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HABÍA UNA VEZ UN LOBO

(Apartes de un cuento infantil encontrado en los bolsillos de un televidente)

13 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Había una vez una Villa en la que vivía un Lobo muy lobo. En realidad era un Lobo lobísimo, que había nacido en el seno de la radio colombiana hacía muchos, muchos años, y que por caprichos de la vida había sido elegido como el presentador de un programa de televisión al que se conocía como Pido la parola.

Y este señor Lobo no era gracioso, pero así lo creía; y tampoco era un lobmodel de las pasarelas en el mundo, pero así se presentaba ante las fans que lo acosaban; y, finalmente, no era ni mucho menos un loboejemplo para ser seguido por la juventud, aunque los índices de sintonía le decían, semana tras semana, que era el Lobo más querido por los jóvenes del reino.

Hasta que alguna vez alguien preguntó: Señor Lobo, le dijeron, por qué La pega de Pido la parola se burla de la gente? No hay respeto? No hay intimidad? No hay derecho a la vida privada? Por qué el escarnio público? Es necesario todo esto para aumentar el rating? Pero el Lobo, en su sabiduría lupina, siempre callaba.

Y sin embargo había más preguntas. Por qué la niña que está en el set de Pido la parola casi no habla? Por qué los chistes flojos? Por qué los comentarios sobre las mujeres son ampliamente sexistas? Por qué? Cuéntenos, señor Lobo, cuál es el modelo de enseñanza que quiere transmitirles a los jóvenes que lo ven? Pero el Lobo nunca respondía.

Y es que quizás desconocía que la juventud seguía paso a paso cada una de sus palabras; o quizás no estaba enterado del poder que tenía entre sus manos ( mi reino por un micrófono! mi reino por una cámara!); o quizás sí lo sabía, pero le interesaban más los chistes de mal gusto, los comentarios sexistas y el irrespeto en las pegas telefónicas que la posibilidad de decirle a esa juventud...mmm...mmm... qué le podría decir a la juventud el señor Lobo? Rara raza la de este Lobo-hombre que solo esperaba, agazapado, a la Caperucita Roja del rating que le permitiera seguir engullendo a bocanadas los pastelitos de una inocente teleaudiencia juvenil que, sin saberlo y a la larga, podía ser la principal perjudicada . Y colorín colorado, a este Lobo del aire no lo han sacado.