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Pablo Montoya: una isla en la literatura colombiana

BOCAS habló con el último ganador del Premio Rómulo Gallegos.  

Pablo

Pablo Montoya Campuzano ha sido galardonado con el premio Rómulo Gallegos, en 2015, por su novela Tríptico de la infamia; el premio José Donoso, en 2016 y el José María Arguedas, en 2017.

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Sebastián Jaramillo

Por: DIEGO FELIPE GONZÁLEZ
24 de octubre 2018 , 04:12 p.m.

Hay una frase de Rafael Baena que podría definir la literatura de Pablo Montoya, una frase que encierra la imagen de un escritor de culto, que se ha dedicado a contar la historia del país desde otro punto de vista: “Si en Colombia se leyera, Adiós a los próceres estaría agotado y Pablo Montoya en la picota pública”. En ese libro no deja a ningún prócer con cabeza. Es más implacable que el mismo Pablo Morillo, al que también incluye en este libro. Retrata a un Antonio Nariño como un charlatán; a Francisco de Paula Santander como un leguleyo; a Bolívar como un gran bailarín, pero pésimo político: “Es que el panteón nacional o la mitología nacional está pegada con babas”, dice Montoya, con su acento paisa que solo se marca cuando se emociona o se indigna.

Sus libros se alejan de los personajes tradicionales de nuestra literatura, aquí no hay Marías, ni Arturos Cova, ni Aurelianos Buendía, ni Rosarios Tijeras. Sus libros hablan de Ovidios, de Le Moynes, de Bachs y de Ballocs, que por más alejados que parezcan, siempre tienen un pie en este lado del mundo.

Desde que se ganó el premio Rómulo Gallegos, en 2015, por su novela Tríptico de la infamia, su nombre empezó a sobresalir en los estantes de las librerías, aunque, para ese entonces, ya tenía más de veinte libros publicados. Este premio lo catapultó como una de las voces actuales con más fuerza y le trajo otros premios como el José Donoso, de Chile y el José María Arguedas, de Perú. Sin embargo, su historia con la literatura, al igual que con sus reconocimientos, ha sido lenta. Ha publicado libros de ensayos como Un Robinson cercano, varios libros de poesía y cuentos y algunas de sus novelas ya se están traduciendo al francés.

Pablo

Montoya militó en el EPL, estudió música en Tunja, vivió en París y allí estudió literatura en la Sorbona.

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Sebastián Jaramillo

Nació en Barrancabermeja, en una familia antioqueña de once hermanos. Muy temprano emigró a Medellín, allí militó en el EPL y vivió hasta que decidió, a los 19 años, irse a estudiar música a Tunja, en Boyacá. Estuvo a punto de estudiar musicología en la Unión Soviética: “Yo fui flautista, pero fui un flautista del montón. Así que al ver mi interés por la musicología un maestro me dijo: ‘Yo le consigo una beca para que se vaya a estudiar a la URSS, si usted funciona y es buen estudiante’, el problema fue que se cayó la URSS y terminé yéndome a París a estudiar literatura”. Allí lavó baños, tocó música en el metro, pasó una gran cantidad de penurias y necesidades. Esto no impidió que su pasión por la música se cegara, dice que todavía le faltan por escribir un par de ensayos y cuentos sobre este tema: “Por ejemplo, he sido un estudioso de la salsa y del jazz. Aunque hasta ahora solo haya publicado libros relacionados con la música clásica”.

A los 55 años, dice que está cansado, que no tiene el mismo entusiasmo de antes para escribir, pero que seguirá aprovechando los quince años de vida intelectual que le quedan, según él, para completar esa lista de libros que ya tiene pensados. Hoy combina su tiempo entre ser profesor de literatura en la Universidad de Antioquia y la escritura.

Empecemos por la música clásica, una de sus grandes pasiones y temas literarios. ¿Cuál es su primer recuerdo con esta música o la música en general? ¿Qué escuchaba en su casa?
Mi papá fue médico y él tuvo una época muy esplendorosa, económicamente hablando, durante el tiempo que vivimos en Barrancabermeja. Ese esplendor se reflejó en los discos que compraba. Él era un amante de la ópera, en la casa había discos de Verdi, de Donizetti, de Bellini, pero ese papá, amante de la ópera, no lo conocí, porque fue cuando yo estaba muy bebé. Sin embargo, hubo un momento crucial, me parece a mí, y es que mi papá era un hombre alcohólico. Entonces decidimos en la casa, por el estado de alcoholismo tremendo en que estaba decirle: “Usted se va a desintoxicar a un hospital por su propia voluntad o si no te vamos a poner una inyección, te vamos a dormir y te vamos a internar”, y eso me tocó decírselo a mí, porque todos mis hermanos decidieron que yo fuera el vocero.

