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TOTÓ, LA MOMPOXINA

Fue casi a los veinte años cuando tuve la grata felicidad de oir por primera vez la vigorosa y vibrante voz de Totó, La mompoxina , en un diciembre llenó de chandé, cumbia y mapalé, en la legendaria esquina de La Popi , pues a pesar de que había nacido muy cerca de la casa de Dona, mi mamá, jamás tuve el privilegio de escucharla, sino cuando ya ella andaba volando alto y llevaba sobre sus espaldas un vellocino de fama bien ganada y la gente de mi pueblo sólo le recriminaba que no se llamara Totó, la talaigera.

11 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Totó, llamada así cariñosamente por su tío Edulfo Mancera, un versado amaestrador de manatíes a los que siempre hablaba en inglés, y cuyo nombre bautismal es Sonia Banzanta Vides, junto con Aminta, una amiga consagrada tocadora de acordeón, y sus otros hermanos heredaron de sus padres y abuelos la veta musical y el arte de improvisar que por aquellos tiempos era una costumbre obligada antes de la natividad. Soy producto de mis ancestros , expresó en alguna época la artista.

Hija mayor de Daniel Banzante y Libia Vides, una pareja talaigeros que en la década de los cincuenta dejaron la lata y el canalete y se fueron en un buque de ruedas para Barrancabermeja, donde según decía la gente, el petróleo emergía en sus calles, de allí pasaron a Villavicencio y por último aterrizaron en la fría Santafé de Bogotá, donde junto a sus hermanos Aminta, Consuelo, Mimí y Daniel, combinaban el oficio de la zapatería con la de músicos ocasionales, animando fiestas familiares y de amigos cercanos hasta convertir su hogar en el Consulado Musical del Caribe, abierto a todos los artistas que desde ambas costas llegaban a Bogotá. La casa de Libia y Daniel era nuestra propia casa , me dijo cierta vez el maestro Alejo Durán.

Cuentan quienes la conocieron niña y montaraz en las calles de Talaiga, antes del periplo de sus padres, que en tiempos de pascua se metía en el tumulto de personas adultas y bebedoras de ñeque para participar e improvisar en los tradicionales chandé.

Fue allí, en medio del corazón y el cariño de esa gente sencilla y amable y el calor de las titilantes espermas en que recibió sus primeros aplausos que a la postre serían también sus primeros premios.

Totó, que vivió en Talaiga en los años ochenta escarbando un poco la historia de sus ancestros, siempre ha sido vista por muchos de sus paisanos, no como la consagrada y famosa cantante que con su galillo puso la piel de gallina de emoción a los reyes de Noruega, sino como la hija de Ñañe Bazante, que en las noches cuando suena el tam tam de los tambores, como muchas cantadoras de chandé, también desnuda su cuerpo y su alma para bañarse con los tibios rayos de la luna. Es para recobrar la virginidad , me dijo María Pura Mármol.

Sin lugar a dudas, el gran mérito de Totó, la cantadora de chandé, es que fue la primera persona que se interesó y rescató el olvidado y vapuleado folclor del río y lo llevó a las más altas cúspides, macaneando el paso de cada nota, abriendo trochas y tumbando barricadas, hasta modernizar el folclor y folclorizar lo moderno, ya que hasta esos momentos las tradicionales populares estaban al borde de su propia desgracia por la arremetida de la música extranjera. Hoy esa música defendida también por Delia Zapata, Ramona Ruiz y Estefanía Caicedo, se encuentra en el sitial de honor gracias al papel jugado por Totó.

Aunque acerca de Totó, La Mompoxina se ha escrito mucho y se han llenado páginas y páginas de tinta y que una nota más no le levantará un pelo de su frondosa cabellera, pienso que era un deber mío responder a quienes me venían insinuando lo hiciera, pues no se justifica que habiendo nacido ambos en la albarrada del mismo pueblo, separados sólo por el tiempo, no escribiera algunos hechos de su infancia desconocidos para muchos, sobre la más importante cantadora de chandé que ha dado Colombia en el presente siglo.