Bocas

El método Dyer

Entrevista en BOCAS con uno de los escritores británicos más importantes, Geoff Dyer.

Dyer

Geoff Dyer, autor de libros como Pero Hermoso, Zona y Yoga para los que pasan del yoga.

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Camo

23 de julio 2018 , 12:32 p.m.

“¿El doctor Livingstone, supongo?”. Esa fue la primera pregunta –una vieja frase inglesa que refiere a una obviedad– que se me vino a la cabeza cuando vi a Geoff Dyer.

Su metro ochentayalgo lo hacía sobresalir. Caminaba por las calles del centro histórico de Cartagena mientras movía su celular, como si fuera una brújula, buscando su destino. Estaba perdido, miraba sin saber hacia dónde ir. Ahí, en medio del calor y del tumulto de personas, estaba uno de los escritores más importantes del Reino Unido. Cuando por fin lo iba a alcanzar huyó y, de paso, se esfumó mi oportunidad de ser Henry Stanley, el explorador victoriano que exclamó la frase “¿El doctor Livingstone, supongo?” cuando encontró al explorador en un pueblo remoto de Tanzania.

Geoff Dyer (Cheltenham, 1958) podría ser un heredero de los aventureros ingleses del siglo XIX. Aunque nació en un pueblo rural de Inglaterra –su padre era trabajador en una fábrica de acero y su madre laboraba en la cafetería de un colegio–, ha recorrido el mundo en busca de historias y se ha embarcado en un sin fin de viajes, como cuando fue a Tahití tras la casa de Gauguin o a los fiordos en Noruega para ver las auroras boreales o a la Ciudad Prohibida en Pekín o a pilotar un MiG de la antigua Unión Soviética en Moscú o a pasar dos semanas a bordo del portaaviones USS George H.W. Bush, mientras este navegaba por el golfo pérsico. Hace cuatro años está radicado en Los Ángeles, una ciudad que le parece aburrida, pero donde vive por ser el lugar que escogió su esposa y donde, dice, puede tener los ingresos suficientes para vivir. Un escritor nómada al que, sin embargo, le encanta inventar.

Sus 17 libros navegan entre diferentes géneros y ninguno puede catalogarse como una simple novela o un ensayo o una investigación histórica, son una mezcla de todo. “He escrito un montón de libros sobre un montón de temas, pero eso importaría una mierda si hubiese aplicado la misma plantilla a todos esos temas”, dijo Dyer en una entrevista para la revista Believer. Ese es el método Dyer, un método que busca reventar las fronteras entre la ficción y la no ficción y que busca enloquecer a los críticos y a los libreros, que nunca saben dónde ubicarlo. Un método que se basa en la curiosidad y en la pereza. Un método que se aleja del cliché sobre lo que es un escritor y lo demuestra en libros como Yoga para los que pasan del yoga, Arenas Blancas, The missing of the Somme, Paris Trance, Another Great Day at Sea, Otherwise Known as the Human Condition o The Color of Memory.

Y así como cambia de género con facilidad, también lo hace de temas. Puede escribir sobre Stalker, la película del director ruso Andréi Tarkovski; sobre la fotografía de Walker Evans, Paul Strand o Dorothea Lange; sobre la Primera Guerra Mundial o sobre el jazz, como lo hizo en Pero Hermoso, su libro más importante. Esa obra no solo le valió el reconocimiento de los críticos en Estados Unidos, sino que catapultó su carrera hasta convertirlo en un autor de referencia de la literatura anglosajona. Ha ganado premios como el National Book Critics Circle Award, el Stanford Dolman Travel Book o el Bollinger Everyman Wodehouse por la mejor novela cómica de 2009. Fue profesor del programa de escritura creativa de no ficción de la Universidad de Iowa y ahora es profesor de la Universidad de South California. Además, fue becario de la Royal Society of Literature y es miembro de la American Academy of Arts and Sciences.

