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PROBLEMA DE ACTITUD

Las comparaciones siempre son odiosas. Al mismo tiempo, es la única manera de saber cómo estamos con respecto a los demás y en qué dirección debemos movernos para mejorar. Lo cierto es que Colombia sale muy mal librado cuando se la mira en el conjunto de países que desde hace unos años están midiendo la relación entre competitividad, educación básica y crecimiento económico. Tema que, por demás, estuvo en el centro de la discusión de un conversatorio sobre reformas de la educación básica, organizado por el Aspen Institute , con la colaboración de la IBM y el Consejo Empresarial de América Latina (CEAL). La presentación más descarnada y preocupante estuvo a cargo de David Bloom, del Instituto Harvard para el Desarrollo Internacional, de la Universidad de Harvard.

13 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

El informe de competitividad global de este año incluye una muestra de 53 países que van desde los más desarrollados hasta los más atrasados. Estamos, infortunadamente, más cerca de los últimos que de los primeros. Más parecidos a Zimbabue, Ucrania, Eslovaquia y Rusia, que a Singapur, Estados Unidos, Suiza o Taiwan. Este año ocupamos el puesto 47. Las posibilidades de subir en el escalafón parecen, por ahora, bastante remotas.

Uno de los objetivos del encuentro era mostrar, con información científica, a los líderes empresariales, políticos, académicos y periodísticos del país la estrecha relación entre una educación básica de calidad y la prosperidad. Y señalar algunas de las acciones que puede emprender el sector privado para presionar reformas de fondo en el sistema educativo y hacerles una veeduría sistemática.

El objetivo central de la reunión era venderles a destacadas personalidades nacionales la importancia estratégica de hacer todo lo que esté a nuestro alcance para tener unas políticas educativas que mejoren nuestros indicadores de competitividad y desarrollo económico. Es decir, señalar a los empresarios colombianos los beneficios a mediano y largo plazo de invertir en educación, involucrarse mucho más e integrarla a sus planes como un componente central en el propósito de generar riqueza y mejorar nuestra calidad de vida.

No vale la pena detenerse en los indicadores mismos. Que, además de ser lamentables, desnudan una realidad y una tendencia que explican mucho de nuestra crisis. Cualquiera de los indicadores que tomemos refuerza la idea de cuán abandonado y despreciado ha estado el sector educativo.

Obviamente, para nada sorprenden las pobres cifras de escolaridad y fuerza de trabajo e ingreso per cápita. O lo mal que estamos en la cooperación entre empresa privada y universidad para hacer investigación. O lo estancada que está, con tendencia al deterioro, la preparación de científicos e ingenieros calificados. Por donde se miren, los indicadores terminan siendo el fiel reflejo de un país que, por muchos años, no ha querido situar la educación como un tema estratégico para el desarrollo. Todo lo contrario, la dejamos a la deriva y permitimos que fuera desplazada de la agenda pública por temas mucho menos trascendentales para el futuro del país.

Lo más triste no son los indicadores. Es la actitud. La educación, por desgracia, no convoca, no produce entusiasmo entre nuestra clase dirigente. La representación del sector privado en el encuentro fue bastante pobre. Como si no le interesara. Asume una actitud que para nada ayuda a que le demos a la educación la importancia estratégica que merece. Tampoco parece haber del Gobierno claridad sobre cuáles deberían ser la acciones para conseguirlo.

En la reunión del Aspen Institute nos encontramos los mismos con las mismas. Como en tantas otras ocasiones. Es como si la educación fuera propiedad exclusiva de los gobiernos y el magisterio. Nada cambiará mientras esa actitud de indiferencia no cambie