Y, ¿cómo reaccionó él?
Me acuerdo que él estaba completamente borracho cuando le dije eso, pero tenía un poco de conciencia. Se puso a llorar e intentó patalear, pero le dijimos: “Podés patalear todo lo que querás, pero te vamos a coger entre todos y te vamos a poner la inyección. ¡Mirá!, aquí la tenemos”. El hombre finalmente accedió y se fue por su cuenta y estuvo desintoxicándose quince días. En el hospital le dieron unos casetes de Bach. Cuando escuché esa música sentí un llamado. En ese momento estaba estudiando medicina, y pensé: “No, yo quiero seguir es el camino de la música, el mismo camino de Bach”.

Medellín es eso ahora: un modelo social penetrado por los narcos y los paras.

Y la literatura y la escritura, ¿cuándo llegaron?
Yo tuve una mamá muy lectora. Indirectamente, propició que yo me orientara por el camino de la literatura, la lectura y la escritura. Tengo un recuerdo, en segundo de bachillerato, que sería por ahí en 1977. Tenía un profesor de español, que era impecable con un manejo del lenguaje. Una vez, nos puso a hacer un ejercicio: “Hagan una descripción de un objeto. De una página y me la traen”. Yo escribí sobre un arbolito que había en la casa, un carbonero. Mi mamá leyó ese texto y me corrigió la puntuación. Recuerdo que el profesor entregó los trabajos y el mío fue el último que repartió. Antes de dármelo dijo: “¿Quién es Pablo José Montoya?”. Yo alcé la mano y me preguntó delante de todos los estudiantes si yo había escrito ese texto. Le respondí que sí y él me miró y dijo: “Me jura que usted escribió ese texto”, le dije que mi mamá solo me había ayudado con la puntuación y ya. Ahí me dio un aviso que nunca se me olvidará: “Usted tiene madera para ser escritor” y obviamente no le hice caso hasta mucho después.

Pero siguió escribiendo, ¿no?
En realidad yo empecé a escribir poemas cuando era adolescente. De eso no queda nada, por supuesto. También fui a un par de talleres literarios, me acuerdo que un señor una vez me dio una paliza literaria terrible, me redujo un cuento de veinte páginas a una. Así seguí por mucho tiempo hasta que finalmente decidí publicar mis primeros cuentos en el libro Cuentos de niquía y La sinfónica y otros cuentos musicales. Menos mal, ahí ya tenía una noción de la brevedad, de la síntesis; un montón de cosas que me parecen clarísimas en todo escritor. Valga la pena decir que esos primeros libros, son libros de aprendizaje. Ahí todavía estoy imitando a mis maestros. Esos cuentos no son mayor cosa, pero son parte de mi proceso. Aunque los relatos de La sinfónica confluyen, de algún modo, en mi último libro La escuela de música.

Este fue uno de los primeros libros que empezó a escribir, ¿cierto?
¡Claro! Yo esa novela la empecé a escribir en Tunja mientras estudiaba música, pero no era capaz en ese momento de abordar una cosa de esas. Todo se me fue clarificando poco a poco. En algún momento dije: “Claro, si Pedro Cadavid, el personaje de La escuela de música, que es una especie de alter ego mío, está empezando a aprender a escribir, ¿qué es lo primero que va a escribir?, pues esos cuentos musicales”.