Horas después me volví a encontrar con la figura del doctor Livingstone, el protagonista de la vieja frase. Dyer había perdido toda su apariencia de turista desubicado, ahora se dejaba guiar por los pasillos de un hotel. Una delegación del British Council, que lo trajo como invitado al Hay Festival, lo condujo al lugar de nuestra entrevista; su única preocupación, además del calor, era saber si sería capaz de levantarse para ver la final del Australian Open, que iban a disputar Federer y Cilic: “La otra opción es ir de fiesta y llegar tan tarde que no me dé tiempo ni de dormir”, dice. Dyer muestra su sentido del humor desde el minuto uno de nuestro encuentro. Cuando le van a tomar las fotos pide que lo dejen cambiarse: “No puedo salir mal en una revista de circulación nacional”, dice entre risas. Después pidió que lo esperara mientras volvía a su camiseta de algodón, esa con la que está cómodo y el calor no se le pega tanto. Cruza las manos cuando se sienta y escucha atento, sobre todo para ver en qué momento puede hacer un apunte gracioso para no tomarse tan en serio las preguntas que le hago. Ahí estaba el aventurero, ahí estaba el escritor que nunca pensó que terminaría siendo uno.

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El escritor inglés durante su visita al Hay Festival de Cartagena.

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Camo

A diferencia de muchos escritores, usted siempre ha dicho que nunca pensó convertirse en uno. Creció en una casa sin libros, de pequeño quería ser futbolista y su gusto por la literatura fue tardío. ¿Cuándo se dio cuenta de que esto iba en serio? ¿Que iba a vivir de escribir?
Todavía estoy esperando que eso pase [risas]. Siempre he enfatizado en que me convertí en escritor gradualmente. Lo primero que escribí fueron reseñas de libros, después artículos más largos, pero todo fue muy gradual. De la nada me di cuenta de que escribir se había vuelto una forma de ganarme la vida y ya son treinta años que llevo en esto. Y eso que desde el principio, antes que empezara a ganar algo de dinero de verdad, me di cuenta que era un tipo de vida que se amoldaba muy bien a mí porque hacía lo mismo que cuando subsistía con el dinero que me daba el Estado por no tener empleo, o como cuando era estudiante.

Tanto que su época como estudiante en Oxford fue determinante en su carrera como escritor. ¿Qué recuerda de esa época? ¿Es verdad que solo iba a la biblioteca a dormir?
Sí [risas]. Nunca me han gustado las bibliotecas para trabajar, sentía que allí todo era muy formal, muy serio. Pero lo que más recuerdo de esta época era que nuestra única obligación como estudiantes era ver al tutor una hora a la semana y ya. Ese método de enseñanza de Oxford es un excelente entrenamiento para un escritor, así la calidad de la educación sea muy decepcionante, porque es una manera en que uno va programando y formateando el cerebro para aprender sobre cualquier tema. Yo estudié inglés, pero siempre me quedaba tiempo para ir a cursos de kung ku o de cualquier otra materia que por lo general no tenían nada que ver con mi pregrado. Esa libertad y esa curiosidad por aprender sobre todo, ha hecho que los temas en mis libros sean tan diversos. Solo que esto lo entendí muchos años después, en ese entonces veía esas clases para buscar amigos o alguna novia.

Toca temas tan diversos que su obra va desde el jazz hasta una película de un director ruso, una fotografía o la Primera Guerra Mundial. ¿Cómo elige sobre qué escribir?
Casi siempre viene cuando mi curiosidad sobre ese tema, o mi pasión por él, no está satisfecha adecuadamente por lo que está ahí afuera. La dificultad es que esa curiosidad es cada vez más fácil de satisfacer porque uno tiene acceso a todo a través de internet. Cuando escribí mi libro sobre jazz, solo había veinte libros que hablaban de este tema y no había muchas fotografías. Ahora todo está a un clic.

Entonces vamos más allá, ¿cuándo sabe que un tema lo va a obligar a sentarse a escribir por varios meses o años?
Eso pasa cuando las frustraciones y las dificultades de escribir sobre ese tema son superadas por el sentimiento o la ansiedad de no escribir. Yo siempre estoy buscando el camino fácil y en algún punto todo se vuelve más sencillo, ahí es cuando sé que no me voy a levantar de la silla. Hace poco estaba escribiendo sobre un grupo de jazz australiano que se llama The Necks. Fue una pieza muy difícil de escribir porque encontrar la estructura apropiada para este tipo de música, un jazz experimental muy extraño, fue complicado. Solo hasta que encontré un principio que me hizo reír pude seguir adelante. Lo curioso fue que, cuando lo envié al New York Times, el editor me dijo que si podía cambiar el principio, le respondí que no, que estaba loco. En mi cabeza solo había una forma de contar esa historia. Cada tema tiene una estructura propia que marca la escritura.

