Bogotá

El lavadero que fundó Gaitán y que se niega a desaparecer

La tradición de lavar ropa en el río sigue viva en Bogotá, en un espacio creado por el caudillo.

Lavadero que fundó Gaitán

Este lavadero es considerado patrimonio cultura de la ciudad.

Foto:

Carol Torres / para EL TIEMPO.

Por: Karol Torres Ávila
09 de noviembre 2018 , 04:22 p.m.

El sol del mediodía se alía con la altitud del antiguo barrio Fábrica de Loza para jugarle una mala pasada a quien se atreva a subir la avenida Los Comuneros, tan empinada y lejana del resto de la ciudad que da la sensación de que quien la toma no tiene rumbo fijo o que, si lo tiene, su destino es ningún lugar.

Parece que son los cerros bogotanos los que se empeñan en esconder todo lo que allí ocurrió, pues quienes han dedicado su vida a dignificar el patrimonio cultural e histórico presente en ese sitio han buscado, por más de 40 años, que su historia se sepa.

Tras una puerta de alambre y latas a medio pintar, sobre la carrera segunda con calle cuarta, se aloja incorpóreo un pedazo de la historia capitalina, encubierto en paredes que vieron crecer niños que ahora son abuelos y recóndito entre las casas, ahora pintorescas y desniveladas. Fue ahí donde, en 1937, Jorge Eliecer Gaitán inauguró un lavadero de ropa comunitario que no solo representó un alivio para las mujeres que lavaban de rodillas la ropa de sus hijos y esposos en la quebrada San Juanito, sino que fue y es centro de reunión y un aglutinador de comunidad que, desde hace décadas y hasta hoy, no ha dejado de funcionar.

Así lo recuerda Luis Alberto Tovar, uno de los protectores de ese espacio, cuya madre conoció al caudillo liberal y lo llevó hasta la casa del dueño del terreno donde se instalarían, meses más tarde, más de 30 lavaderos de piedra para uso público, y cuyo nombre es conocido por todos en el sector gracias a sus labores de conciliador, revolucionario y presidente de la junta de acción comunal del renombrado barrio Lourdes.

“Los de (los barrios) Las Cruces, Belén, Santa Bárbara y hasta el Girardot vinieron a decir que todo esto era de ellos, pero no. Nosotros no somos de nadie. Nos tuvimos que parar en la raya y no fue fácil. Mandé a abrir calles y puse luces que faltaban porque aquí nací y me crié, y me duele ver el barrio decaído”, sostiene Tovar al mismo tiempo que pasa sus manos por uno de los fregaderos como quien admira por primera vez una obra de arte, como quien no ha pasado los últimos 38 años de su vida haciéndole frente a cualquier adversidad.

Y es que parece mentira que, en la era de las lavadoras multifuncionales, con botones por doquier y opciones tan descabelladas como secar y planchar al instante, haya quienes, por diferentes razones, opten por refregar a mano y dejar secar al sol tancadas, maletas o carritos llenos de ropa.

Lavadero Jorge Eliecer Gaitán

Luis Alberto Tovar es protector del lavadero y presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio desde 1982.

Foto:

Karol Torres / El Tiempo

“Esto aquí antes era lleno porque venía el Ejército a lavar. Era muy bonito, hacíamos ‘recocha’, asados y todo. Aunque todavía viene gente, no es como antes”, afirma con nostalgia Arturo Moreno, vecino de toda la vida y familiar de Tovar.

Sin embargo, los rastros de jabón rey en los fregaderos y los paquetes cortados de cloro en el suelo reflejan no solo actividad reciente en el lugar sino un arraigo a su historia y su tradición. “No quiero dejar morir mi barrio, por eso estoy haciendo un salón comunal. Falta conseguir varias cosas, pero la idea es tener un espacito para que la gente venga y baile, proyectar películas para los viejitos y hacer un gimnasio para los niños”, asegura el protector de este patrimonio mientras señala a sus dos sobrinos, habitantes del lavadero.

Era muy bonito, hacíamos ‘recocha’, asados y todo

El negocio

Quien paga por el servicio accede a un fregadero y a la cantidad de agua que necesite. Según Tovar, al momento de la inauguración de los lavaderos se cobraba 100 pesos. Luego quisieron que se empezara a cobrar 1.000 pero él no estuvo de acuerdo, por eso carnetizó a la gente para que pagara solo 2.000 pesos mensuales. Desde ese tiempo, el precio no ha subido.

Pese a que en un comienzo la alcaldía local era el ente encargado de administrar los fregaderos y que el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC) considera el predio, hoy, como patrimonio cultural de la ciudad, el lugar presenta un estado de abandono evidente. La iniciativa de Tovar de preservarlo lo ha llevado a tropezarse con delincuentes, ser violentado por las autoridades e, incluso, haber estado preso. “Recibí mucho palo de la policía y conocí todas las comisarías”, acepta sin arrepentimiento aparente.

“Nos sacaban empelotos, nos rompían las ventanas y las puertas y hasta un radiecito de Coca-Cola que teníamos nos dañaron. La gente me escogió en 1982 y desde ahí empezamos a sacar el barrio adelante. Me dieron personería jurídica, legalmente constituida, y como me habían demandado 19 juntas de acción comunal, el Ministerio de Gobierno les ganó y yo quedé a cargo de todo”, agrega.

Lavadero Jorge Eliecer Gaitán

Una vez los clientes lavan su ropa, pueden colgarla en los tendederos hasta que se seque pero no pueden dejarla, pues no se responde por ella.

Foto:

Karol Torres / El Tiempo

Además de las transformaciones físicas que ha tenido el lavadero, el hecho de que ahora se vea a hombres lavando su ropa es particular. Aunque pocos, jóvenes y adultos que viven en el barrio también se han sumado al grupo común de mujeres cabeza de hogar que frecuentan el sitio. Se les puede ver colgando prendas o charlando con sus vecinas. A la pregunta de por qué lo hacen, varios respondieron que viven solos, por lo cual “es una ventaja, es más rápido y sale más barato”.

A la hora del cierre -entre 4 y 4:30 p.m.- los usuarios descuelgan su ropa húmeda, guardan sus cepillos en bolsas plásticas y se enjuagan las manos una última vez. Tras poco más de 80 años de apertura, este lugar cumplió un día más al servicio de los habitantes de la localidad de Santa Fe, la primera en haber ofrecido piezas de loza fina hacia el siglo XIX y que, ahora, no deja de permanecer en la memoria de algunos bogotanos por ser un lugar que se aferra al presente y que rehúsa sumarse a ese lado de la historia que nadie conoce.

KAROL TORRES ÁVILA
ESCUELA DE PERIODISMO MULTIMEDIA EL TIEMPO

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