Archivo

SEÑORES, EMPEZÓ LA FERIA

La fiebre verde se apoderó anoche de esta ciudad y sus alrededores por la victoria del Deportivo Cali, 4-0, contra el Once Caldas. Había que estar ahí en el estadio Pascual Guerrero. Había que estar ahí para comprobar que nadie era capaz de controlar a toda esa gente que gritaba oeoeoeoeoeoe, te quiero Cali, te quiero Cali .

17 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Todos cantaban. Todos saltaban. Todos iban con destino a ocupar las diferentes tribunas del desvencijado estadio sanfernandino. Y más allá, se escuchaba el inconfundible Pachito Eche. Y otra vez, Cali, Cali, Cali, Cali .

Así fue desde la 1:00 hasta las 5:30 de la tarde cuando abrieron las puertas del Pascual. Uno a uno fueron ocupando las graderías hasta que llegó el instante en que el árbitro, Oscar Julián Ruiz, ordenó poner en movimiento el balón.

Cali, Cali, Cali, Cali , fue el grito que invadió el ambiente. Las tribunas se movieron como si se fuesen a caer. Ese fue el momento en que salió el conjunto verdiblanco a la cancha.

Pero un hecho marcó lo que iba a ser este partido. A los jugadores del Once Caldas, en el vestuario, se les vio nerviosos y en el momento en que abandonaron el túnel, los muchachos que orienta Javier Alvarez sintieron el impacto de ver ese estadio repleto hasta la banderas. Mientras se dirigían al centro del campo para saludar, el público los recibió con un estruendoso coro de pitos.

Eso produjo el impacto sicológico que esperaban los asistentes a esa fiesta futbolística que tuvo como gran protagonista a Víctor Bonilla y que encendió, como por arte de magia, la XLI Feria de Cali.

Más allá de lo que sucedió en la cancha, lo del público fue especial, porque se hizo sentir como nunca antes. Tal vez recordó lo del título de la temporada 95-96 cuando esta ciudad se desbordó como un río verde.

Había que estar ahí. Los hinchas caleños hicieron la ola, saltaron, improvisaron el tren, aplaudieron, silbaron, aplaudieron otra vez, se llevaron las manos a la cabeza en el momento que alguno de los jugadores del Cali falló ante el arco de Juan Carlos Henao.

Cuando Henao pidió el relevo, a los 13 minutos del complemento, le tocó irse escuchando el corito de uno, dos, tres, cuatro . Sí, le habían convertido cuatro goles.

Había que estar ahí. Después de finalizar el primer tiempo, en el pasillo del primer piso de occidental, cuatro muchachas pelearon por un joven. Las cuatro con camisetas del Cali se agarraron del pelo y una de ellas hasta cacheteó al implicado en la infidelidad. Los policías bachilleres, en el momento de intervenir, casi no pueden controlar a las ofendidas, mientras en el ambiente se podía escuchar verde, verde, verde y lógico, cada vez que se elevaba ese grito de batalla, la mano derecha iba arriba.

Había que estar ahí, señores, porque para celebrar los goles de Bonilla, los vendedores de comestibles, en occidental segundo piso, aparecieron vendiendo canecas de aguardiente a 15 mil pesos y luego de su consumo, la gente gritaba Bonilla, Bonilla, Bonilla ... Sí, había que estar ahí...