Por eso sus libros son tan distintos entre sí y tan difíciles de catalogar, porque no son libros de ficción, no son periodismo, no son historia. De hecho, con usted pasa lo mismo, rehúye las etiquetas y prefiere que lo llamen simplemente escritor, ¿por qué?
A diferencia de lo que pasaba a principios del siglo XX, cuando para escritores como Lawrence, Virginia Woolf o Joyce solo existía la novela, yo nunca me he sentido como parte de un colectivo o de una generación y tampoco me he sentido nunca como un novelista, en parte porque no tengo los instintos necesarios para ser un novelista decente. Y para compensar esa falta de talento y poder abarcar temas que sobrepasan la novela prefiero que no me encasillen en un género. Ser solo escritor me da más libertad, y de paso hace que nadie sepa muy bien lo que hago.

Pero esto enloquece a los críticos literarios y a los libreros, que no saben dónde ubicar sus libros.
Siendo justos, así haya empezado siendo esa persona cuyos libros no encajaban en ninguna sección, que era excluido de ciertas categorías y era una piedra en el zapato para ellos, ahora hay una sección, muy interesante, que está creciendo en las librerías y que han bautizado como libros que no encajan en ningún otro lugar. Antes estaba solo en esos estantes, pero ahora somos muchos más.

Esa imposibilidad de asignarle un género lo ha convertido en una especie antítesis de lo que es un escritor de manual. Dice sin problemas que es perezoso...
Un momento. Los mejores escritores que conozco dicen que son perezosos. Entonces eso sí es algo que sale en manual.

Dice que no tiene talento para algunos géneros, que no tiene imaginación, que no es un buen investigador. ¿Cómo hace para escribir entonces?
Ni yo sé esa respuesta [risas]. Pero en mi defensa tengo que decir que la investigación sí me gusta y es de las pocas cosas de las que no huyo o que no me dan pereza. Leer, ver documentales, todo eso me interesa. Tal vez por mi aversión a las bibliotecas, no tengo la disciplina para investigar como los historiadores, que aman estar en los archivos. No soy muy diligente ni muy ordenado al buscar mis fuentes y no tengo ese rigor metodológico de los historiadores. De nuevo, a mí me mueve es la curiosidad y paro cuando siento que ya la satisfice.

Y, sin embargo, otra de sus obsesiones al momento de escribir es el tiempo y el espacio, igual que los historiadores. Aunque su método es distinto, ¿qué tanto se parece su forma de escribir a la de estos?
Lo que me importa al momento de escribir es la intersección entre el tiempo y el espacio. Los lugares que me interesan son en los que la historia se manifiesta en la geografía, en los que el tiempo se manifiesta en el lugar. Y en ese aspecto puede que mi escritura sea similar a la de un historiador. Pero por otro lado creo que hago todo lo contrario: un historiador cuenta los hechos como van pasando y, aunque el resultado ya lo sabemos, hay una especie de incertidumbre; de ahí viene el suspenso de la mejor narrativa histórica. Cuando leemos a un historiador como Antony Beevor y su texto sobre Stalingrado el lector puede llegar a decir: ¡Por Dios, qué va a pasar! Yo intento hacer lo opuesto. Mientras los historiadores buscan las causas y cómo estas generan un efecto, yo empiezo donde todo terminó y miro hacia atrás. Me interesan más la memoria y la persistencia, me interesa recordar. Y ahí es cuando entra la ficción.

Dyer

Se puede decir que el escritor inglés Geoff Dyer se inventó un método literario que busca borrar las fronteras entre la ficción y la no ficción.

