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EL PEOR DÉFICIT

El déficit más grave que tiene nuestro país no es el fiscal. A pesar de que dicho déficit ha traído consecuencias muy negativas que estamos sufriendo hoy en día, no es tan grave. Como tampoco lo es el déficit en cuenta corriente - que al igual que su mellizo de las finanzas públicas, ha puesto en serios aprietos la estabilidad macroeconómica de nuestra nación. El déficit más preocupante que tenemos en Colombia, particularmente en el sector oficial, es el del enorme faltante de ejecuciones.

09 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Nos sobran fabricantes de diagnósticos. Tenemos un enorme exceso de comentaristas sobre la problemática nacional. Los columnistas opinan sobre lo divino y lo humano sin conocer en profundidad la realidad de las gestiones. Abundan los analistas de la coyuntura económica, política y social que no van más allá del plano meramente teórico. Los anaqueles públicos no resisten el peso de los múltiples estudios. Los planes de acción y recomendaciones ocupan miles y miles de páginas que pocas veces conocen la luz pública encarnadas en realizaciones concretas.

En cambio, brillan por su ausencia las ejecutorias. En un país con tantas necesidades, es indispensable tener más proyectos en marcha. Hay mucho por hacer. Pero se nos va el dinero y la energía en mantener a duras penas en funcionamiento el pobre aparato estatal lleno de remiendos, ineficiencias y fugas.

Porqué registramos este abultado y creciente déficit de ejecuciones? Porqué pedaleamos en la bicicleta estática? La respuesta está en nuestra naturaleza: es más fácil mantener el status quo que luchar por el cambio. Quienes se aventuran a emprender transformaciones profundas se estrellan contra el escepticismo, la envidia o la indiferencia. O peor aún, contra los intereses de unos pocos que no están dispuestos a sacrificar sus prebendas personales en aras del bienestar colectivo. Quienes toman riesgos para sacar adelante iniciativas audaces son blanco de críticas superficiales que no van más allá de señalar las naturales dificultades que se presentan en todo proyecto que valga la pena, ignorando los avances de fondo y los beneficios finales que se percibirán si se persevera.

Apoyemos al gobierno nacional y a los gobiernos locales en acortar el trecho entre el dicho y el hecho.