Bogotá

‘Un día amanecí más viejo y durmiendo en la terminal’

Carlos Ocampo pasó de ser un próspero profesional a comer en comedores comunitarios.

Carlos Arturo Ocampo

Carlos Arturo Ocampo ha tenido que aceptar la ayuda de varias fundaciones y comedores comunitarias mientras encuentra una oportunidad de trabajo.

Foto:

César Melgarejo

Por: Carol Malaver
07 de diciembre 2018 , 10:49 a.m.

Lo encontramos en el barrio Girardot. Almorzaba en un comedor comunitario de la zona, manejado por religiosas. Nunca pensó llegar allí, no en otras épocas de su vida. A su lado estaba el mendigo, el abuelo abandonado, el enfermo. El día anterior había cumplido 67 años, solo, absolutamente solo.

Carlos Arturo Ocampo nació y vivió en Bogotá junto con sus padres, ambos odontólogos, y tres hermanos. “Mi papá fue uno de los fundadores de la Universidad San Martín. Trabajó en docencia durante gran parte de su vida. Ambos ya murieron”.
Con sus hermanas tuvo una relación fraternal que se disolvió cuando sus padres fallecieron y por las múltiples  faltas que cometió como persona. “Hace más de tres años que ya no tengo contacto con ellas”.

Estudió en el colegio Alemán y se graduó como ingeniero industrial en la Universidad de los Andes. Antes de obtener el título, ya estaba vinculado por varias empresas de ingeniería en el sector petrolero.

Habla poco de su vida amorosa porque sabe que sus errores laceraron las vidas de muchas personas. Su primera relación formal, la tuvo en la universidad. “Con ella llegó mi hijo mayor. Él vive en Canadá y su madre en Ecuador, con su nueva pareja”.

Luego, de la relación con otra mujer, nacieron dos hijos, una mujer y un varón, ellos viven en República Dominicana y, cuando las cosas ya no funcionaron, Carlos volvió a rehacer su vida. “De esta nueva etapa nació un hijo que hoy vive en Brasil. Su madre se fue para España”. Pero hoy, con ninguno de ellos tiene una relación. ¿Por qué? Las razones se iban dilucidando. “Siempre le di más importancia al trabajo que a mi familia. Los dejé solos. Mis relaciones no prosperaron porque yo viajaba cinco días a la semana. Eso generó inestabilidad. Mis hijos tenían solo a sus madres,  a mí no. Nada bueno hice en mi vida”.

Siempre le di más importancia al trabajo que a mi familia. Los dejé solos. Mis relaciones no prosperaron porque yo viajaba cinco días a la semana. Mis hijos lo tenían todo, menos a mí

Tuvo las mejores oportunidades en los primeros años de vida laboral. Cuando terminó la universidad quedó conectado con el Instituto Colombiano de Energía Eléctrica donde fue jefe de personal, luego trabajó en una compañía de ingeniería italiana, con unos 5.000 empleados. “Se construyeron obras como el Cerrejón, todas las termoeléctricas del país y las grandes hidroeléctricas. Ahí fui gerente de relaciones industriales”.

Luego entró a Hocol, una petrolera en donde trabajó como gerente de recursos humanos; luego, a la Shell, a empresas mineras, a Carvajal, y en todas estuvo en cargos directivos.

El último gran trabajo fue en la Fundación San Martín. Dado que su padre fue uno de los fundadores, él dice haber asumido el cargo de director académico nacional. “Pero tuve que retirarme por el escándalo que el país conoce”.

Carlos Arturo Ocampo

Carlos tuvo que buscar ayuda en el Distrito para poder recibir una ayuda así como asistir a comedores de fundaciones.

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César Melgarejo.

Cuando quiso hacer una empresa de organización de seminarios, los problemas se recrudecieron. “Ya tenía 50 años, y era imposible conseguir un trabajo estable”. Entonces, tuvo que vivir siete años con su madre. Todos sus nexos familiares habían cogido nuevos rumbos por culpa de su propio comportamiento. “Ella sufría de demencia senil. La enfermedad se la llevó”.

En Cartagena trató de rehacer su vida, pero los malos negocios y los excesos  lo hicieron perder hasta el último centavo. “Hice inversiones en finca raíz, pero los constructores se declararon en quiebra. En fin, di con la gente que no era, y todo me salió mal”.

Sin dinero, con las cuentas bancarias clausuradas y sacado del apartamento en donde vivía, Carlos no tuvo otra opción que regresar a Bogotá. Una cortina se abrió ante sus ojos, aparecieron uno a uno los errores cometidos con todos sus seres queridos, sobre todo, con sus hijos. “Muchos profesionales nos olvidamos de nuestras familias pensando que el éxito solo se alcanza trabajando o con dinero. Fue el error más grande que cometí. Ahora sé qué es estar solo”.

Los primeros días recibió apoyo de una hermana pero luego todo fue insostenible. “Mi hermana me dijo que tenía recursos limitados y que no podía ayudarme más. Era entendible. La culpa es mía. Yo no podía llegar de un momento a otro a pedir cosas que no me merecía”.

Muchos profesionales nos olvidamos de nuestras familias pensando que el éxito solo se alcanza trabajando. Fue el error más grande que cometí

Así fue su encuentro con la calle. “La primera noche la pasé en la terminal de transportes, sentado en una banca, con un depresión devastadora”.Se preguntaba cómo había llegado a ese punto, en qué momento perdió a su familia, por qué no tenía dinero, qué había pasado con su estatus. La tristeza lo invadió porque la respuesta era evidente: él nunca se portó bien con las personas que estaban a su alrededor, con aquellos que un día llegaron a su vida. 