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Camo

Eso también se lo preguntaba porque usted ha dicho que no lee novelas, que prefiere leer libros de historia.
Y sigue siendo así. La tragedia es que retengo muy poco de todo eso que leo [risas]. Eso sí, tengo cero interés en la novela histórica o en la ficción como vía para aprender sobre los hechos históricos. Es como esa película Selma, no le veo el punto a una película así. Uno puede leer los libros o ver los documentales sobre ese tema y de verdad aprende algo.

Pero su libro sobre jazz, Pero hermoso, podría ser considerado una novela histórica.
Espero que nunca lo cataloguen como una novela histórica. Es que es todo menos un libro de historia. Aunque muchos de los hechos que cuento sucedieron, todos son una interpretación mía, de cómo me habría gustado que algunos encuentros o escenas fueran.

Para usted ese es su libro más importante, ¿por qué?

Este libro fue el que me enseñó a escribir, a liberarme de todas esas ambiciones de la novela, a combinar la crítica con la escritura creativa, a saber que no tenía que seguir ningún manual y que podía escribir como quisiera. Y porque me siento muy orgulloso de haber logrado una forma muy similar entre el jazz y la forma de escritura. Y volviendo a la pregunta anterior, la gran diferencia, ya sin tener en cuenta mi opinión, es la estructura del libro. Ese detalle hace que no sea una novela histórica.

La estructura, de hecho, es algo primordial en su literatura. En el caso de Pero Hermoso, ¿cómo logró organizar un libro que trata sobre un género musical que se basa en no tener una estructura definida?
La llave para entender o escribir sobre cualquier tema está en encontrar la estructura adecuada para explicarlo. En el caso de Pero Hermoso lo primero que encontré fue el tono, la música me lo dio. El problema fue organizar todas las historias. Después de darle muchas vueltas me di cuenta de que la espina dorsal del libro debía ser el viaje de Harry Carney y Duke Ellington, ese momento es la base del libro; por eso tampoco lo dividí en capítulos. Luego vi que la mejor forma de presentar las historias era en orden cronológico: empiezo con Lester Young y termino con Art Pepper. Es una viaje por la historia del jazz, pero un viaje que al leerlo se tenía que sentir el ritmo de la música. La estructura, al final, fue como una partitura de una canción de jazz.

En esa búsqueda por la forma, ¿no cree que descuida el estilo? Esa es una de las mayores preocupaciones de los escritores.
Mi estilo existe casi sin quererlo. Hasta en los momentos cuando intentaba copiarme deliberadamente de Roland Barthes, siempre salía mi torpeza y el lector se daba cuenta de que era yo tratando de imitar a Barthes. Creo que la variedad de temas sobre los que he escrito ha hecho que mi voz se adapte y en algunos momentos no sea del todo identificable. Ahora que ya tengo varios libros encima sería imposible decir que no hay un estilo, así sea por default, lo cual es muy bueno porque paso muy fácil de la ficción a la no ficción o de un estilo muy analítico como el de The Ongoing Moment a uno más libre como el de Amor en Venecia, muerte en Benarés. El problema es que en este momento soy menos flexible a la hora de cambiar, la edad ha hecho sus estragos.

Ese tránsito entre la ficción y la realidad es imperceptible en sus textos, pero al momento de escribir, ¿qué lo hace cambiar de una a otra?

En el único momento que soy consciente de este cambio es cuando estoy transcribiendo lo que realmente pasó. Esa etapa de la escritura me aburre tanto que siempre termino añadiendo pensamientos que tuve después o cambio los que tuve en ese momento. Es la única forma en que me divierto cuando escribo, por eso invento nuevas esposas, así la historia haya sido con mi pareja actual; o invento encuentros con personajes a los que quisiera conocer. Supongo que la realidad me aburre.

Usted ha dicho que no podría pasar un minuto en compañía de gente sin humor y que esperaría que esa gente no pasara ni un segundo en compañía de sus libros. ¿Por qué es tan importante el humor en sus libros?
Primero hay que dejar claro que hay dos tipos de humor: la broma fácil y el que nos lleva a pensar. Odio los libros que son solo comedia o solo buscan hacer reír. Prefiero el movimiento, el ir y venir entre lo serio y lo cómico. En el momento de la escritura, solo empiezo a pasarla bien cuando veo la posibilidad de introducir algún apunte gracioso o algún chiste. Cuando encuentro ese espacio puedo entender la estructura de mis libros y ahí sí puedo empezar a escribir algo con un poco de sentido. El humor es el motor que me permite escribir.

