Bogotá

Trece menores responden cada día ante la justicia en Bogotá

En el 2016, 4.460 jóvenes ingresaron al Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes.

Titanes de la cultura

‘Titanes de la cultura ciudadana’ es un programa en el que jóvenes vinculados al Idiprón salen a la calle a promover buenos actos.

Foto:

Idiprón

19 de julio 2017 , 01:36 p.m.

A los 12 años, mientras muchos niños de su edad se dedicaban a jugar con sus amigos, a ir al colegio y a hacer tareas, Álex* recorría las calles del barrio Altos de Cazucá, en los límites de Ciudad Bolívar y Soacha, con un revólver en la cintura, un ‘bareto’ y paquetes con droga y armas que repartía en los barrios Lucero Alto, Caracolí y Domingo Laín; una de las primeras formas que encontró para ‘ganarse’ la vida.

“Me inicié en la calle a los 12 años, primero probando cigarrillo; después, la marihuana, el pegante bóxer, las pepas y así sucesivamente; mi vida fue cambiando. Yo me la pasaba con un grupo de cinco pelados, delinquiendo en Altos de Cazucá, Potosí y Santo Domingo. Al principio esperábamos que llegaran los buses y les hurtábamos el producido”, recordó Álex.

Su niñez y adolescencia se le pasaron mientras robaba en las casas vecinas, sobrevivía a su adicción, se escapaba de sus enemigos y de los centros de reclusión para adolescentes, donde estuvo más de cinco veces.

Con su mirada perdida y la voz ronca, producto de tantos años de consumo, Álex recuerda cada momento de su accidentada vida, desde que era casi un bebé.

“Mi vida fue difícil. A la edad de 2 años y medio, mi papá nos llevó a mi hermano mayor y a mí para Neiva. Le dijo a mi mamá que nos llevaba a un parque, y terminamos en donde mi abuela y mis tías. Allá duramos 8 años. A los 10 años, mi abuela se cansó de nosotros y nosotros de ella, porque nos pegaban y maltrataban todo el tiempo, entonces pedimos conocer a mi mamá y nos vinimos para Bogotá”, afirmó.

Pero cuando llegaron a la capital, ilusionados con compartir tiempo con su mamá y tenerla cerca, se encontraron con una realidad diferente: dos hermanos menores, a los que tenían que cuidar mientras ella trabajaba como vendedora ambulante, y mucho tiempo libre para recorrer las calles del barrio y relacionarse con gente peligrosa, como él mismo lo reconoce.

Su niñez y adolescencia se le pasaron mientras robaba en las casas vecinas, sobrevivía a su adicción, se escapaba de sus enemigos y de los centros de reclusión

“Yo nunca tuve una mano fuerte que me controlara. A los 12 años, mi mamá encontró debajo de mi cama un revólver calibre 38 y uno 16, y me echó de la casa pensando que era un sicario. Me echó sin pensar que yo iba a crecer y podría coger malos caminos”, explicó. Álex se fue a vivir con el señor con el que trabajaba repartiendo las armas y la droga; le pagaba 20.000 o 50.000 pesos, y para hacer dinero extra empezó a comprar armamento para revenderlo y se metió de apartamentero.

“De las botellas plásticas de gaseosa, las no retornables, uno las recorta en forma de plantilla de zapato; eso se llama ‘lata’, y con eso se abren puertas. Me metía a las 3 de la mañana con otros parceros a las casas vecinas, esperábamos en el pasillo y llegaba el taxi a recoger las cosas, como si fuera un trasteo”, narró.

Sus escapes

El Redentor, el Luis Amigó, La Poesía y Cajicá son los centros de reclusión de menores en los que recuerda haber estado Álex, eso sí, no más de seis meses, pues siempre se volaba.

El primer delito por el que me judicializaron fue hurto calificado y agravado. Me dieron seis meses, y a los ocho días me volé. Nos ponían talleres, terapias de reafirmación, expresión de sentimientos; terapias todas feas, no me gustan (arruga la cara y frunce el ceño), me aburrí y me volé”, relató.

Y así una y otra vez, armando motines, saltando por las marraneras, buscando cualquier momento y cualquier espacio para volver a la calle y seguir preocupado por sus negocios, por sus noches de rumba y por cuidarse de quienes podrían ser sus enemigos.

