Bogotá

La odisea de los campesinos para llevar sus productos a las plazas

Salen antes de la madrugada desde sus parcelas, viajan en flota y les afectan las ventas ambulantes.

La odisea de los campesinos para llevar sus productos a las plazas

Los campesinos llevan sus productos a las plazas de mercado después de viajar de madrugada desde sus parcelas. Intermediarios y ambulantes afectan sus ventas.

Foto:

Cesar Melgarejo. EL TIEMPO

01 de agosto 2018 , 08:31 p.m.

Sentada junto a una de sus clientas, Paulina Rodríguez, de 65 años, desgrana arveja. Son las 12:33 del día del viernes 27 de julio y a esa hora, en la plaza de los campesinos en la parte posterior del mercado del 20 de julio, espantan.

La mujer salió desde su parcela en Nuevo Colón, cerca de Puente Boyacá, antes de la medianoche del jueves. Se embarcó en la flota a Bogotá por 25.000 pesos. Antes, en un camión de carga, envió esa misma tarde, por $ 80.000, los bultos con las arvejas y las canastillas llenas de peras, duraznos, ciruelas, manzanas y papayuelas hasta la calle 24A sur con carrera 6.ª, en la plaza del 20.

Entre las dos mujeres alistan, en bolsas separadas, el guisante. La libra está a 4.500 pesos. Las cáscaras caen y caen en una caneca. Y a lo lejos se escucha el estrepitoso ruido de los buses y automóviles que bajan de los cerros de oriente para tomar por la 6.ª, la misma carrera que luego se convierte en la 7.ª, una vía simbólica en el país.

Los pitos y las aceleradas se confunden con el bullicio de los vendedores ambulantes que afuera no dejan ni un metro de espacio público para los peatones. Es un lugar imposible: no pasa ni una silla de ruedas ni una mamá con coche de bebé. Ni un carrito de mercado. Todos caen a la calle.

El tiempo avanza. No es el día de mercado campesino, pero los puestos están abiertos. Solo hay una clienta. Los cultivadores y comerciantes de la región, y de más allá, llegan 24 horas antes para dejar listo el ‘líchigo’ (mercado al menudeo) de la faena del sábado, cuando esperan la llegada de clientes, “si es que entran, porque muchos compran en el andén invadido”. Es la queja general.

La jornada de esta mujer no tiene horas extras, ni valoraciones por riesgos laborales ni una incapacidad. “La gente no entra, la administración nos amarga la vida, los precios son fregados y estamos aburridos. La competencia es dura”, relata la mujer que alista los paquetes.

La escena de empaque se repite en el puesto de al lado. Juan Bautista Lavado limpia la arracacha, la pesa y la mete en las bolsitas. Su finca se llama La Blanquita y está en la vereda por los lados del río Blanco, en jurisdicción de Choachí, un pueblo a unos 40 minutos de los cerros orientales.

Él también viajó en la madrugada, llegó a la central de abastos Corabastos, vendió los bultos de papa y luego se fue al 20 de julio a vender el mercado pequeño.
Aparece María Francisca Muñoz, toma un butaco y se sienta. Acompaña a Juan Bautista en la misma faena: desgranar arveja.

Ella tiene el puesto 74 en esa misma plaza. Desgrana y se le ve desganada. No abre el puesto sino los fines de semana. Dice que para qué si las ventas adentro no son buenas. Hace un gesto y se echa su poncho para atrás. “Es dura la venta. Esto está terrible”, insiste.

Estas historias se conjugan en la odisea que tienen que vivir los campesinos aledaños a la capital. En épocas de vacas flacas les compran los puchos a los vecinos de sus fincas y cuando completan los bultos y las canastillas, los traen a las plazas.

Hoy (viernes) el durazno está a 2.000 pesos la libra, la papayuela a 1.500 y el bulto de abono a 70.000. Tres libras de criolla en 1.000, la arracacha a 2.000, a 500 pesos la libra de cebolla (buen precio) y la arveja está escasa y cara. Pero se vende.

“La vida para uno es más fregada”, señala Paulina, quien, al lado de su vecina, reclama: “A esta edad, ¿quién da trabajo?”.

La época buena de la cosecha es en diciembre, el apoyo estatal en días como estos escasea mientras que cuentan que el jornal para los trabajadores de la cosecha es de 40.000 pesos con almuerzo incluido. Y a todo esto se suma, dicen los campesinos, los intermediarios.

Para tener una idea de lo que se mueve en Bogotá, solo a Corabastos, la segunda central de mercado más grande de América Latina, ingresan en promedio entre 13.000 y 14.000 toneladas de alimentos en cerca de 1.500 camiones de carga, incluidas las tractomulas, según las cifras entregadas por Mauricio Parra Parra, gerente general de la central de abastos. Las ventas en esta megasuperficie son de 25.000 millones cada día.

Paralelo, están los mercados campesinos reglamentados por el Acuerdo 455 de 2010, en los que se promueve la integración regional rural a través de mercados temporales campesinos, indígenas afrodescendientes y demás etnias”.

Según la Secretaría de Desarrollo Económico, “se han realizado en diferentes sectores de Bogotá un total de 187 mercados permanentes e itinerantes, con ventas superiores a los $ 1.500 millones”.

“Lo que queremos es que nos apoyen, pero eso son gritos en silencio, pues para traer el mercado toca mucho gasto; y aunque queda para la comida, se sufre mucho”, dice Lavado mientras sigue con sus arracachas.

Campesinos como Dagoberto Bohórquez, de la región del Sumapaz, asegura que los mercados campesinos son claves, pero si fueran permanentes y ellos estuvieran asociados en cooperativas.

HUGO PARRA GÓMEZ
BOGOTÁ

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