Esto hace parte de una tradición literaria muy inglesa, en que no hay nada más serio que el humor o como decía G. K. Chesterton que la naturaleza del ensayo es la broma. ¿La naturaleza de sus libros es la broma?
Supongo que así somos los ingleses y no me puedo escapar de eso. Pero en mi caso lo ideal, al momento de escribir, es decir algo que sea muy chistoso y que al mismo tiempo sea muy serio. Ese es el núcleo de lo que soy y de lo que escribo. Y es curioso que usted mencione a Chesterton porque en Arenas Blancas yo le atribuí a David Sedaris una frase que en realidad era de Chesterton y que explica muy bien esto: “Lo opuesto a gracioso no es serio. Lo opuesto a gracioso es no gracioso y nada más”. Sin esa combinación no se puede decir algo inteligente.

“Arenas Blancas”, el relato que lleva el mismo nombre que el libro, le ha traído problemas porque no se ha entendido la ironía que hay en él. En este usted narra cómo una pareja que recoge a un autoestopista afroamericano entra en una especie de paranoia al darse cuenta de que están en una zona penitenciaria. A partir de esto muestra los miedos y los prejuicios de los personajes, entre ellos usted. ¿Cree que estamos ante una sociedad menos capaz de reírse de sí misma?
Hace poco dije que no me sentía capaz de escribir de nuevo sobre temas que tuvieran que ver con afroamericanos porque hay una corrección política que limita el humor y esto es algo corrosivo para la labor creativa. Ese relato del que habla ha sido sumamente mal entendido y sumamente publicitado. Aunque es una crítica a los prejuicios que los blancos, como yo, tenemos hacia los afroamericanos, en algunos casos se ha entendido como un alegato racista. Y lo que más me sorprende es que muchas personas piensen que es un relato real. Yo que viví la persecución de la corrección política de la década de 1980, creo que la de ahora es diez mil veces peor.

Otro tema que ha caído en esa corrección política es el uso de las drogas. Usted ha dicho varias veces que fumó mucha marihuana para escribir Pero Hermoso, ¿qué tanto le ayudó? ¿Sigue fumando?
¡Ah, qué buenas épocas! Esto ha sido realmente decepcionante ahora que vivo en Los Ángeles. Por primera vez estoy en un lugar en que es legal y que conseguirla es muy fácil, solo que ya no me gusta. Es como si mi cerebro hubiese cambiado, cuando estoy drogado ya no lo disfruto. Es algo muy muy triste, antes era tan útil para mí, así fumara marihuana radicalmente peor. Creativamente era genial, me iluminaba. Ya no… ¡Ah, qué tristeza! [Risas]. Y a su primera pregunta, la respuesta es sí, sin la ayuda de la marihuana no habría escrito Pero Hermoso.

Dyer

Sus libros son un dolor de cabeza para los libreros, porque como él mismo dice: "Nunca saben dónde ubicarlos".

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Camo

Pasemos a otra de sus obras, Zona. Un libro de una película sobre un viaje a una habitación. ¿Cómo nace la idea de escribir un libro en el que básicamente resume la película Stalker del director ruso Andréi Tarkovski?
Nunca pensé que iba a hacer un libro sobre esa película. Todo empezó porque efectivamente hice un resumen de la película, pero fue algo que hice sin razón. Solo que a medida que avanzaba me divertía mucho y seguí hasta que ya tenía las palabras suficientes para un libro. Luego pensé: “¿Quién carajos querrá publicar un libro así?”. Y mira, ya está traducido al español. Lo hice, como ya dije, para satisfacer mi curiosidad, para investigar qué era eso que me llamaba tanto la atención de Stalker.

¿Cuántas veces se ha visto esa película, no se aburre de ella?
Perdí la cuenta de las veces que la he visto. Lo mejor es que en cada repetición encuentro algo distinto. Es una película inagotable y eso que en el fondo es relativamente sencilla: tres hombres viajan a una habitación. Ahora que lo pienso, este libro ha sido, tal vez, el más fácil de escribir, por eso me debe gustar tanto [risas].