Ahora que menciona a Pedro Cadavid, él también es un personaje de Los derrotados, su novela sobre Francisco José de Caldas y unos jóvenes que pertenecieron al EPL. Usted, de hecho, alcanzó a militar en esa guerrilla. ¿Cómo fue esa experiencia?
Sí, yo milité en una brigada del EPL durante el colegio. Lo curioso es que algunos lectores de mi libro, que habían militado en el EPL, se disgustaron profundamente. No les gustó esa conclusión a la que llegué: que esa fue una guerrilla completamente equívoca. Hubo algunos integrantes que soñamos, en algún momento, con transformar el país, entre ellos mi gran amigo Germán, al que está dedicada la novela, pero incendiamos el país. Además en lo que terminó el EPL fue terrible. Una parte finaliza en el movimiento Esperanza, Paz y Libertad, solo que este grupo, para defenderse de la represión de una disidencia del EPL, que no hizo el acuerdo de paz, y de las Farc, terminaron vinculados con el paramilitarismo, con los hermanos Castaño y con el ejército para defenderse de sus antiguos compañeros, ¡qué los estaban matando! Entonces uno dice, es una guerrilla que refleja claramente la descomposición de estos movimientos en Colombia.

Pablo

Tiene más de veinte libros publicados, entre poesía, ensayo, cuentos y novelas. Es uno de los nuevos referentes de las letras del país y una voz muy particular de la intelectualidad colombiana.

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¿Cómo llegó a esa brigada?
El Liceo Antioqueño, el colegio al que fui, era un lugar de reclutamiento de militantes. Ellos llegaban, a través de estudiantes que ya eran parte de esa guerrilla, y nos sacaban de clase o nos ponían citas en los recreos y hablaban con nosotros. Nos daban una cartilla, nos explicaban de qué se trataba su movimiento y comenzamos a asistir a unas reuniones, que eran para leer a Enver Hoxha, un tirano que rigió Albania entre 1940 y 1985. En esa ingenuidad nosotros pensábamos que ese país era el paraíso, después nos dimos cuenta de qué tipo de paraíso era Albania. Cuando empezamos en la brigada a asistir a mítines, a hacer pintas, cuando comenzamos a hacer bombas molotov, yo dije: “no”. Fue como una reacción instintiva a la violencia, como de rechazo a esas cosas. Finalmente, varios de mis amigos optaron por irse al monte.

¿Y nunca se le pasó por la cabeza irse con ellos?
Por una cuestión de miedo y por mi tendencia al mundo del arte, al mundo del conocimiento y a la lectura, yo decía: “No, yo pa´ que me voy a ir al monte”. Y menos cuando mis amigos que se habían ido volvían a Medellín y me contaban cómo era eso por allá. Claro, cuando escribo Los derrotados, lo escribo con mucho tiempo de distancia y empiezo a leer sobre el EPL y a hacer mi juicio. Al cabo de los años me fui dando cuenta de que era un pacifista, que esa repulsa intuitiva o natural que yo tenía hacia la violencia, después se iba a transformar en un discurso pacifista. Yo no acepto ningún movimiento armado, así de sencillo. Y por supuesto, las guerrillas colombianas, y latinoamericanas, y los Estados nación, que se alimentan de las armas, los rechazo.

Después de esta etapa “revolucionaria”, usted entró a estudiar medicina a la Universidad de Antioquia, pero solo duró dos años, para luego irse a Tunja. Una ciudad que puede parecer la antítesis de Medellín, ¿por qué esa elección?
Sí, eran muy distintas y para mí todavía más. Yo nunca había salido de Medellín. La decisión de irme a Tunja fue porque me enteré que había una escuela de música, que había fundado el maestro Jorge Zorro. Esta tenía un modelo pedagógico soviético y una de las características era que estaba recibiendo músicos tardíos, músicos sin mayor talento, sino con el deseo de estudiar música. Entonces allá fuimos a dar varios chicos de Medellín. Lo curioso es que cuando llegue a Tunja, a finales del 83, me enfrenté a un pueblo grande, frío y muy colonial. Sin embargo, allí tuve por primera vez la idea de lo que era Colombia. A los veinte años conocí por primera vez bogotanos, llaneros, boyacenses, santandereanos, pastusos y extranjeros. Todo ese contacto humano me pareció completamente cosmopolita. Para mí, Tunja fue más cosmopolita que Medellín.

¿Cómo era la vida en ese entonces, cómo fue vivir en esa ciudad desconocida?
Como llegábamos con tantos vacíos musicales, los primeros meses y el primer año el estudio fue muy intenso, como de llenar toda esas falencias, tratar de despejar el oído. De entrada yo sabía que tenía grandes dificultades para ser un buen músico, no tenía un buen oído. Solo era consciente de que mi mejor territorio de expresión era la literatura.

