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GOLPE DE ESTADIO

Hace solo unos días que en el campo de Pescaíto, en Santa Marta, un desprevenido futbolista halló un ajado escrito que narra la aparición de este deporte en una época muy anterior a la de los ingleses.

24 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

El primer torneo se escenificó cuando helenos y persas se enfrentaron en cinco cruciales partidos en patio de los primeros. Todo parece indicar que en ese entonces jugar de visitante o de local poco importaba.

En el 490 a. C., el equipo persa, bajo la dirección técnica de Darío, midió fuerzas en el estadio Olímpico de Maratón contra el Panathinaikos, cuyo estratega era Milcíades.

Lo único que los griegos conocían de su oponente era la versatilidad con que se movían en el campo. Eran hombres livianos que siempre iban en función de ataque, ahogando al rival y encerrándolo en su propia área para asestarle el golpe final.

Los griegos presentaron una táctica opuesta: esperar fue el secreto que Milcíades infundió en las charlas técnicas. Y era lógico que así fuera, porque todo el poderío heleno se basaba en la fuerza de los hoplitas, hombres hechos para apretar al rival y no darle respiro. Achiquemos espacios , sentenciaba Milcíades en tono fuerte.

Así nacieron las dos grandes escuelas del fútbol: la de la habilidad y la de la fuerza.

En el escenario de Maratón se preveía una amplia derrota de los griegos, pues los persas dominaban en casi todos los terrenos. Pero fue un dominio óptico. A pocos minutos del final de un apretado cero a cero, los helenos aprovecharon su mejor arma, el contragolpe, y anotaron el único gol del encuentro. La presión persa en los minutos finales de poco sirvió. Cabizbajos abandonaron el terreno de juego. El camerino griego vivía la algarabía del triunfo. Milcíades, con el rostro sonriente, atinó a decir: Muchachos, ellos pusieron el fútbol y nosotros los goles .

Mientras los helenos celebraban, Fidípides le dio nacimiento al periodismo deportivo. El documento no revela en qué medio trabajaba este cronista; solo dice que de Atenas lo enviaron a cubrir el primer juego de la historia. Fidípides corrió de Maratón a Atenas, más o menos 42 kilómetros, y al llegar soltó la chiva: Grecia ganó 1-0 en los últimos minutos , y cayó de bruces. Murió por el esfuerzo de la carrera. El libro encontrado en Pescaíto no volvió a hablar, en los futuros encuentros, de periodista alguno. Nadie se quiso comprometer con una profesión de tanto riesgo.

El juego que favoreció a los persas se celebró 10 años después. Fue la primera vez que un técnico se hizo jugador a la vez, pues el rey Jerjes así le decían se puso el brazalete que lo distinguió como capitán de su equipo.

Los griegos, dirigidos por el espartano Leónidas, convocaron jugadores de Esparta y Atenas. Al parecer por problemas internos, las provincias de Argos, Tebas y Tesalia no prestaron jugadores que hubiesen sido importantes para el seleccionado heleno.

En el Coliseo de las Puertas Calientes, ubicado en las Termópilas, se realizó el segundo choque. Pero antes del compromiso, Jerjes dio las instrucciones del caso: utilizar un plan de ataque con gente que tuviera facilidades de recuperación para contrarrestar el contragolpe. Vamos, vamos, hay que apretar , insistía Jerjes. Y todos salieron como fieras al terreno de juego.

Tal como sucedió 10 años atrás, el planteamiento fue el mismo, pero cuando todo hacía pensar en el empate, el griego Efialtes la metió en su propio arco. De aquí nació el concepto de autogol.

La celebración persa resultó exagerada. Miles de aficionados, en el paroxismo de la alegría, incendiaron Atenas. De esta forma comenzó para el fútbol la primera mancha del vandalismo que siglos más tarde siguieron con devoción ingleses y argentinos.

En el seno de la Asociación Griega de Fútbol (AGF) hubo crisis. Las críticas se encaminaron al juego ultraconservador que les quitaba posibilidades de dominio en el terreno. La AGF encargó a Temístocles en la dirección técnica. Los persas continuaron con Jerjes.

Dos meses después del triunfo de los persas, el estadio Olímpico de Salamina reunió de nuevo a los rivales. Grecia actuó con preceptos más modernos: juego abierto por los costados para llegar con los artilleros libres por el centro, cuando la zaga adversaria estuviese desguarnecida. La derrota fue amplia, pero el texto no precisa cómo quedó el marcador. Relata, sí, el lacónico reproche de Jerjes a sus dirigidos: El que no hace los goles, los ve hacer .

Así concluyó la carrera futbolística de Jerjes, quien desilusionado por la pérdida nombró al general Mardonio como entrenador. Los helenos parecían más adelantados: contrataron a Pausanias y crearon un nuevo cargo, el de asesor, que ocupó Arístides, El Justo.

En 479 a. C., en el Estadio de Platea, se jugó el cuarto encuentro por la supremacía futbolística Oriente-Occidente. Recuerda el relato que cuando las cargas estaban muy equilibradas, un aficionado heleno se acercó al banco persa y le lanzó a Mardonio un objeto puntiagudo que le provocó la muerte. Los orientales sufrieron el natural descontrol de quedar acéfalos, y de nuevo cayeron contra Grecia.

La delegación persa pidió a la Asociación Mundial de Fútbol (AMF) la Fifa de ahora que no valiese el resultado por la muerte de Mardonio. Sin embargo, su reclamo de nada sirvió, pues la AMF estaba integrada por estas dos únicas naciones, y cada una tenía representación del 50 por ciento.

Si la protesta de los persas fue tan grande, no se explica cómo los mismos seleccionados volvieron a enfrentarse en territorio griego, y más, si los orientales ya habían caído en cuenta de la desventaja de jugar en condición de visitantes.

Leotíquidas, un técnico al parecer no muy experto, le dio el triunfo definitivo a los helenos en el Estadio de Micala. La derrota persa fue tan estruendosa que en el texto ni siquiera aparece el nombre del estratega que los condujo.

En la narración no quedan claros muchos elementos. Por ejemplo, no se habla de las medidas del campo, o de si existía el área de las 16,50, o si aparecía dibujada la circunferencia central del terreno, o cuál era el peso del balón. Y lo más insólito: no menciona el término árbitro.

Pero por si quedan dudas, la palabra Fútbol aparece escrita en 113 ocasiones a lo largo del corto relato.

Y, claro, ya es mucha coincidencia que el hallazgo de esta reliquia del balompié haya ocurrido precisamente en Pescaíto, la cuna de Carlos Valderrama.