las cosas con un poco más de perspectiva es la forma burda como se tala. Y en eso estoy de acuerdo. Cortar un árbol hoy no es estético, luce criminal, bellaco; es como ver a un papá dar un par de nalgadas a su hijo en plena calle, pueda que tenga motivos para hacerlo, pero la sola escena genera indignación colectiva. Por lo mismo, hay que ser cuidadoso con la manera como se hacen las cosas, pero sobre todo, como se dicen y se planean.

Si antes de talar se hubiera convocado a los quejosos a hacer parte de una brigada de amigos de los árboles para que ayudaran a la resiembra, otro sería el cantar. Cortar primero y explicar después es el error. El Jardín Botánico me asegura que se intentó explicar, pero hubo oídos sordos. ¿A quién creerle? Y es aquí donde nace el otro debate: cada vez se les cree menos a las entidades públicas. Grave.

Y ello obedece a que no hay nada que mueva más al ciudadano del común, a los jóvenes y a los seudoambientalistas que mostrar la imagen de un árbol caído o un animal maltratado. Estamos en tiempos de redes, qué le vamos a hacer. No esperemos la misma actitud ni los mismos ‘likes’ para condenar el abandono de los embera o el abuso de menores; mediáticamente la atención estará en El Virrey. Seguimos siendo una ciudad desigual hasta en Facebook y Twitter.

Algunos columnistas salen a recordarnos ahora que la cosa con la ciudad requiere de “participación”. Se rasgan las vestiduras diciendo que al ciudadano “no se lo invita” a participar. Pueda que sea cierto, pero la verdad es que la gente no participa, no le llama la atención, tiene otras prioridades, no le interesa o espera algo a cambio. Es lo que ha revelado la encuesta de percepción ciudadana los últimos 20 años: menos del 10 por ciento reconoce hacer parte de alguna convocatoria promovida desde el Gobierno.

En cambio, la gente reacciona airada cuando le tocan su metro cuadrado, su entorno; lo que pase con el resto de la ciudad le importa poco. Ni Lucho Garzón con su bacanería ni Petro con sus manifestaciones ni Peñalosa con su obsesión por limpiar postes y paredes han conseguido que la gente se involucre con la ciudad. Gastamos energía atacando a uno u otro mandatario cuando el problema es la gente que no siente, no cree, no convive y no quiere a la ciudad. Se piensa erróneamente que participar es poner un trino desafiante y listo. No, no es así.

Esa tendencia de no creer en las entidades –que no significa dejar de cuestionarlas, pero que estamos optando por ni siquiera oírlas– nos puede llevar a un escenario como el que ya se advierte en seguridad: hacer justicia por mano propia. Por eso se aplaude a quien mata a un ladrón.

Si no queremos que tumben árboles, listo, dejemos que se caigan de muerte natural y así sucesivamente. ¡Bienvenida la era del gobierno de la gente y de los jueces! Pero que después no digan que la democracia es imperfecta, pues lo que nos gobierna es la cultura donde todo lo solucionamos con un ‘like’.

¿Es mi impresión o... la tan anhelada semaforización para Bogotá tiene un conjuro?

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
erncor@eltiempo.com
En Twitter: @ernestocortes28

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