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PARTERAS, SÍMBOLO DE TRADICIÓN Y VIDA

El niño estaba atravesado, yo creí que se iba a morir. La familia de la paridora la había embarcado en una lancha para llevarla al hospital de Guapi, pero yo sabía que no alcanzaría a llegar con vida. Entonces dije que la bajaran del bote y empecé a recibir el niño. Me encomendé a la Virgen del Carmen y metí mis dedos en el vientre de la madre, toque a la criatura y la enderecé. Al final todo salió bien, la niña, llamada Milagros, nació y celebramos tomando biche (fermento de maíz) .

08 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Como esta historia de Anastasia Riascos, oriunda del El Charco (Nariño), muchas fueron compartidas el fin de semana pasado en Buenaventura, en desarrollo del I Encuentro de Parteras Afrocolombianas del Pacífico, en el que participaron 250 mujeres expertas en estas prácticas, provenientes de Guapi (Cauca), El Charco (Nariño), Candelaria (Valle) y Quibdó (Chocó), entre otras 25 poblaciones del Pacífico colombiano.

Diocelina Ocoró, Ecilda Amú, Rosa Castillo, Emérita Murillo, Lilia Martínez, todas tienen un factor en común: han recibido a más de 100 niños y manifiestan que nunca se les ha muerto uno, situación que, de ocurrir es la más triste en la vida de una partera, pues todas esperan realizar un buen trabajo y celebrar el nacimiento, pero a veces el destino quiere otra cosa.

Ecilda Amú, partera de Timbiquí (Cauca), considera que los niños nacen muertos por designios de Dios y en ocasiones por maldad de la gente. He visto casos en que la gente se aprovecha de la barriga de la paridora para hacerle daño y las atrancan con rezos y maleficios; entonces ahí es que interviene la experiencia .

Amú dice que en esos casos ella opta por colocar la ropa de la paridora al revés. Ella debe entrar por la puerta de atrás, rezar, y luego la impregno con un líquido a base de hierbas que uno acostumbra llevar en una botella curada .

El propósito del Encuentro, organizado por la Gobernación del Valle a través de la Gerencia del Pacífico, fue la unificación de criterios en cuanto a la práctica y el reconocimiento de estas mujeres y de su actividad.

Según Carmela Quiñones, gerente de Desarrollo del Pacífico, el segundo encuentro se realizará en el Chocó y se iniciarán capacitaciones para actualizar los conocimientos tradicionales con las prácticas modernas y evitar que se corran riesgos.

Rosminda Quiñones, presidenta de la Asociación de Parteras Unidas del Pacífico (Asoparupa), dijo que el Encuentro sirvió para decir que aquí estamos las matronas consideradas símbolos de vida en nuestras poblaciones pero que exigimos un reconocimiento público porque nuestra labor está quedando relegada, mientras se menciona a grandes voces los avances de la medicina .

Rosa Castillo, partera de Candelaria, cuenta que su abuela y su madre ambas del Pacífico nariñense también fueron parteras. Su sueño de ser enfermera se vio truncado por falta de recursos y de voluntad de sus padres. Ahora su hija cumplió su sueño. Es una enfermera con éxito , dice.

La herencia es el común denominador. Diocelina Ocoró, oriunda de Timbiquí (Cauca), dice que fue su madre quien le enseñó a desempeñarse en este oficio, en una población en donde por el aislamiento de la zona y la pobreza de sus gentes los médicos no se veían ni en pintura .

Sabemos que existe una polémica entre médicos y parteras, pero cada uno realiza bien su oficio; eso si, a la hora de hablar de tradición las parteras les llevamos varios puntos , dice Ocoró, a la vez que señala que en casos de gravedad no duda en remitir a su paciente a un hospital.

Los costos Las mujeres acuden a las parteras, en ocasiones por confianza, pero también por costos.

Rosa Castillo dice que una partera recibe entre 50 y 60 mil pesos por su trabajo. Según ella, esto varía de acuerdo con las condiciones de la embarazada. Hay mujeres muy pobres y ella recibe al niño gratis.

A veces, dice Castillo, no tienen ni para el taxi que les permita llegar hasta el puesto de salud y uno con sus dos pies que Dios le dio llega hasta la casa de la paridora sólo con el deseo de escuchar el llanto del recién nacido .

Castillo relata cómo hace muchos años, en las notarías de algunas poblaciones del Valle, se rehusaban a registrar a los niños que nacían con la ayuda de parteras. Para elaborar el documento exigían exámenes generales de un médico, donde se describían las condiciones en que había nacido el niño.

Por esa época las parteras eran consideradas como seres indeseables y hasta se les tildaba de brujas, pero el tiempo se encargó de desvirtuar esta apreciación , dice.