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TRADICIONES NAVIDEÑAS

Llega la Navidad y comienzan las celebraciones. Ya se han remitido las tarjetas, colgado las coronas y las guirnaldas, decorado el árbol y hasta se ha sacado tiempo para cantar villancicos con los vecinos. Todas estas costumbres festivas se remontan a tiempos remotos, pero a los victorianos se les debe la mayor parte del sentimentalismo y el respeto por las tradiciones de la Navidad. Ellos revivieron y reinventaron muchos de los ritos que más se aprecian hoy día.

18 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Coronas de Adviento En el primer domingo de Adviento --cuatro semanas antes de Navidad--, los victorianos colocaban una corona imperecedera con una vela roja sobre la mesa del comedor. Después, todos los días, se le añadía una estrella de papel que contenía un versículo de la Biblia, y cada domingo se encendía otra vela. La familia se reunía para prender las velas, leer los versículos, cantar villancicos y consumir delicias. Actualmente, las coronas de Adviento adornan las mesas y repisas, y la sencilla elegancia de la luz de las velas nos recuerda las verdaderas alegrías de la Navidad.

Tarjetas de Navidad Si usted piensa que es difícil firmar sus tarjetas de Navidad, ponerles estampillas y enviarlas por correo a tiempo, considere la antigua tradición de escribir cartas en lugar de tarjetas impresas.

Imagínese lo que sería para usted remitir una carta diferente a cada una de las personas que tiene en su lista para la ocasión. Hay que agradecerle a Sir Henry Cole la presente versión abreviada de saludos para la temporada. En 1843, Sir Henry, abrumado por el número de cartas de Navidad que estaba obligado a enviar, contrató a un ilustrador local para que le imprimiera mil tarjetas con su festivo saludo. Familia, amigos y relacionados se impresionaron con la innovación. Rápidamente, empezó a prosperar la nueva industria y hoy en día la tarjeta es la manera usual de enviar saludos de Navidad.

Arbol de Navidad Existen muchas leyendas sobre el primer árbol de Navidad. Una de las más antiguas habla de San Bonifacio, quien viajó a Alemania como misionero, en el siglo VIII. Se dice que allá encontró un roble sagrado que se usaba para sacrificios humanos. Valientemente, él cortó el árbol. Entonces ocurrió un milagro: Un joven abeto floreció entre las nudosas raíces del roble. San Bonifacio acogió el arbolito como símbolo de su fe cristiana.

Fue Martín Lutero, sin embargo, quien primero introdujo en la casa un abeto. Lo iluminó con velitas para recordarles a los niños la luz que Jesucristo trajo al mundo. Alrededor de 1830, inmigrantes alemanes, establecidos en Pensilvania, introdujeron la costumbre en Estados Unidos. Llevaban a sus casas árboles de pino recién cortados y los adornaban con cornucopias de brillantes colores, llenas de nueces, frutas y dulces, y con cáscaras de huevo y velas, que se pintaban con diversos colores.

La tradición del árbol de Navidad se popularizó cuando el príncipe Alberto, de ancestro alemán, y esposo de la reina Victoria de Inglaterra, instaló un árbol iluminado en el Castillo de Windsor, en 1841. El árbol, adornado con galletas, dulces y figuritas de vidrio, se convirtió en pieza central de las celebraciones de la familia real. El árbol de Navidad capturó la fantasía de los victorianos y rápidamente progresó en Inglaterra y América del Norte, pasando de costumbre folclórica, a moda, y de ahí a la actual tradición.

Confites y galletas de Navidad Los niños se acostaban apaciblemente en sus camas pero en sus cabezas danzaban los confites, dice Clement Moore en Visita de San Nicolás. Pero en qué soñaban exactamente? Al principio, los confites eran higos enteros, cocidos a fuego lento en almíbar de azúcar, hasta convertirse en fruta glaseada. Más tarde, los confites se volvieron caramelos exóticos, una combinación de frutas y nueces, que se elaboraba solamente en época navideña.

Los niños victorianos adoraban estas dulces golosinas, pero por excitación e interés, nada les ganaba a las crujientes galletas de navidad. Estos cilindros, festivamente envueltos, contenían dulces o sorpresas, como pequeños juguetes, juegos, sombreritos y bombas. Cuando se halaba de cada extremo, la galleta solía estallar, revelando su contenido. Inventadas por un pastelero londinense en 1840, las galletas sorpresa se hicieron famosas en las cenas navideñas y tradicionalmente se reventaban al final del plato principal, antes de servirse el pudín navideño. Estas son aún muy populares en Inglaterra.

Botas navideños La tradición de colgar calcetines de Navidad sobre las chimeneas, o cerca de ellas, pudo haberse originado en una leyenda que habla sobre dos hermanitas pobres. Ambas soñaban con casarse, pero su padre era demasiado pobre para pagar la dote. En una víspera de Navidad, o Nochebuena, las hermanas colgaron sus medias cerca del fuego para secarlas. Apareciéndose de pronto, el mismo San Nicolás lanzó algunas monedas de oro por la chimenea, las cuáles fueron a parar directamente entre las medias. El día de la Navidad, las hermanas descubrieron el dinero, suficiente para las dotes de las dos, y se regocijaron.

Los niños victorianos, confiando en la generosidad de San Nicolás, colgaban sus medias de navidad de la cabecera de sus camas. Los padres tenían una fórmula para introducir regalos en las botas, la cuál perdura: Algo para que coman, algo para que lean, algo con lo que jueguen y algo que necesiten. R. M.

Hojas de pino y muérdago Adornar los vestíbulos data de épocas pre-cristianas cuando en muchas partes del mundo se crecía que ciertas plantas tienen poderes mágicos. La gente colocaba ramas de hojas perenes en el interior de sus casas para calentarlas durante durante las oscuras noches de invierno . El acebo (una variedad de pino), la más representativa de las plantas de hojas perennes, se usaba para significar la vida eterna.

El muérdago era considerado planta altamente sagrada. Debido a que crece bastante a buena altura, viviendo entre robles, la gente antigua pensaba que el muérdago en noviembre recortándo de los árboles y recibiéndolo en sábanas, y recibiéndolo en sábanas, antes de que cayera al suelo. Luego se colgaba en portales de las casas para simbolizar paz y la hostilidad . También representaba fertilidad para los druidas quienes originaron la tradicción de besarse debajo de l muérdago. Em tiempos victorianos, se le daba la forma de una bola o se prendía con alambre a un marco para confeccionar un nicho para besarse. Cada vez que una pareja se besaba, se recogía uno de sus frutos rojos. Cuando las ramas quedaban peladas, la gente ya no podía besarse.