Si tenía eso tan claro, ¿por qué se empeñó en estudiar música?
Es como si yo necesitara hacer ese tránsito. En un extremo estaba la medicina, en el otro la literatura y ahí en la mitad estaba la música. Sentía que tenía que pasar por ese punto. Esta decisión también estuvo moldeada por las circunstancias. La escuela de música apareció cuando yo quería irme de Medellín, estaba muy perturbado por mi familia y por la ciudad, que en 1980 empezaba a derrumbarse continuamente.

Al mismo tiempo estudiaba Filosofía y Letras en la Universidad Santo Tomás de Aquino, a distancia.
Sí, yo había empezado esos estudios en 1987 o a finales de 1986, porque ya sabía que ese iba a ser el camino que finalmente iba a recorrer. En esa época estaba empezando a escribir mis primeros cuentos y ni se me ocurría creer que eso me iba a dar el sustento económico. Con el título de licenciado en Filosofía y Letras, me fui a estudiar literatura a París. Ahí comenzó el periodo donde fui más consciente de que lo mío era la literatura.

¿Por qué esa ciudad, que es casi un cliché para los escritores?
Sí, en realidad yo fui a París a darme cuenta de que era un mito completamente caído. Ya no estaba Cortázar, ya no estaba Vargas Llosa, ya no estaba Carpentier. Inicialmente, cuando fui a París, yo tenía dos amigos músicos que se habían ido a estudiar allí. Ellos fueron los que me hicieron las vueltas para que yo encontrara un profesor en la Sorbona que me dirigiera mi tesis sobre música y literatura en Carpentier. Llegué allá a estudiar literatura, pero me fui sin beca, con una hija y mi mujer de ese entonces.

Me tocó tocar en el metro de París, me tocó lavar baños, me tocó cuidar mascotas, cuidar niños, repartir volantes, pegar afiches. Era una cosa como si la ciudad me quisiera sacar y yo a no dejarme.

Una apuesta muy grande por la literatura, ¿no? Porque pasó muchas necesidades allá, como irse a vivir en un apartamento de treinta metros cuadrados.
Y eso ya fue una comodidad que me pude dar porque llegó mi exmujer y mi hija mayor. Antes de que ellas llegaran a mí me tocó un periodo muy difícil. Me tocó tocar en el metro de París, me tocó hacer marionetas, me tocó lavar baños, me tocó cuidar mascotas, cuidar niños, repartir volantes, pegar afiches. Era una cosa como si la ciudad me quisiera sacar y yo a no dejarme. Entonces ese primer periodo fue muy intenso, muy duro y muy marginal. Evidentemente, fui conociendo a un grupo de latinoamericanos y franceses que hicieron esta pelea más llevadera. Todo sin dejar de estudiar un solo día en la universidad, no podía dejar que mi proyecto se fuera abajo. Luego cuando llegaron mi exesposa y mi hija vivimos en un apartamento de treinta metros cuadrados, un apartamento universitario.

Que tampoco fue algo fácil, usted ha contado que le tocaba leer en el baño para no incomodar con la luz a su hija y a su exesposa.
Solo había dos espacios en ese apartamento y no teníamos puertas. Teníamos era una cortina de tela y la luz se entraba por ahí y ellas necesitaban dormir. Entonces el único lugar en que no las molestaba era el baño, pero imagínate que por mucho tiempo ese baño tuvo una fuga y a mí me tocaba leer con ese ruido, porque leía hasta altas horas de la madrugada. Por eso me convertí en un lector de biblioteca, iba al Pompidou o a la biblioteca municipal de Antony, que fue mi tabla de salvación al nivel de la lectura.

¿Y al final, sí cree que París le sirvió para ese proyecto de volverse escritor?
Allí lo que encontré, sobre todo, fue a mis grandes maestros. El primero, pero que ya era uno que yo venía siguiendo, fue a Alejo Carpentier. Si yo fui a París, en gran medida, fue porque allí quería encontrar esa unión entre la literatura y la música, a través de él. Otro maestro fue Cortázar, que me acompañó mucho en los primeros momentos en Francia y luego viene Borges. La segunda tanda de maestros vino con un cambio de idioma. Por ejemplo, yo leía a Albert Camus, a Marguerite Yourcenar y a Pascal Quignard, pero leerlos en su idioma original, el francés, los volvió muy muy importantes para mí. A diferencia de García Márquez, que no deja que todo este universo europeo entre a su literatura, a nivel de influencias, yo sí dejo que la literatura francesa entre completamente en mis libros. Necesitaba zafarme de esos primeros maestros latinoamericanos. En un momento dije: ¡Ya! Suficiente, ya no más Carpentier, no más Cortázar, no más Borges. Al final, lo mío terminó siendo una amalgama entre esos dos referentes y ahí logro encontrar mi voz.

