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EL DOS POR MIL: UN IMPUESTO HORROROSO

Lo que más le conviene al país es que el impuesto a las transacciones financieras se desmonte, y para siempre, una vez se cumpla la meta del recaudo de 2,5 billones de pesos. Volverlo permanente sería un gravísimo y costoso error que tendría serías consecuencias para el funcionamiento de la economía, la equidad, para el recaudo de otros impuestos, el desarrollo del sector financiero y el crecimiento económico.

07 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Con los primitivos tributos a las transacciones (como el de timbre, el de registro, y este impuesto a los movimientos financieros), los países pobres, desesperados por conseguir recursos, toman el camino de vuelta a la Edad Media, cuando toda transferencia de bienes, personas o dinero era objeto de las alcabalas, las tercias del rey y otras exacciones para atender los gastos de la Corona.

Así se da al traste con un largo proceso de reducción y eliminación de los impuestos de transacción, de liberación del sistema de pagos y desentrabamiento de los mercados. Un retroceso de esta naturaleza menoscaba el dinamismo económico y estimula la informalidad y la evasión; restringe el uso de los sistemas de pago modernos y puede incluso extender la dolarización de la economía.

El impuesto a las transacciones financieras es regresivo, entre otras cosas, porque un grupo muy amplio, que no dispone de otro contacto con el sector moderno que el uso del sector financiero, termina pagando plenamente el impuesto (con razón se ha dicho que éste es un impuesto a la nómina) mientras que otros agentes económicos más sofisticados encuentran mecanismos para evadir o eludir el tributo. Además, es oscuro el mismo origen de la idea de convertir este tributo en permanente: es el fruto de una transacción política que busca mantener algunos boquetes en el IVA pasando a hombros del resto de los colombianos una nueva y permanente carga.

Varios expertos internacionales han anotado que este torvo impuesto ni siquiera le garantizaría al Estado ingresos a largo plazo. Después de los grandísimos recaudos iniciales, el sistema aprenderá a eludir el tributo y éste perderá dinamismo, se estancará (de ahí el horror del FMI y otros organismos frente a la idea del Ecuador de eliminar el impuesto de renta a cambio de este tributo: con el tiempo el fisco de ese país se quedaría sin el pan y sin el queso). Pero ahí no para todo; como este impuesto incentiva la informalidad, los recaudos de otros, como el IVA y el de renta, también caerían y el daño sería generalizado.

Males peores Obviamente, este impuesto perjudica al sector financiero: disminuye los depósitos, eleva la tasa de interés, impide la modernización del sistema de pagos y golpea al mercado interbancario, vital para el desarrollo de una política monetaria moderna (todos estos puntos fueron señalados por la mayoría de los miembros de la junta del Banco de la República cuando presentaron su concepto sobre la emergencia económica presentado a la Corte Constitucional). Pero lo peor es que el cobro ilimitado de un impuesto cuyo producido va a exceder por mucho los cálculos iniciales, puede agudizar la crisis que el mismo gobierno desea prevenir: el costo del mismo puede ser equivalente al 15 por ciento del patrimonio del sector financiero. En consecuencia, varias entidades, que sin el impuesto son viables, pasarían a ser pacientes del Fondo de Garantías.

La imposición de varias reformas tributarias a una economía en recesión agudizará la penuria general y demorará la recuperación. Varios cálculos muestran que la suma del producido de la reforma en el Congreso y del tributo a las transacciones puede superar el monto total del impuesto de renta. Si no se racionaliza esta sangría, puede producirse un estropicio irreparable desde el punto de vista de la producción y el desempleo.

Preocupa que amplios grupos de dirigentes, tanto del gobierno como del Congreso ( dónde está el senador Barco?), no exhiban una concepción global del modelo tributario que debe construir el país. En lugar de simplificar el régimen, modernizarlo, extenderlo y unificarlo, con cada reforma tributaria éste se torna cada vez más caótico ( ahora tendremos seis niveles de IVA!) y, lo que es peor, resurgen los impuestos de claro sabor medieval, como el timbre y registro (modelos 1997) y este esperpento a las transacciones financieras.

En respuesta a todos estos argumentos, se dice, por último, que otros países están fijando este tipo de tributos y que Colombia no debería quedarse atrás. Al respecto vale la pena recordar que Venezuela y Argentina los eliminaron hace tiempo (por malos) y que Brasil se ha comprometido a abolirlo: es una contribuicao provisória. Aparentemente, entonces, quedaríamos solos al lado de Ecuador, estancados, celebrando nuestras dudosas innovaciones tributarias. Por todo lo anterior, debe primar la razón de los altos funcionarios y de los senadores que se han mostrado inclinados a racionalizar el impuesto y, sobre todo, a aplicarle la eutanasia cuando sus recaudos lleguen a la meta propuesta por el gobierno.

Otros impuestos exóticos En otros lugares del mundo existen impuestos curiosos, tanto o más que el que se ha establecido en Colombia. En Paraguay, por ejemplo, existe un impuesto a la venta de ganado; en Papúa, Nueva Guinea, uno a los teléfonos; el llamado impuesto islámico o zakat (2,5 por ciento sobre algunos activos) en Pakistán; el impuesto al gran río hecho por el hombre (sobre algunas transferencias en moneda extranjera) en Libia; y un tributo a los perros en ciertas provincias de Indonesia.

(*) Presidente de ANIF.