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EL BANCO DE TIERRAS

Bogotá, como todo centro urbano, es el resultado directo de la forma de pensar y actuar de sus habitantes y de quienes han dirigido sus destinos por largos años. Y en nuestro caso, ciudadanos y gobernantes hemos ido construyendo colectivamente una ciudad que cada día ofrece menor nivel en su calidad de vida.

11 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Dentro de las iniciativas de la actual Administración hay una que busca detener esa tendencia a dejar que los problemas se nos vuelvan inmanejables, y que en buena hora acaba de ser aprobada por el Concejo Distrital. Se trata de la creación del Banco de Tierras, algo que estábamos en mora de desarrollar a partir de modelos similares aplicados exitosamente en España y Francia.

La capital colombiana tiene un déficit de 490 mil viviendas. El 85 por ciento está en los estratos 1 al 3. En los próximos 12 años la ciudad crecerá en 720 mil nuevos hogares. Se necesitaría construir 40 mil viviendas populares por año contra 12 mil en la actualidad, para evitar que el problema nos desborde.

Por qué la diferencia? Ante la imposibilidad en que están los constructores legales de atender este mercado por falta de tierras con servicios, la gente cae en manos de urbanizadores piratas. Para normalizar barrios enteros, construidos en condiciones vergonzosas, la ciudad termina pagando 2.5 veces el costo de una urbanización legal. Este costo no es visible para la mayoría de los habitantes y por eso a nadie parece importarle.

Durante la Administración del ex alcalde Jaime Castro se inició el proceso de concertación del Tintal. Esta iniciativa buscó rescatar una zona muy importante del occidente de la ciudad de las garras de los urbanizadores piratas. Su éxito consistió en demostrar que era posible unir a varios propietarios con la ciudad para desarrollar planificadamente extensiones importantes de terreno.

La dificultad de conciliar el interés individual con el general por medio de la concertación ha impedido extender esta figura a zonas distintas del Tintal, donde los propietarios han terminado por vender; y las demoras, con los consabidos sobrecostos financieros, han terminado por alejar cada vez más las tierras habilitadas de los niveles de precios requeridos para ofrecer a la población soluciones con costos bajos.

La creación de una entidad como Metrovivienda, con el fin de manejar el Banco de Tierras, pretende construir sobre nuestras experiencias y las de otros países. Las concertaciones han dejado lecciones muy valiosas. Ciudad Salitre es un modelo para imitar, pues allí las empresas constructoras pudieron adquirir terrenos excelentes para urbanizar en poco tiempo. Esta es la esencia de la tarea que cumplirá la nueva entidad en los sectores más pobres de la ciudad.

Cuando se lanzó el proyecto de Ciudad Salitre en 1988 a sus promotores les cayeron rayos y centellas. Hoy este proyecto es un ejemplo en Latinoamérica. La competitividad está basada en disminuir los costos de transacción para el aparato productivo y en mejorar la calidad de vida. Urbes como Barcelona, que han entendido este mensaje, lograron generar el ambiente necesario para atraer empresas y dinamizar su economía.

Iniciativas como la del Banco de Tierras merecen el apoyo ciudadano porque van en la dirección adecuada para atacar de una vez por todas el peor cáncer que tiene Bogotá. Al aprobarla, el Concejo ha abierto la puerta para el análisis y la aplicación de soluciones diferentes. Esa no ha sido la tradición en nuestro medio, como bien nos lo recuerda Monitor en su estudio de competitividad. Romper viejas formas de pensar no es fácil pero sí indispensable, si aspiramos a enderezar el rumbo de nuestra capital.