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Bogotá

Así funciona una escuela de circo en las montañas de Ciudad Bolívar

37 jóvenes de la localidad se forman como técnicos en artes circenses en el Juan Bosco Obrero.

AUTOPLAY
Una escuela de circo en las montañas de Ciudad Bolívar | EL TIEMPO
Circo Juan Bosco Obrero

Joaquín Delgadillo

Por: Ana Puentes
12 de abril 2019 , 07:10 p.m.

Esteban Ramírez sale todos los días, a las 6 de la mañana, de su casa en Usme y toma un bus que baja la montaña. En el camino piensa en pelotas y clavas y en el próximo truco que aprenderá en su clase malabares.

Para en la base de Ciudad Bolívar, en la avenida Boyacá, sur de Bogotá, y comienza a subir, a pie, otra montaña. El bolsillo no da para otro bus. Y, en esos 25 minutos cuesta arriba, imagina cómo será su primer número de circo, ese que lo sacará del barrio y lo llevará a otro país.

A la vuelta de la cuadra, está el barrio La Estrella. Una carpa de circo se asoma entre las terrazas de las casas y los salones del Centro Juan Bosco Obrero.

"Esta es una familia”, dice, Esteban. En el interior de la carpa, otros 36 jóvenes como él dan saltos mortales, se paran de manos, ruedan sobre monopatines y hacen equilibrio sobre cuerdas.

Carlos Ramírez, el coordinador del Juan Bosco, se asoma. “Son unos chicos bien especiales”, comenta riendo y agrega: “Pero acá creemos que la cultura sí da para vivir, como cualquiera de nuestros 17 programas de técnico laboral”.

Bajo la estructura colorida que contrasta con una montaña llena de ladrillo, y entre aros, camas elásticas, caballetes y colchonetas, esos chicos de la localidad se están formando como técnicos certificados en artes circenses. Este es el único lugar de la ciudad en donde se recibe un título así, avalado por la Secretaría de Educación.

“Yo lo dejé todo por hacer malabares”, confiesa Carolina Guillén. Tiene 22 años y ojos verdes que brillan cada vez que juega, con maestría, con tres clavas de colores. “Creo que el circo es un estilo de vida y una forma de demostrarle al mundo que uno puede vivir del arte”, asegura. Ella también quiere viajar por el mundo y saltar el resto de su vida sobre una cama elástica.

Ser artista circense me conecta con los demás por arte de hilos invisibles. El circo es como una gran familia de desconocidos

Iván Ramírez, su profesor de técnicas aéreas, sabe que es posible. Él creció en el barrio El Tesoro y, bajo esta misma carpa, soñó hace 18 años con ser artista. Lo logró: el circo lo puso a navegar en un crucero y, mientras trabajaba en espectáculos, conoció el mundo. “En esos siete años a través del mar, visité el Caribe, el Mediterráneo y Oceanía. Y la gente cree que esto no sirve para nada”, dice, burlón.

Pero sabe que cosas así se ganan a pulso. Por eso es exigente y pone a los muchachos a trabajar todos los días desde las 7 de la mañana hasta la 1 de la tarde.

“Queremos mostrarles que trabajar en el semáforo no es la única opción.
Los formamos para que se empleen con empresas o que creen su propio emprendimiento. Yo conocí Colombia y el mundo haciendo esto y sueño con que los chicos de mi localidad también cumplan esa travesía”, apunta Alexis Vidal, miembro de Vamos Hacer Circo, el grupo artístico que forma a los muchachos.

Iván y Alexis, junto a otros compañeros, comenzaron este mismo camino en 2001 con el programa Circo Ciudad. Ellos pusieron el talento, y la Unión Europea les puso la carpa en la mitad de la montaña. Aprendieron el arte y, con sus propias manos, armaron y desarmaron esta casa azul y la movieron por toda la ciudad montando obras. Luego, la volvieron a instalar en la montaña y se fueron a buscar suerte por el mundo. Pero sintieron el llamado del barrio.

Centro Juan Bosco Obrero

La carpa está acondicionada con todos los elementos necesarios para hacer acrobacia de aire y de piso.

Foto:

Centro Juan Bosco Obrero

Hace dos años, el padre Jaime García, fundador del Juan Bosco Obrero, les abrió las puertas y celebró la idea de un circo en su colegio. Comenzaron dando clases y, en septiembre del año pasado, comenzaron formalmente a impartir el técnico laboral.

“La norma dice que solo puede haber un profesor. Pero esto es tan complejo y diverso que nos metimos siete maestros y nos repartimos un solo sueldo”, explica Alexis.

A su lado, un joven practica mortales. Es Bryan Salamanca y sueña con vivir de la acrobacia. “Este proceso abarca muchas cosas positivas en medio de una zona tan vulnerable. Afuera están las pandillas y los conflictos por droga; adentro hay amigos y un espacio para aprender”, dice, agitado, y vuelve a saltar.

Esteban lo anima y sigue su camino, haciendo malabares con sus cinco pelotas verdes. “Nunca se me facilitó conectarme con algo o prestar atención a clases. Pero llegué aquí y sé que el arte me llevará lejos”, remata.

ANA PUENTES
Redacción Bogotá

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