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EL CARÁCTER DE LOS HOLANDESES

Al querer explicar lo que se entiende por carácter, como el conjunto de cualidades morales de un individuo o de una colectividad, aparece en el diccionario la siguiente definición: sedimento interno que dejan las experiencias pasadas. Una película holandesa de Marleen Gorris que obtuvo el Oscar hace dos años, Antonia, exponía con suficiente lirismo la voluntad férrea de una descendencia femenina o aquella firmeza moral de quienes en calidad de mujeres asumían por sí solas las decisiones asociadas con el ciclo de vida, maternidad y muerte. Porque allí la guerra había dejado destrucción y secuelas múltiples, abusos de autoridad y machismos reflejados en el orgullo de las madres solteras, fanatismo católico y rayos de locura mística, taras mentales y muchos discapacitados, que exigían ser tratados con tolerancia en el seno de los Países Bajos.

04 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Carácter, dirigida y escrita por el también holandés Mike Van Diem, explora la severidad del alguacil de Rotterdam, que le niega la paternidad a su hijo y, al actuar en nombre de la ley, no vacila en descargar contra él todo el peso de la justicia. En esa terrible confrontación de genes, antecedida por una madre herida y silenciosa que nunca cede frente a las peticiones matrimoniales del único hombre que reconoce haber amado en su vida, surgen dos perfiles antagónicos que, de una u otra manera, demuestran lo que es el talante o disposición de las personas: el rigor de quien es temido por cuanto personifica el poder, y la entereza ejemplar de aquel otro que es capaz de superarse por sí mismo en el cerrado mundo de los profesionales del derecho.

Oscar a la mejor película extranjera del año pasado, por haber sido exhibida comercialmente en los Estados Unidos y en una versión original distinta del inglés, Carácter logra transmitir la convicción de sus conflictos tanto morales como psicológicos y judiciales. No solo es el drama del bastardo que podría tratar cualquier telenovela del montón, sino que, en calidad de espectadores, presenciamos una rivalidad de sangre, que recuerda el medio popular de las novelas de Dickens, y la vocación del empleado de un bufete de abogados que estudia las normas penales en una enciclopedia y termina exitosamente su carrera. Es también la soberbia propia de quien no perdona las humillaciones de sus mayores y la prepotencia del que se siente intocable.

Su impecable factura fotográfica con una cámara en constante movimiento que se cierra sobre sus personajes, pero sin dejar de lado los planos generales que describen el entorno, se complementa con la equilibrada iluminación de atmósferas sombreadas y claroscuros expresionistas o contraluces de diversas tonalidades. Mientras que la música se hace aparatosa para efectos de resaltar las emociones y crear, de paso, un cierto grado de tensión entre los espectadores, la dirección de arte se traduce en una certera reconstrucción del ambiente comercial que rodeaba al puerto de Rotterdam en los años 20. Sus intérpretes le imprimen bastante relieve a esta cinta. Jan Decleir en el papel del viejo Dreverhaven y la revelación cuyo nombre es Fedja Van Huet (Katadreuffe)