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EL DIABLO TAMBIÉN ANDA DE REBUSQUE

En plena época de cibernautas, del trance y los más increíbles adelantos científicos aparecen por diciembre unos personajes rojos que todavía les ponen la piel de gallina a los niños y a uno que otro desprevenido.

27 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Al sonar de los tambores y el chasquido de látigos que anuncian el paso del diablo, la pelona , la patasola , el viejo y la viuda alegre , muchos se abren paso.

Son personajes tradicionales que cada año aparecen por las calles de los barrios, las principales vías y parques de la ciudad, cuando empiezan a agotársele las horas y los minutos al año.

Solo que ahora tiene más de rebusque que antes, porque quienes viajan disfrazados son, en su mayoría, niños o adolescentes, que vienen desde los barrios hasta el centro y el sur caleño.

Esta tradición, más antigua que la misma elaboración de los años viejos , es una rememoración del año que muere, de los pecadillos que se lleva, las viudas que deja y de todo aquello que se vivió, recuerda el ingeniero e historiador Claudio Borrero.

No existe una fecha exacta de cuando se inicia la tradición de las comparsas, que así asustan a muchos le da un toque de fiesta y alegría a los últimos días del año.

La tradición, dice Francisco Arboleda columnista del diario Despertar vallecaucano, es una prolongación de los festejos que se iniciaron posterior a la colonización española cuando llegaron los esclavos africanos.

Sus danzas, los tambores y los vestidos de hechiceros y agoreros fueron transformándose en los diablos que hoy vemos en las calles , dice Arboleda, de 77 años.

Hacia los años 30a en Cali, recuerda Borrero, las comparsas eran programadas por los más veteranos.

Sentados en bancas, en la colina de San Antonio, formaban los corrillos del gato negro para hacer bochinches y al tiempo organizar los festejos.

La vaca loca anunciada por el garrón de puerco (tambor con piel de puerco) y los personajes que simbolizan el año que muere eran la diversión.

Con el pasar del tiempo las comparsas se convirtieron en la excusa para recolectar el dinero para la compra de la pólvora.

Ahora, llega a ser incluso una forma de trabajo para los desempleados.

Unos pesitos para comer Desde muy temprano Tomás Ordóñez se convierte en una rubia crespa, de enorme busto y pronunciadas curvas.

Escondido detrás de unos lentes oscuros y abriendo su cartera, dice, divierte a la gente y se gana unos pesitos que le ayudan ahora que está desempleado.

Desde hace diez años cada diciembre se para en el semáforo de la carrera 66 cuando se une con la Autopista Suroriental y por más de seis horas se disfraza, sin importar si llueve o hace sol.

El diablo, la pelona, el viejo y la viuda alegre, que al sonar de las tamboras se pasean por las diferentes calles en esta época, no le asustan porque siempre ha trabajado en el mismo sitio. Diariamente recoge entre 15 mil y 20 mil pesos.

Ordóñez considera que se trata de una tradición que no debe morir pues se ha convertido en su fuente de trabajo en diciembre cuando el sector de la construcción para.

Con el dinero, dice, consigue unos pesos para alimentar a sus nueve hijos y le queda para sostener el pesebre que cada año hace en el sector de La Loma, en la parte alta de Los Chorros.

La competencia, dice, es amplia, pero hay espacios para todos.

Y de eso dan fe Michael, Jhonatan, Alfredo y Andrés, que desde muy temprano recorren las calles de Vipasa pidiendo dinero a los conductores.

Los pequeños entre los doce y los siete años, viven el barrio La Isla, pero aprovechan la época para disfrazarse y conseguir el dinero para comprar ropa y juguetes.

Así tengan mucha sed y el almuerzo se embolate, ellos no se van a sus casas hasta que completan los 20 mil pesos.

Lo cierto es que mientras haya Navidad y la ciudad se prepara para despedir el año, los caleños seguirán apreciando en las calles a los tradicionales personajes que asustan y divierten.