Pero es un libro que en su forma es muy complejo. Está lleno de notas a pie de página, que son, en esencia, otro texto.

Esa es la investigación, lo que justifica al libro estructuralmente. Además, Zona es más un proyecto de transcripción o una traducción, como también lo es Pero Hermoso. Estos libros son intentos por mostrar cómo la literatura puede apropiarse del cine o de la música en su medio: la página escrita. Y las notas al pie de página son un recurso magnífico que tenemos los escritores.

Muy al estilo de David Foster Wallace, un escritor que por cierto no es de sus preferidos, así tengan varios rasgos en común como el humor de sus libros o el gusto por el tenis.
Sigo sin leer sus novelas, porque no me interesan las novelas. Pero ahora que soy profesor y enseño reportería, su libro Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer es absolutamente genial, al punto de que curó la alergia que tenía hacia él.

Y ese libro, para agregar otra coincidencia, es sobre viajes, un tema que también los une. ¿Por qué la necesidad de viajar es tan persistente en nuestras sociedades?
En mi caso porque me invitan a muchos lugares [risas]. Pero creo que la gente viaja porque es un método de escape y así la experiencia haya sido desastrosa, el solo hecho de moverse vale la pena, como lo digo en Arenas Blancas. Por ejemplo, ir a Tahití fue una desilusión gigante, todo es un mito artificial, hasta la casa donde vivió Gauguin es un desastre, pero igual llegué con el sentimiento de que tenía que haber ido allí y no a otro lugar.

O su experiencia nefasta cuando fue a ver las auroras boreales en Noruega.
Fue espantoso. Todos los días nos decían que ahora sí las íbamos a ver y así estuvimos a menos cuarenta grados por varios días. Pero eso es inherente al viaje, la idea de una recompensa, de un descubrimiento. Aunque en aquella ocasión mi única recompensa fue ver en una pantalla gigante un partido entre el Manchester City y el Arsenal, esa fue mi aurora boreal.

Parece que no hubiese tema del que no puede escribir y, sin embargo, solo hay uno que le ha sido esquivo: el tenis.
Sí, es terrible porque es mi deporte y uno de mis temas preferidos. Como muchos empecé a disfrutar del tenis en la era de los enfrentamientos entre Borg y McEnroe. Después comencé a practicarlo con una disciplina casi militar, pero nunca pude tomarlo en serio porque yo tenía muchos malos hábitos y mi cuerpo no resistió [risas]. Por eso siempre le digo a mi entrenador que ya es muy tarde para que me enseñe algo o para que haga una transformación arqueológica profunda de mi juego. A lo máximo que puedo aspirar es a cambiar algunas cosas, y la verdad solo quiero jugar lo más que pueda, así sea a un nivel muy bajo.

¿Pero por qué no ha escrito un libro sobre tenis? ¿Qué lo detiene?
Me han encargado ese libro varias veces, pero hasta el momento ha sido imposible encontrar una estructura que compagine las palabras con el tenis. Y sé que es una excusa falsa porque se han escrito textos maravillosos sobre él. Solo que no sé, no creo que pueda decir algo que vaya más allá de mis opiniones personales o cavilaciones. Igual, tampoco me mortifica, yo tengo claro que un escritor debe explotar sus debilidades, en mi caso la falta de imaginación. A diferencia de un jugador de tenis, que si tiene un mal revés tiene que practicarlo por muchas horas hasta que lo mejore, un escritor no tiene que corregir sus falencias, tal vez lo mejor sea dejarlas así y no intentarlo más. Un escritor se define por lo que no puede hacer, por eso no tengo método, no escribo novelas, no escribo historia, ni escribo no ficción. No me interesa mejorar ni mi revés en el tenis, que es pésimo, ni mis carencias literarias. Es lo que hay y así está bien.

POR FELIPE GONZÁLEZ GÓMEZ
FOTOGRAFÍA CAMO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 75 - JUNIO 2018

Dyer

El método Dyer.

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