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OH CONFUSIÓN!

Verdadero asombro suscita el espectáculo de confusión mental a que estamos asistiendo a propósito del gravamen del dos por mil a las transacciones financieras. Tan sencillo como parecía, nadie con autoridad o sin ella parecer conocer exactamente sus alcances.

05 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Los cálculos sobre su probable rendimiento van desde los dos y medio billones hasta los ocho y aun los diez billones de pesos. El Gobierno mismo parece haberlo establecido sin cuantificarlo y sin precisar con absoluta exactitud las operaciones sobre sobre las cuales habría de recaer. Por decreto reglamentario ha debido formular aclaraciones, distinciones y excepciones.

Las interpretaciones sobre su contenido acusan extraordinaria diversidad de matiz y de fondo. El ministro de Hacienda, Juan Camilo Restrepo, no ha ocultado su simpatía académica por la iniciativa de perpetuarlo. A su juicio, de catedrático y funcionario, será el impuesto del siglo XXI. Más cauto y receloso, el senador Luis Guillermo Vélez, también experto en la materia, propone eliminarlo precautelativamente en cuanto su recaudo llegue a la meta de los dos y medio billones de pesos. No vaya a excederse demasiado su cuantía .

A su turno, el vice-ministro de Hacienda, Sergio Clavijo, apenas desempacado de Washington y quizá sin tiempo para coordinar ideas con su alter-ego y superior jerárquico, declara en el Congreso de Cafeteros, según versiones de prensa, que carecería de sentido continuar cobrándolo después de alcanzar dicha cifra. El desconocimiento de la magnitud de la carga tributaria lo lleva a aceptar la propuesta de abolirlo una vez cumplido su expreso objeto fiscal. Para qué más? Sin embargo, a la luz de las circunstancias y de las perspectivas de la economía nacional, no resulta indiferente el plazo para recaudar esa suma, simultáneamente con la de otras exacciones. Si el crecimiento económico el año próximo ha de oscilar entre el uno y medio y el uno por ciento de conformidad con los arúspices profesionales de dentro y fuera del país - por debajo del ritmo de aumento de la población y por tanto con menoscabo del ingreso por habitante - no resultaría prudente succionar a la actividad productiva semejante volumen dinerario en corto término y en su más crítica etapa recesiva.

A ciegas se da trazar de empezar a recorrer un camino minado. Todo el mundo habla a humo de pajas, sin detenerse a echar lápiz y papel, en medio del apogeo de los computadores. Ante tal incertidumbre, observemos la diferencia radical entre hacer el recaudo escalonadamente en un año o con rapidez vertiginosa en un trimestre. Para el caso, sería el primero, todavía con marasmo económico y sin vislumbrar la reanimación. Sobre hipótesis se discurre a falta de datos seguros, pero es menester que los haya para no exponerse a ingratas sorpresas. Como sería, por ejemplo, la de agudizar, a ciegas, las fuerzas recesivas.

Infortunadamente aquí muchos viven en babia.Con la cabeza a dos manos por el riesgo de inflación cuando la recesión avanza y se expresa en estancamiento y desempleo. Claro que, al contraer o estrangular la capacidad de compra, los precios deben ceder. Los instrumentos para lograrlo han sido la severa astringencia monetaria y las exorbitantes tasas de interés. Bien miradas las cosas, el costo ha sido excesivo para tan modesto beneficio, aunque de antemano se había advertido que el incremento de la desocupación laboral era mal necesario.

En verdad, la situación del país no se presta para agregarle nuevos motivos de confusión. En lo tributario no se limita, por desgracia, a la órbita del impuesto del dos por mil. Probablemente sin base ninguna , se ha atribuido a la idónea y experimentada ministra de Comercio Exterior, Marta Lucía Ramirez, la intención -mala intención - de proponer a los socios comerciales de Colombia una estúpida e impertinente baja de aranceles aduaneros. Ni más faltaba.

Cuando el país sobrelleva difícilmente un déficit enorme en la cuenta corriente de la balanza de pagos, a nadie sensato se le puede ocurrir la idea descabellada de estimular más las importaciones y la desdichada apertura hacia adentro. Por supuesto, no sobraría que la distinguida funcionaria rectificara categóricamente la especie a ella imputada. Absurda, miope y además inoportuna por plantearse, váyase a saber a nombre de quien, en víspera de las decisivas elecciones venezolanas.

A los funcionarios cabría pedirles coordinar sus acciones y palabras. En materia tan delicada, como la de la economía colombiana de nuestros días, no es admisible que cada uno tire para el lado de su gusto, actúe a la ligera o atice la confusión con sus criterios equívocos, enrevesados o ambiguos.

Paradigma de jurisconsultos Lo fue Carlos Holguín Holguín a lo largo de su vida meritísima. En lo nacional y en lo internacional sus conceptos merecieron siempre respeto y admiración por la densidad de su bagaje intelectual y jurídico y por la ecuanimidad característica de su pensamiento.

Era varón probo, de rigurosas disciplinas, brillante en la cátedra, de ingénito tacto diplomático, discursivo en los salones, sereno y acertado en los juicios, con don innato de consejo que mucho sirvió a su patria. Fue algo así como un canciller en la sombra y en permanente disponibilidad.

Con él desaparece uno de los grandes valores de Colombia y un contertulio de virtud inapreciable. Nunca fue avaro con sus conocimientos. Los transmitía y prodigaba coloquialmente, a manos llenas y en la forma más natural y sencilla, sin asomo de suficiencia o pedantería.

Tenía, como su hermano Andrés, alma de arista. La música clásica fue su gran aficción. Era de verlo y oirlo en los coros magistrales. Pero la suya era, sobre todo, alma de la toga al servicio de su patria y del Derecho. Ante su tumba nos inclinamos conmovidos y hacemos nuestro el duelo que a los suyos aflige.

Ciencia y tecnología Maloka, el centro interactivo de ciencia y tecnología, es un milagro. Se tiene la tentación de frotarse los ojos para ver si es verdad lo que se está viendo. Y si es aquí, en Bogotá, o es en el establecimiento análogo de La Villette en París. Un prodigio en todo caso, donde no todo se limita a observar el transcurso y las realizaciones de la civilización sino que se tiene la oportunidad de sentirlas, experimentarlas y, hasta cierto punto, vivirlas.

Artífices mayores de la obra, nuevo y auténtico orgullo Colombia, fueron los doctores Nohora Elisabeth Hoyos y Eduardo Posada Flórez, de garra y sapiencia impresionantes, a la cabeza de un puñado de científicos y arquitectos. No en vano éste último, en el discurso inaugural, destacó el aporte decisivo de Colciencias y pidió no incurrir en el trágico error de eliminarlo o desmembrarlo en aras de un mal entendido y disparatado ahorro fiscal. Si en algo hay que invertir, en la actual era del conocimiento, es, precisamente, en ciencia y tecnología