Supo lo que era el frío inclemente de la noche, qué se sentía no poder comer, percibir la desconfianza de la gente. “Un día me quedé en un parque. Llovía. Eran las 11 de la noche de un 31 de diciembre. Le pedí ayuda a un policía que me mandó al barrio Santa Fe. Era un albergue para habitantes de calle ancianos. Imagínese el impacto”.

Carlos pasó de 109 a 65 kilos y ahí fue cuando por su cabeza rondó la idea de quitarse la vida. “Lo sé, era una salida cobarde, tenía que enfrentar mis errores y asumir la nueva vida. Pero no es fácil, créame”.

Carlos Arturo Ocampo

Carlos busca todos los días ayuda en la universidad en la que se graduó. Sueña con conseguir un trabajo.

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César Melgarejo.

La primera noche la pasé en la terminal de transportes, sentado en una banca, con un depresión devastadora

Preguntando logró conseguir un contacto en la Alcaldía de Usaquén y allí comprobaron, que a pesar de su aspecto, aún refinado, no tenía a nadie. “Así comencé a ir a comedores comunitarios y me aprobaron un bono de 120.000 pesos mensuales”. Era una suma ridícula cuando pensaba en todo el dinero que pasó por sus manos pero toda una fortuna cuando se pasa varios días sin comer. “Lástima, viejo aprendí a apreciar el dinero, que un peso vale mil millones. Derroché tanto”.

Y no solo eso. Valora cada plato de comida, cada mano amiga, cada voz de aliento. “He conocido de todo en los sitios donde he dormido: traficantes de droga, asaltantes, habitantes de calle, muchos con problemas peores que los míos”.

Carlos ahora conoce el mundo de los ancianos pobres de Bogotá, esos que duermen en un rincón de la calle como seres invisibles a quienes el resto del mundo les pasa por encima, esos que salen a recorrer la ciudad en la búsqueda de una moneda para comer , esos que amanecen ansiando la muerte. “Más allá de los errores de cada quien, qué pasa con los ancianas, con sus pensiones, con sus sueños, con la posibilidad de trabajo, qué pasa con la vida cuando uno llega a viejo. Por qué creen que todo acabó”.

Lástima, viejo aprendí a apreciar el dinero, que un peso vale mil millones. Derroché tanto

Carlos Arturo Ocampo

Carlos comparte sus días con estos abuelos. Aprende de sus vidas y valora lo que antes no le importaba.

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César Melgarejo.

Este hombre dice que no obtuvo su pensión porque un día le dijeron que tenía que cotizar 1.000 semanas y solo tenía 948. “A los 67 años he golpeado mil puertas, y ninguna se me ha abierto. Y los ‘amigos’ hoy ni me contestan el teléfono pero no los culpo”.

Carlos ahora sí  ansía trabajar, pero la ciudad tiene contadas opciones para él. “Bogotá está llena de viejos que necesitan mayor atención, auxilios, oficio. No es justo que a tantos los abandonen en un hogar geriátrico. Que se la pasen pensando si se matan o si siguen viendo. Ese es un tema que los políticos tienen que entrar a revisar”.

Los hijos de Carlos desconocen la realidad de su padre pero no es su culpa, él los abandonó cuando más lo necesitaban. Él se debate todos los días entre los errores que cometió y el amor que ya no puede exigir de ellos. Pero es un hombre al que le cuesta expresarse, aunque cuando rememoró paso a paso su historia rompió en llanto, secándose las lágrimas como si él mismo no se permitiera sentir. “Sé que no tengo por qué afectar sus vidas. Prefiero morir solo. Oro por ellos. No podré recuperar su afecto nunca, les faltó  todo, hasta mi amor”.

Sé que no tengo por qué afectar la vida de mis hijos. Prefiero morir solo. Oro por ellos . No podré recuperar su afecto nunca, les faltó mi amor

En sus días sin agenda, Carlos visita su universidad en busca de ayuda, lee, busca trabajo, escribe un libro de su vida en la calle. “Recuerdo a una mujer de 95 años. Caminaba con bastón y arrastraba un carrito con no más de 5.000 pesos en dulces. Eran las seis de la tarde en el norte, e iba para el sur. Me dijo que no tenía a nadie, pero que le habían enseñado a trabajar en vez de pedirles a los demás”.

Le contó que ganaba 3.000 pesos diarios y que con eso podía hacer un caldo de huesos. “Me impactó. He sabido también de narcos presos por llevar droga que ahora están viejos y olvidados. Son casos que la sociedad no ha corregido. Al final, todos vamos para el mismo lado”.

Hay de todo. Carlos lo sabe. Incluso, viejos que se ocultan en los refugios después de cometer crímenes. “Un tipo me confesó haber violado a su nieta. Tiene un proceso vigente. Le dije a la policía, pero nadie hizo nada”.

Estar solos en la vejez, dice, ya no es un problema de clases sociales. “Todos podemos caer en el abismo. Ojalá estas historias le sirvan a la juventud en tránsito. La unión familiar no es un cuento religioso, es una necesidad de todo ser humano. Hay que creer en algo, no importa en qué, pero creer. Nadie debería comportarse como yo”.

Especial 'Abuelos'

*Las personas con 65 años y más representan el 6,7% de los habitantes de Bogotá. La ciudad tiene una tendencia hacia el envejecimiento. Este especial llamado ‘Abuelos’ da cuenta, a través de datos y varias historias, cómo se vive esta etapa de la vida en la capital. Una reflexión que sin duda, nos servirá a todos.

Carol Malaver, subeditora sección Bogotá
Escríbanos a carmal@el tiempo.com
@CarolMalaver

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