¿En qué momento encontró su voz?
Cuando terminé mi libro Viajeros, que ahora hace parte del libro Terceto. Yo con Viajeros siento que por ahí va la cosa. De hecho, en ese libro están las primeras aproximaciones a Los derrotados, a Lejos de Roma, a Tríptico de la infamia, es un libro cantera. Luego, donde ya siento que estoy en mi camino es con la Sed del ojo. Ahí encuentro ese método de historia y ficción o la utilidad del anacronismo.

Sin embargo, si hay algo que atraviesa todas sus novelas es que los protagonistas son creadores, artistas. ¿Cuándo el arte adquirió tal relevancia en sus libros?
Eso me lo dio, por un lado la música, ahí tenía una cantera muy fuerte. Por otro lado fue París. Después de haber pasado ese periodo tan difícil, tan duro, por fin tuve tiempo para visitar museos. Pude ver que era una ciudad llena de tesoros y empecé a darme cuenta de que yo tenía una gran vacío en la formación pictórica y fotográfica. Ahí fue cuando devoré todos los libros de fotografía que pude y leí todo sobre la historia del arte. De la mano de estos escritores y de los historiadores, me acerqué a la pintura, hasta que decidí que iba a hacer una galería personal, que es cuando escribí Trazos, uno de mis libros de poemas. Luego me encontré con los cuadros de Giotto, que hizo sobre san Francisco de Asís y ahí se desencadenó todo mi entusiasmo por ese personaje histórico. Esto es lo que me lleva a escribir Tríptico de la infamia. Creo que toda esta búsqueda del arte me ha servido para tratar de narrar los procesos de violencia, no solamente la colombiana, sino la secular y la ecuménica.

Pablo

“Tengo una tendencia al escepticismo, a la amargura y creo que el ejercicio de la literatura me ha ayudado mucho a no sucumbir en una especie de suicidio, de anarquismo (...)”.

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Un buen ejemplo de esa mezcla entre la violencia y los artistas es Lejos de Roma, su libro sobre Ovidio y el exilio. Lo curioso es que usted sintió el exilio cuando volvió a Medellín, ¿por qué?
El problema es que me empiezo a sentir de ninguna parte. Me encuentro viviendo en una ciudad como Medellín, que es pacificada por la Seguridad Democrática y, ¿qué significa esta pacificación? Pues que la sociedad, poco a poco, se está volviendo narcoparamilitar. Medellín es eso ahora: un modelo social penetrado por los narcos y los paras. Llegué a Medellín y decía: “Aquí ya tengo lo que necesito: tiempo y tranquilidad para ponerme a escribir”, pero esto me enfermó. Trato de regresar a París y no puedo, ya las naves las había quemado. La ciudad [Medellín] me parecía horrorosa, yo la veía llena de militares, de la seguridad privada, de las sectas cristianas y me decía: “¡Pero esto qué es!”. Para mí parecía un infierno. De todo eso surge un proceso creativo y la necesidad de escribir sobre el exilio, sobre la violencia del país, sobre los desplazados y la mejor forma que encontré para hablar de eso fue a través del poeta Ovidio. Empecé a pensar Lejos de Roma como una forma de reflexionar sobre la realidad colombiana.

Usted mismo ha catalogado su literatura de erudita, ¿no cree que eso dificultó que su obra se conociera más?
El primer gran drama nuestro es que vivimos en un país donde no se lee. Escribimos en una sociedad que no lee. Y cuando leen, o compran un libro, compran literatura muy predecible, claramente marcada por la cuestión comercial. Entonces yo digo esas cosas, como que mi literatura es erudita, porque me parece que los libros míos, con esa carga histórica, con esa carga erudita –que no es hermética– y esa carga de información, no es propia del ciudadano común colombiano. Libros como Terceto o La escuela de la música, que tratan sobre música clásica, pues pueden parecer alejados para nuestro país, que escucha es a Diomedes Díaz, a Shakira y a Carlos Vives. Esto hace que mi literatura sea muy insular y obviamente la aleja de lo comercial. Mis libros van circulando lentamente por los lectores, que han crecido mucho a partir del premio Rómulo Gallegos. Igual, el lector común y corriente que llega a Tríptico, en algunas ocasiones, se estrella con un mundo distinto, porque estamos acostumbrados a leer a escritores que son completamente: “lana sube, lana baja”.

