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TRES DICIEMBRES

Pasadas las navidades, no podemos dejar de pensar en el agotamiento que debe consumir a Papá Noel. Fueron jornadas sin descanso para el pobre anciano: visitas de casa en casa, de barrio en barrio, de ciudad en ciudad y de país en país. En el nuestro, lo vimos viajar de Barranquilla a Bogotá, de Bogotá a Tunja, de Tunja a Cali, y de todos estos lugares a lejanos pueblos y aldeas, para depositar sus regalos a millones de niños colombianos. Es como para acabar a cualquiera. Pero, para fortuna suya, el viejo Noel tiene la ayuda del Niño Dios, gracias a la cual su tarea no se alcanza a volver un martirio.

27 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

A propósito de esto, pensamos que diciembre no es uno sino tres: el mes de los que compran, el de los que venden y el de los que reciben. En todos están presentes Papá Noel y el buen Niño Dios, que, a pesar de su cortísima edad, algo coopera.

Esta época, aparentemente tan alegre, tiene ahora mucho más de agotadora. Antes reinaba la discreción y los niños se despertaban con los regalos debajo de su cama. Hoy se ha perdido mucho la tradición, sobre todo en las grandes ciudades.

Pasada la fiesta de la Nochebuena, nos preparamos para el Año Nuevo y la inminente llegada del año 2000, que despierta toda clase de pensamientos y cábalas sobre el tercer milenio. Aunque no creemos que vaya a pasar nada extraordinario, el solo hecho de iniciar otro milenio será algo interesante. En lo que resta para llegar a ese momento, es posible que sucedan cosas inesperadas y aun magníficas, pero la verdad es que viviremos tiempos similares a los anteriores. Habrá quienes gocen, quienes sufran y quienes reciban con intensidad, con pasión o hasta con rabia el nuevo año y después el milenio.

No es cosa común pasar de un siglo a otro y menos de un milenio a otro, pero aun así, las estrellas brillarán igual, el Sol y la Luna tendrán las mismas características y el ser humano poco va a cambiar. Lo que sí ocurrirá, seguramente, es que muchos se crearán expectativas sobre el año 2000 y otros incurrirán en los errores inevitables al tener que cambiar el 1998 por el 1999 y después por el 2000. La última cifra, sobre todo, nos va a exigir acostumbrarnos, pero tenemos casi 370 jornadas para hacernos a la idea de que vamos a llegar, si es que llegamos, al año 2000.

Con el milenio, los viejos se sentirán más viejos y los jóvenes, más jóvenes, pero en el fondo nada va a cambiar. La lucha entre el bien y el mal tendrá las mismas características. El anhelo de paz en todo el mundo, y sobre todo en Colombia, seguramente aumentará. Es un deseo que percibimos más que en otros años y compartimos casi con ferocidad, aunque parezca contradictorio, pues nuestra Colombia de verdad lo merece.