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CHÁVEZ, UNA LECCIÓN

Debo arrancar diciendo que me encanta la elección de Hugo Chávez como presidente de Venezuela.

08 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

El golpe para la clase dirigente tradicional es más que merecido. Claro que de ahí a que el nuevo Presidente pueda hacer algo para reversar décadas de corrupción, despilfarro y empobrecimiento de uno de los países más ricos del Continente hay mucho trecho. Pero si lo que el pueblo exigía era una cambio radical, ahí lo tiene a partir de febrero del próximo año.

Sin embargo, la elección de Chávez trae otro gran mensaje que ojalá nuestra clase dirigente entienda, digiera y asimile: no más corrupción, no más concentración de la riqueza, no más gobierno para unos pocos y no más neoliberalismo.

Claro, no hay que hacernos muchas esperanzas pues su egoísmo y miopía con contadas excepciones es la que hoy tiene al país como lo tiene. Pero vale la pena utilizar ese miedo que hoy deben sentir las élites latinoamericanas para iniciar esa reflexión tan necesaria.

La verdad, el viraje radical hacia el neoliberalismo en nuestro país herencia de Gaviria y de Samper sembró las semillas de la actual violencia. El sacrificio sangriento e indiscriminado del campo y de algunos sectores industriales fue el caldo de cultivo en el cual se germinó el actual estado de cosas.

Es más, a pesar del boom de mediados de esta década, si hoy se le pregunta a un colombiano si está mejor que hace ocho años seguramente la respuesta es No.

Lo cierto es que durante los dos gobiernos anteriores se saqueó al Estado como nunca en nuestra historia y se feriaron activos vitales a amigos del Presidente de turno. Si algún historiador mira con detenimiento lo sucedido en lo corrido de esta década, a Ernesto Samper y a César Gaviria les cabe gran parte de la culpa del desajuste político, económico y social en que se encuentra el país.

Claro, pocos pusieron el grito en el cielo. Y nadie escuchó a quienes lo hicieron, pues entre otras cosas los medios fueron comprados por los grandes beneficiados de esta orgía de concentración, los grupos económicos.

Y mientras la clase dirigente se enriquecía, la clase política hacía lo mismo. Así, se generó la peor corrupción de todas: la connivencia entre los dos mediante la cual unos financiaron a los otros, los otros los favorecieron con sus leyes, y todos tan contentos.

Chávez es el campanazo final. O aquí cambiamos o nos cambian. No la guerrilla que ha demostrado ser tan corrupta como el mismo sistema. Cualquier ciudadano que toque esa fibra de inconformismo que hoy abunda en nuestro país y no represente más de lo mismo con un disfraz.

Lo que tampoco es malo. Pero de eso no se trata esta columna.

Se trata es de decirle a este establecimiento que su modelo se agotó. Que no puede seguir dándole la espalda al país con fórmulas que no se ajustan a una realidad volcánica como es la nuestra.

Se trata de decirles a políticos, dirigentes gremiales y sindicales, cacaos grandes y pequeños, hombres de empresa, académicos y toda esa fauna que manda en un país que llegó la hora de la revolución.

De una revolución democrática donde fijemos un norte único. Donde abramos las puertas a quienes nunca han cabido en este país. Donde la corrupción y la exclusión no tengan cabida. Donde los beneficios para unos pocos sean cosa del pasado.

Empecemos por admitir el fracaso de esta clase dirigente que llevó al país al estado en que hoy está. Y luego busquemos esos consensos que bajo la excusa de un proceso de paz faciliten la construcción de una Colombia más justa, más democrática y, por ende, menos violenta.

No es tan difícil. Pero ya no nos podemos dar el lujo de esperar o de pensar que con las aspirinas de reformitis crónica curamos ese cáncer que carcome a Colombia. Bienvenido, Presidente Chávez, por el ejemplo que nos deja y por lo que pueda hacer para mostrar que las fórmulas actuales no son necesariamente las mejores y que sí hay una tercera vía al desarrollo con justicia social.