El Rómulo Gallegos es un punto de inflexión en su carrera literaria. Ese premio lo puso en el ojo de la crítica e hizo que su obra empezara a conocerse en el país…
Como a mí se me habían cerrado las puertas de las editoriales comerciales, y estaba cansado de tocar las puertas, de enviar manuscritos, decidí que solo iba a publicar en Sílaba. Esa iba a ser mi trinchera. Además, una de las socias del sello es mi esposa. Ya iba a publicar Tríptico de la infamia con ellos y cuando estaba escribiéndola apareció Gabriel Iriarte, el editor de Random House. Me escribió un correo diciéndome que le habían hablado muy bien de mí y que quería contactarme, que si podíamos hablar y le dije que sí. Cuando nos vimos me dijo: “¿Usted quién es? Yo no he leído nada suyo, pero me dijeron que usted escribía muy bien”. Le conté lo que había hecho y le hablé de la novela que estaba escribiendo. Él me dijo que le pasara la primera parte que ya tenía escrita. Al otro día me dijo: “Yo le publico el libro, no me importa lo que pase después”. Me hizo un anticipo de cinco millones de pesos, pues que no es algo muy grande, pero para mí en ese momento estaba muy bien. Hablé con mi esposa y ella me dijo que no había problema, que publicara con ellos.

¿Ese premio fue como una manera de sacarse una espinita por todo lo que había pasado antes?
De alguna manera siento que todo ese montón de dolores y de espinas que tenía clavadas me las saqué con el premio. Todos esos rechazos, todo ese desdén, hizo que al final dijera: “Valió la pena”. El reconocimiento llega en mi libro número veinte, ya estaba hecho y formado como escritor. Ese premio jalonó de paso el premio José Donoso, de Chile y el José María Arguedas, de Perú. Estos reconocimientos tienen algo en común y es que no son comerciales. Son premios que me he ganado porque los jurados son profesores o son escritores y no están articulados al mundo editorial. No son el premio Planeta, el Alfaguara o el premio Tusquets. Pero sé que de alguna manera entré al circuito comercial.

[García Márquez] es el gran responsable de que nuestra literatura se haya llenado de periodistas. (...) ese gran patriarca hay que cuestionarlo para que la literatura colombiana siga adelante. 

¿Todavía cree que se debe llegar al punto de cometer un parricidio literario con García Márquez y todos los autores del canon colombiano?
Aquí ha habido como una respuesta a ese fenómeno, literariamente hablando, que es la de Fernando Vallejo. Es la respuesta más distinta a lo que se estaba haciendo. Yo empiezo a escribir mis libros, en la década de 1980, cuando García Márquez se gana el Nobel. Pero es después, en la década de 1990, cuando él se implanta como un modelo para seguir y se adueña de todo el establecimiento literario colombiano o el establecimiento se adueña de él. Además, se convierte en el gran “corre ve y dile” de los poderosos. Es que García Márquez supo muy bien que el éxito y ser leído en todo el mundo dependía de varias cosas, no solamente del talento literario, que lo tiene, por supuesto, sino que también sabía que tenía que ser de izquierda, que tenía que estar en el periodismo, que eran las cosas que lo vehicularon a ganar el Nobel. Uno puede tener el talento más impresionante del mundo y puede tener la obra más poderosa del mundo, pero si no tenés palancas, no te ganás el Nobel. La palanca de García Márquez fue Pablo Neruda. Neruda es el que lo mete en la carrera hacia el Nobel, que en ese momento estaba completamente politizado. Por eso Octavio Paz o el mismo Borges nada, esa gente era de derecha. Era el mundo de la izquierda, donde Neruda y García Márquez eran los grandes exponentes.

