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RECONOCIMIENTO

El desmayo hace un par de días de la directora de la DIAN, Fanny Kertzman, nos hace reflexionar sobre la injusticia que cometemos a menudo con muchos servidores públicos.

04 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Al igual que la corajuda e inteligente Jefe de Impuestos, hay abundantes funcionarios públicos que ponen en peligro su salud en aras de servirle bien a su país. Además hacen importantes sacrificios económicos al dejar de lado posiciones con salarios jugosos en el sector privado, o abandonan sus lucrativos negocios particulares, para aportar sus conocimientos a una buena causa.

Estos profesionales altruistas trabajan mucho más en los cargos públicos que en sus anteriores ocupaciones privadas. Sus jornadas fácilmente exceden las doce horas diarias e incluyen varias horas más los fines de semana. Sus vacaciones son de apenas unos pocos días después de muchos meses de un agotador ritmo laboral. En breves lapsos de tiempo envejecen como si hubieran pasado varios años.

Sus familias sufren. Sus cónyuges e hijos pierden a un ser querido que por sus múltiples ocupaciones tiene poco tiempo para ellos. Y en las escasas horas libres es tal el agotamiento y las preocupaciones, que en la práctica es como si estuviera ausente.

Como si lo anterior fuera poco, están sometidos a un diario escrutinio en el cual se tejen todo tipo de especulaciones sin fundamento: que tal o cual está serruchando, que tal otro está haciendo política para aspirar al Concejo o al Senado, que el de más allá está colocando a toda su parentela y barra de amigos, etc. Por fortuna en la abrumadora mayoría de los casos esos rumores no son más que chismes malintencionados.

Arrecian contra ellos toda suerte de críticas superficiales. Tiene que desarrollar rápidamente una piel dura para aguantar toda clase de dardos injustos: que porque no hizo esto o aquello, que porque dijo una cosa o la otra, que porque nada funciona en la entidad a su cargo, que porque no ha solucionado tal o cual problema específico del crítico, etc. Es muy fácil acusar y censurar. Lo difícil es intentar domar el potro, medírsele a un oficio público que en bastantes ocasiones no es más que un quemadero.

Queremos hoy rendir homenaje a esos muchos profesionales dedicados, serios y honestos que contra viento y marea aportan ala construcción de una mejor sociedad para todos. Gracias por su patriótico esfuerzo.