Archivo

GIOVANNY PIDIÓ UN MILAGRO

Giovanny Hernández le está pidiendo al Divino Niño el milagro de convertir a Medellín en campeón del fútbol profesional. A sus 22 años y con cinco como jugador profesional, Hernández, el hombre que arma las jugadas en el equipo, no desconfía del Divino Niño, sueña con ganarle mañana a Santa Fe en Bogotá y ruega para que Caldas pierda frente a Quindío en Manizales.

12 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Mi sueño en este momento, donde se brinda una esperanza, es ganar como sea, juegue bien, mal, regular, como sea, pero ganar , dice.

Por eso, Hernández no duda, sonríe y hace bromas, como siempre, porque allá, en la ciudad de las puertas abiertas fue donde precisamente se volvió devoto del Divino Niño, cuando Carlos Zúñiga le recomendó leer los nueve domingos, una novena, para lograr jugar de titular con el Once Caldas.

En esa época, cuando apenas tenía 17 años, lo empezaron a llamar, en tono irónico, el jugador del millón de dólares y eso le dolió.

Yo le pedí a Dios cuando hice todo eso, que me diera la posibilidad de demostrarle a la gente que yo era capaz, que tenía futuro, que tenía virtudes y así pasó , dice.

Ahora, el Divino Niño está con él en la camisilla que utiliza debajo del uniforme oficial en los partidos, en las estampas, en las porcelanas de la casa y por qué no, en la recochita que arma con sus compañeros de equipo para animarse a entrenar.

Con los pies en la tierra y la mirada en el futuro, Hernández está demostrando que la juventud no es incompatible con la disciplina futbolística y que la seriedad no es ser de mal genio.

La alegría es lo más importante para cualquier trabajo, para cualquier deporte, para cualquier actividad. Me gusta recochar, los muchachos se ríen mucho conmigo , dice Hernández.

Todo a su favor A punta de picados con los amigos del barrio Gira Castro, del distrito de Aguablanca de Cali, se formó el número diez, que con su juego y su forma de ser se ha ganado a la hinchada del DIM.

En alguna ocasión, esa hinchada que a veces aparece agresiva y pendenciera, llegó a sacarlo del estadio en hombros como a un torero.

Pero Hernández, no habla de eso, su sencillez casi le permite el olvido. Mueve la cabeza a todos lados cuando habla. Es inquieto y juguetón. Hace chistes. Mezcla entre sus frases algunas palabritas de inglés que está estudiando como cuando dice: Espéreme voy a bañarme de one , o usa ese lenguaje tan propio de los jóvenes como: Hola, calidad o, cómo es el pispirispi? Su mirada se pierde en el horizonte al echar un vistazo a su futuro, a su matrimonio con la joven caleña Caterine Cataño (decidieron casarse en diciembre o enero próximo) y al bienestar que quiere para su mamá y sus cuatro hermanos menores a los que sostiene.

Piensa en que algún día y como resultado de su proceso de formación, llegarán las propuestas de los equipos extranjeros.

Le gustan los equipos españoles y los italianos, pero agradece lo que la vida le regala y no se impacienta. Tiene todos los años a su favor.

Así sucedió cuando era muy chico, que es lo que no ha podido olvidar. Su diversión era el fútbol y jugar las recochitas.

De allí lo sacó Diego Echeverri para llevarlo al Boca Juniors, de Cali, de donde se alejó por las dificultades económicas para desplazarse hasta los entrenamientos.

Después lo recibieron Jorge Barona y Jorge Carvajal en un club, apenas tenía 10 años. En el barrio Belalcázar de Cali jugó con el Atlético Flamengo. Más tarde, lo recuperó Boca Juniors.

Ahora está en manos de Gustavo Moreno, su manejador, a quien él considera también su padre.

Siempre ha sido un jugador precoz, pues siendo infantil, una vez llegó a Medellín a competir como juvenil y después, siendo juvenil, estuvo jugando en la Sub 23.

Desde pela o quise tener la posibilidad de llegar al fútbol profesional , dice.

Todo el mundo reconoce que Hernández se ha sabido comportar, que es un joven ubicado, no sólo en la cancha como volante, sino en la vida.

Conserva la humildad de su origen, tiene la fe del carbonero, el sacrificio de los héroes y la responsabilidad de los mayores.

Hernández lleva dos años en el DIM. La ciudad, el equipo y la hinchada lo han tratado muy bien, pero extraña a su Cali y la música salsa que escucha en los ratos libres.

Mañana se empezará a cumplir el milagro? El tiene una fe inmensa.