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ME DECLARO REGIONALISTA

A partir de ahora todos mis escritos por este medio de comunicación, tan vinculado a los boyacenses después de un quinquenio de vida, se referirán solamente a esta región porque me volveré fanático del regionalismo, por cuya causa invito a todos mis amables lectores, a luchar con estusiasmo.

29 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Nos corresponde, entonces, expresar nuestro amor y apego a las características propias de nuestra región, a nuestro modo de ser y a nuestras aspiraciones.

Debemos aprovechar el proceso de descentralización imperante en la década que estamos terminando, caracterizada por la transferencia de funciones y de recursos de la Nación a los llamados entes territoriales y por la elección popular de alcaldes y gobernadores.

Para ser consecuentes con nuestro propósito debemos comenzar por hacer honor a nuestra raza muisca. La existencia real de telares, cálices y cruces, dibujados a tinta roja en rocas y piedras situados en los lugares por donde pasó Bochica, y los emblemas cruciformes pintados en las mantas prehistóricas de las cuevas de Paz del Río, las relaciones comerciales y contactos culturales, las ceremonias de entierro, la religión lunar, la horticultura, las esmeraldas talladas, el oro, el maíz, las mantas, los perfumes e inciensos, las conchas de mar, los guacamayos y papagayos, junto con el fuego, el agua y la tierra, ubican la cultura chibcha dentro de las altas civilizaciones americanas, lo cual nos debe enorgullecer.

Durante más de 2.000 años los chibchas desarrollaron y estructuraron, con personalidad y características propias una cultura elevada, con centros religiosos tan importantes como el de Sogamoso; con industrias y artes como el de la orfebrería, la escultura en piedra, los tejidos de algodón, la explotación y procesamiento de la sal, de las esmeraldas y del carbón; la intensa agricultura practicada con gran variedad de plantas útiles, su carácter pacifista y legalista, su agudo sentido mercantilista, les impulsaron a llevar su influjo civilizador muy lejos de sus fronteras, al decir del arqueólogo Eliécer Silva Celis.

Pero, si nos basamos en la narración de Miguel Triana, creo yo que debemos evitar cometer el mismo error del Indio que en 1891 llamó al Párroco de Tota para entregarle el legado de sus antepasados consistente en una bola de arcilla cocida, perfectamente esférica, de unos 4 centímetros de diámetro, pulimentada hasta la brillantez, color chocolate, con unos signos incrustados en la superficie, de un barro de color amarillo cromo, elemento que lo consideraba muy valioso según lo interpretaron algunos para encontrar el tesoro de Suamox, por lo cual se hicieron infructuosas exploraciones en el lago de Tota. Después de estériles cavilaciones quedó en manos del Obispo de Tuta y luego de sus sobrinos quienes dijeron ignorar el paradero de aquel minúsculo objeto, portador de un misterioso mensaje, para el Sumo Sacerdote del Sol a través de los siglos, pero que este indio esperó hasta la extinción de su extirpe, para cumplir una sagrada misión de su raza, e inconsciente del naufragio de sus ideales y de sus dioses entregó el emblema de un pasado ignoto al representante de una civilización que lo desconoce, tanto como él se ignora a sí mismo. Juzguen amables lectores si todavía no sufrimos del mismo mal.

* Administrador de empresas de Sogamoso