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EL NIÑO PINTOR DE LA NAVIDAD

Una lección posnavideña

23 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

EDUARDO ARIAS Esta historia de Navidad es muy extraña, porque no sucedió en diciembre sino a finales de febrero y el protagonista no fue un niño que vio una estrella luminosa en el cielo o un anciano abandonado que recibió un regalo o un delincuente que se volvió bondadoso. El protagonista fue Tobi, el fox terrier de un vecino del barrio y compañero de colegio.

Doña Cilia, la mamá de mi amigo, y María del Carmen, su hija, paseaban a Tobi por las entonces muy tranquilas y floridas calles del barrio La Magdalena. Cuando pasaron frente a la casa de mis padres decidieron entrar a saludar a mi mamá. Ella, un tanto alienada por el espíritu navideño, aún no había desarmado el árbol que adornaba la entrada de un pequeño salón donde había un piano negro de pared y un escritorio Artecto.

Lo primero que hizo Tobi al entrar fue acercarse al pino, ya seco y marchito, levantar la pierna y desocupar su vejiga.

Los rostros rojos de vergenza de doña Cilia y María del Carmen iluminaron de nuevo el árbol y la risa estrepitosa de mi mamá le devolvieron la alegría navideña a aquella lúgubre sala de estar. Tobi, claro está, sabía que había hecho lo correcto: darle una lección a mi madre.

Lo triste del asunto es que aquella anécdota navideña ocurrió hacia 1970 y todavía hoy, casi 30 años después, en la casa de mis padres es normal encontrar pesebres y árboles navideños en Semana Santa, Pascua y Trinidad.

David, pintor de Navidad JIMMY ARIAS El día en que se encontró la cajita de colores entre un matorral, recordó el calorcito de la alegría subiéndole desde la barriga hasta explotarle en forma de lágrimas, .

En segundo grado, había jugado con algunos colores que le prestó la profesora, pero de eso ya hacía cuatro años. Ahora pintaba de todo en un pedacito de pared que usaba como mural detrás del baúl de la ropa: a su papá dormitando la borrachera entre un lujoso carro con alas color café; un bus ejecutivo gigantesco con las fauces abiertas persiguiendo a un niño muy parecido a él; Amelita, la vecina que hacía las veces de su madre y abuela, con el cabello rojo; y su maestra de segundo, de ojos verdes, sosteniéndole la mano y, tal vez, pronunciando: La eme con la a... .

Siempre había soñado con entrar en la pared y vivir el mundo que pintaba en ella. Era el sueño que se le repetía a menudo. Tan a menudo que a veces despertaba sin saber si estaba dentro o fuera.

Aunque ya había disfrutado la Navidad varias veces, la de este año prometía ser la mejor de todas. A lo mejor saldría con sus amigos a recorrer la ciudad o, de pronto, Amelita lo llevaba a visitar a la hija mayor de ella (para comer hasta reventar). Ya sabría que hacer. Cualquier cosa era preferible a encontrarse de frente con su papá, esa y cualquier otra noche. Aún tenía moretones de su último encuentro.

Para Amelita David era un niño muy sensible. Ella coleccionaba en cuadernos de pasta amarilla los dibujos que hacía en hojas de papel periódico, en servilletas o en todo lo que fuera pintable.

Va a ver, mija. Algún día Davicito será un artista le repetía a su hija.

Eso, mamá, tírese la plata comprándole cuadernos a ese chino le respondía.

Para la noche de Navidad, había juntado lo suficiente para comprarle una caja de crayones y dos pliegos de papel blanco.

Y qué le va a pedir al niño Dios? le preguntó al niño, entre los sorbos de un tinto a media tarde.

Mmmmm, como no tenemos plata, voy a pedirle un arbolito de Navidad gigante y un pesebre.

Y no es mejor pedir juguetes o ropa? No ve que sin arbolito no hay Navidad. Como desde que se murió mi mamá no lo vestimos, de pronto si hay árbol mi papá deja de tomar.

Pero mijo, si mañana es Navidad, Para qué árbol? Ya sé! Voy a pintar en las paredes un árbol bien grande con bolas de colores, guirnaldas, estrellitas y ángeles.

No pudo decirle nada, ni siquiera que al otro día volviera para recoger su regalo.

Gilma puso los buñuelos, Amanda el vino y las galletas y don Pablo, el dueño de casa, el pesebre. A las 8 empezaron a rezar la novena y a las 10 acabaron con el aguardiente y el vino.

David ni se apareció, como solía hacer todas las noches. Cuando Amelita corrió a buscarlo en su pieza, desde dentro solo respondió: Es una sorpresa, no voy a salir hasta que termine de pintar mi pesebre, el arbolito y los papás Noel! Mijo, salga. No ve que si daña las paredes después don Pablo los echa de la casa? Pues los borro cuando pase Navidad.

Esa noche, Amelita soñó con David paseando en un lujoso carro con alas color café, que recorría el centro bajo una lluvia de papeles de colores. A la madrugada la despertó un golpe seco, seguido por el llanto de un niño. Un llanto que ya conocía, solo que esta vez no hubo insultos contra el pequeño. Al contrario, hubo un largo silencio que se prolongó hasta el otro día en el sueño de la anciana.

La noche de Navidad llegó con sus luces de colores, sus villancicos, sus borrachitos, su pólvora en las calles, sus carreras de los niños, sus plegarias y su dosis de llanto. Amelita fue hasta la pieza de David a buscarlo, pero nunca respondió. Encontró el candado oxidado, ajustado a la puerta desvencijada y podrida, y nada más. Le gritó a la puerta, presintiendo que el niño estaba dentro, como solía encerrarlo su papá cuando discutían.

Pasó Esther, pero no lo había visto en todo el día. Pasó Doña Martha y tampoco. Pasó Camilito, su mejor amigo y nada. Cuando llegaron las siete de la noche, con varios aguardientes pudo convencer a Don Pablo de que forzara la puerta. De un martillazo, el candado cayó como una fruta podrida, pero dentro de la pieza no había más que oscuridad, humedad y el olor graso de los lápices de colores.

Amelita tiró de la cadena del único bombillo de la pieza, pero no encontró el cuerpo de David maltrecho en un rincón. Un gigantesco árbol de Navidad relucía en la pared de en frente, con bolas multiformes, de todos los colores, y adornos de todos los motivos imaginables, renos, estrellas, ángeles, guirnaldas, lucecitas...

En la pared de al lado, había un niño Dios medio deforme, de mirada tierna. A su lado, una Virgen de color verde y un San José rojo escarlata, con una barba que le llegaba hasta los pies. En la otra pared continuaba el pesebre con un pueblito poblado por ovejas de variados tamaños y superhéroes que volaban en dirección a una estrella sobre el pesebre de la otra pared.

Amelita buscó bajo la cama destartalada y detrás de las cajas donde guardaban las chucherías de la cocina, pero nada. Solo cuando movió el baúl de la ropa encontró la respuesta al misterio: pintado en la pared, en un carro con alas, se veía un niño igualito a David, al lado del papá, volando en dirección a la estrella que expandía su luz sobre el mural del pesebre.