Archivo

NUESTRA FELICIDAD DEPENDE DE ELLAS

El caso es muy doloroso. Más que si habláramos de la carga de impuestos que nos está clavando el Gobierno de la otra gente. Pero, antes, no podemos dejar pasar por alto, ni por bajo, una frase de una señora de las que realizan el respetable oficio de limpiar nuestros puestos de trabajo diariamente. Cuando le comenté que en Venezuela había ganado Hugo Chávez, con aterrada voz de consideración dijo: Ojalá que no les vaya a salir peor que Pastrana. Dios ampare a esa gente . Son reacciones que dicen mucho de lo que está pensando el pueblo sobre su gobierno. Pero sigámosle dando compás de espera al Presidente. Nana nanita nana, nada que arranca Pastrana. O sí arranca, pero la plata al pobre contribuyente.

14 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Pero hoy hablemos de aquellas adoradas damas que llevamos todos a flor de labio, y que pueden hacernos pasar los momentos más deliciosos de nuestras vidas o los más desgraciados. Con estas chicas o grandes se vive gloria o infierno. Pero sabiéndolas llevar son buenas, fieles compañeras. No nos privan de nada, nos dan en la vena del gusto. Permiten que nos besen, que nos acaricien sin siquiera decir esta boca a es mía . Y en verdad es de ellas.

Con su venia nos engordamos o mantenemos la línea. Son fuertes, unidas, amigas. Pero es un peligro y una calamidad dejar que se dañen, porque las hay muy dañadas. Como las reinas de belleza, ellas defienden su corona y son terriblemente sensibles en la parte del cuello, donde nos hacen estremecer y más cuando se les descubre la parte de abajo, en el sector carnosito. Ahí está el nervio y el alma de estas mejores amigas, que no permiten por ningún motivo que se les toque el conducto.

He visto a los de más pelo en pecho llorando bajo la almohada el dolor causado por una de ellas y con miedo de perderla. Otros no pueden comer. Algunos luchan con ellas toda una noche, pero no amanecen sonrientes como debieran, sino como si se hubieran agarrado con Pastrana... pero el boxeador, como dijo el doctor Serpa.

Pero las necesitamos todos los días. Ellas complacen nuestros apetitos, nos permiten evitar ese cosquilleo que nos da debajo del ombligo, y solo con su ayuda quedamos satisfechos. Aunque también exigen compensación del buen trato, como se dice de los niños. Toca echarles cepillo frecuentemente, comprarles sus cremitas adecuadas, mantenerles el esmalte, llevarlas al especialista.

Perderlas es una desgracia. Y serán más extrañadas cuando se esté viejo y se quiera volver a probar algo que lo hacía feliz en los años mozos. Toca pasar saliva o usar otros elementos a mano, inclusive la lengua. Por eso, al escribir con la cara inflamada, un tanto trasnochado, como quien clama la paz, o un mejor gobierno, pido a quienes aún están a tiempo, que cuiden sus muelas, que las traten bien, que no las dejen deteriorar, que les inculquen a los niños el buen trato . Ellas, definitivamente, son las mejores compañeras o las peores enemigas. La felicidad en la vida, quién lo creyera, depende de una muela. El autor del Arca está en calzas prietas, tiene los escalofríos, los terribles dolores, los corrientazos y limitaciones de una muela intocable, a la que tal vez por mala conducta le dejé dañar el conducto