Las cifras

Según cifras entregadas por la Subdirección de Responsabilidad Penal del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, en los dos últimos años se ha presentado una reducción representativa en el número de menores que ingresan al sistema de responsabilidad penal adolescente.

En el 2015, ingresaron 6.329 menores, mientras que en el 2016 lo hicieron 4.460, en promedio 13 por día, 1.869 jóvenes menos. Desde enero hasta mayo de este año, se han ingresado 1.338 casos de menores en el sistema.

“Se ha presentado una reducción en las cifras de menores, y se mantienen las tendencias de que los hombres son los que más delinquen, sobre todo entre los 15 y los 17 años”, afirmaron desde la Subdirección de Responsabilidad Penal.

Por su parte, el docente de la Universidad de los Andes Carlos Tejeiro, aunque no niega que las cifras se hayan reducido, hace un llamado de atención acerca de que estas son muy confusas, pues cada entidad tiene datos diferentes.

La chica 'trans' de la 19

Cuando tenía 16 años y mientras veía a sus compañeras de colegio convertirse en mujercitas y disfrutar de su adolescencia, Andrea, quien en ese tiempo era Manuel*, soñaba con convertirse también en una bella mujer, a costa de lo que fuera.

Cuando supo que jamás podría cumplir su sueño cerca de su familia, emprendió camino para Bogotá y se empezó a prostituir.

“Yo tenía claro que quería ser mujer y que todo fuera rápido y fácil, por eso me empecé a prostituir. Llegué a esta ciudad sin nada y sin nadie”, contó Andrea.

Pasó de ser el consentido de sus papás a ser la chica trans de la calle 19 que, por 15.000 o 30.000 pesos, satisfacía las necesidades sexuales de los clientes capitalinos, y al hacer sus comisiones aprovechaba para robarlos.

“Yo veía al cliente y con el tiempo aprendía a diferenciar cuál tenía algo y cuál no. Yo era mañosa. Mientras les quitaba el pantalón, les iba sacando lo que pudiera, pero siempre me quedaba con algo. Poquitas veces me pillaron y me pegaron”, confesó Andrea.

Las vidas de estos dos jóvenes tan solo son una pequeña muestra de los factores que influyen para que se llegue a la delincuencia desde una edad temprana. Ellos hoy tienen una oportunidad, pero muchos otros, no. Álex y Andrea llegaron a El Oasis, un hogar del Idiprón en donde retomaron sus proyectos: él, de ser sociólogo y estudiar derecho; y ella, de ser enfermera, estudiar medicina y poder viajar al exterior.

Justicia restaurativa y prevención

Con el objetivo de que –además de las sanciones que se les aplican cuando han sido aprehendidos por estar cometiendo algún delito y del proceso judicial al que se deben enfrentar– los menores tengan una segunda oportunidad para rehacer sus vidas, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) viene trabajando conjuntamente con el Distrito y las entidades territoriales a de la nación, para generar más oportunidades para ellos.

En mayo se inauguró la primera casa de justicia juvenil restaurativa, en la localidad de Santa Fe, la primera en el país y la cual pretende que el proceso que vivan los jóvenes en este espacio sea realmente restaurativo, y que además haya una reparación de la víctima.

En su momento, el secretario de Seguridad del Distrito, Daniel Mejía, afirmó que “los jóvenes van a tener talleres con trabajadores sociales y psicólogos para realizar un proceso restaurativo sin necesidad de tener medidas de internamiento y poder tener una resocialización”.

Sin embargo, Carlos Tejeiro, abogado de familia, infancia y adolescencia y docente de la Universidad de los Andes, aunque reconoce que se ha avanzado en materia de justicia restaurativa, es enfático en cuanto a la prevención.

“En lo que no se ha avanzado es en la implementación de políticas de alto espectro que puedan vincular a los menores en faenas preventivas, no solo represivas. Cuántas políticas públicas de prevención y control están en pleno funcionamiento. Una gran discusión sobre este tema es importante”, concluyó el docente.

*Nombre cambiado por petición de la fuente.

ANA MARÍA OCORÓ LOZADA
Redactora de EL TIEMPO

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