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REFORMAS AGRIDULCES

El liberalismo acompañó al Gobierno en tres temas esenciales de su agenda: la reforma política, la reforma tributaria y los mecanismos legales para consolidar el camino hacia la paz. En los tres temas, los congresistas liberales hicieron propuestas y observaciones que permitieron enriquecer el texto de los proyectos, siempre con la premisa de que eran iniciativas útiles para las actuales necesidades del país.

23 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Precisamente por ello, ahora que ha terminado el presente período legislativo, es imposible dejar de registrar una cierta desazón con el procedimiento aplicado a los debates de las reformas, o desconocer el sabor agridulce que ha dejado su resultado final.

En primer lugar, se percibe una falta de articulación interna en el Gobierno Nacional. Para el tema del ajuste fiscal, que parecía ser la gran prioridad de esta primera etapa, el Ministro de Hacienda lidió, sin apoyo del equipo económico del Gobierno, con las distintas y numerosas propuestas de los congresistas, cada uno con su propia reforma tributaria en el bolsillo. Juan Camilo, solitario, tuvo que llevar sobre sus hombros el desgaste que para cualquier gobierno significa una reforma tributaria. Unicamente, en el último debate, en la plenaria del Senado, el Ministro alivió su agobio con la presencia de otros colegas de gabinete, que allí estuvieron motivados por el hecho de que se discutían temas del directo interés de sus carteras.

En cuanto a la reforma política, el apoyo del liberalismo a la necesidad de fortalecer los partidos y movimientos para acabar con las microempresas electorales y lograr la verdadera gobernabilidad del país no impide señalar la forma tortuosa con la cual se tramitó el proyecto, en medio del descontento de los sectores independientes. Todo lo cual llevó a la aprobación final de un texto bastante desarticulado. Se suprimió del proyecto el capítulo más importante, que era el relacionado con la organización de los partidos políticos, la forma de proveer las curules y la organización de las elecciones. Y, como si fuera poco, el artículo con el cual se intentó mantener vivo este capítulo, para que pudiera ser discutido en la segunda vuelta, desafía la mente jurídica más imaginativa, pues se redactó una norma constitucional que ordena a la propia Constitución reglamentar, más adelante, el asunto electoral.

A la reforma política le pasa lo mismo que a la mujer del César. No sólo debe ser honesta y buena, sino parecerlo. Al proyecto, cuyos aspectos positivos soy el primero en reconocer, le faltó pedagogía pública. Las discusiones parlamentarias a este respecto parecían no estar en sintonía con las aspiraciones de la sociedad, y por eso, en el resultado final, quedó la impresión de haber sido una reforma discutida a las carreras.

Ambas reformas, por último, dejan una impresión de incompletud , de que algo falta. En el tema fiscal, parece que el esfuerzo del Gobierno está orientado esencialmente a incrementar los ingresos del Estado, y a pesar de las facultades extraordinarias conferidas al Ejecutivo para suprimir entidades gubernamentales, nos hemos olvidado de la importancia que para solucionar el problema de las finanzas públicas tiene una reducción estructural del gasto público, que incluso tiene que pasar por modificaciones de tipo constitucional. Por el camino que actualmente recorremos, estaremos condenados ad aeternum al círculo vicioso de la espiral de reformas tributarias sucesivas.

Y en materia constitucional, tampoco parece razonable ir adelantando una reforma de la Carta a plazos. Ahora el tema electoral, más tarde el régimen económico, después el ordenamiento territorial, y algún día, cuando se pueda, la reestructuración de la justicia, parece ser el esquema implícito del Gobierno, esquema, que, por supuesto, no conviene a la estabilidad de nuestras instituciones, ni a la seguridad jurídica basada en la integridad de nuestra Constitución. A lo cual debe agregarse que ni en este tema ni en el del ajuste parece haber un esfuerzo de sincronización con el proceso de paz, que por estos días ha recibido un nuevo impulso.

Esperamos que la experiencia de este tramo legislativo no marque el estilo que va a imperar en lo que resta del Gobierno. Confiemos en que este no sea un mandato de ministros solitarios, cada uno rey en su jurisdicción, sin que haya un criterio armonizador o un ejercicio de definición de prioridades desde la Casa de Nariño. Pareciera que los ministros reciben instrucciones individuales, pero el Gobierno, como un todo, no traza pautas, ni articula actividades de conjunto.