Y en cuanto a la literatura de García Márquez, ¿cuál es su opinión?
Cuando empecé a leer a García Márquez en la década de 1980, quedé fascinado, pero rápidamente me di cuenta de que ese mundo novelesco que él creó, lo inicia y lo terminaba él mismo. Meterse ahí era un despeñadero, mucha gente se metió y mucha gente sigue metida bajo esa sombra. García Márquez es un gran periodista, muy intuitivo y muy conocedor de la cultura popular y eso es lo que hace que su universo sea tan amplio. Después viene toda su segunda preocupación, la historia. Este es el García Márquez que menos me interesa, el de El general en su laberinto, el de El amor en los tiempos del cólera, ese García Márquez no me parece tan renovador ni tan bueno como el otro. Pero yo me di cuenta rápidamente que eso que los críticos llaman realismo mágico, no era mi mundo. Otro factor que me empezó a alejar de él fue cuando me di cuenta de su evolución política y de su figuración internacional. Que no es otra cosa que el mecanismo que él ayudó a crear, para que un tipo de literatura se estableciera en Colombia, él es el gran responsable de que nuestra literatura se haya llenado de periodistas. Esa gran sombra, ese gran papá, ese gran patriarca hay que cuestionarlo para que la literatura colombiana siga adelante, buscar ese parricidio simbólico. Por decir esto es que mucha gente no me quiere y porque he criticado su posición política frente al castrismo y frente al poder colombiano.

Pablo

"Cuando empecé a leer a García Márquez en la década de 1980, quedé fascinado, pero rápidamente me di cuenta de que ese mundo novelesco que él creó, lo inicia y lo terminaba él mismo.".

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¿Cuál era esa posición de García Márquez frente al poder colombiano?
Él se murió y aquí le hicieron un homenaje en la Catedral Primada de Bogotá, y se lo hizo la clase política más retardataria. ¿Qué tiene que ver esa clase política con García Márquez? Digamos que en principio nada, pero sí tiene que ver porque García Márquez terminó escribiendo un libro horrible que se llama Noticia de un secuestro. Ese libro es una manera completamente amañada en que García Márquez comprendió la pelea del Estado colombiano con el narcotráfico y esa manera en que él celebra a Gaviria y su corte, es una manera impúdica, porque está desconociendo la relación del gobierno con los paramilitares y el cartel de Cali, que fue evidente para poder vencer a Pablo Escobar. ¡Y él no vio eso!, con lo buen periodista que era.

¿Usted cree que la literatura debe tener una función social? ¿Cree que la literatura sirve para algo?
A mí me sirve para proyectarme hacia los otros, sea como profesor de literatura o como escritor. La literatura es una forma de luchar contra la desesperanza. Yo soy un hombre desesperanzado, hay días en que me levanto desecho completamente. Tengo una tendencia al escepticismo, a la amargura y creo que el ejercicio de la literatura me ha ayudado mucho a no sucumbir en una especie de suicidio, de anarquismo y de vociferación completamente apocalíptica o de misoginia o qué sé yo. Yo conozco esos terrenos, pero no he caído en ellos. Y es un camino que algunas veces funciona. Ahora, que la literatura transforme un país, que transforme un sistema social, un sistema económico, no creo. Eso lo transforma El capital, algún otro libro de economía o de tecnología, pero una obra literaria no creo que transforme a una sociedad.

¿Entonces para qué seguir escribiendo?
La literatura, entre otras cosas, es un arte y en ese sentido, me parece que tiene un perfil esperanzador. La gente acude a ella un poco en ese sentido. Buscando la belleza, por ejemplo. Y lo bueno es que se logran encontrar libros terriblemente bellos, como el libro de Emma Reyes, Memorias por correspondencia. Pienso que se acude a esa belleza porque es consoladora. Se hace literatura, como dice Tolstoi, porque somos creyentes por desesperación y creo que acudimos a ella para calmar esa desesperación. Aunque también hay libros con proyección social, como los de Voltaire, de Camus, de Zolá o los de Tolstoi, que nos han ayudado a vivir más dignamente. Tal vez por eso nunca dejemos de escribir literatura, una razón más que suficiente, ¿no?

POR DIANA DIEGO FELIPE GONZÁLEZ
FOTOGRAFÍA SEBASTIÁN JARAMILLO 
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 79 - OCTUBRE 2018

Pablo

Una isla en la literatura colombiana.

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