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CENTAURO DEL LLANO

Podía atrapar un caballo dormido. En las noches de llano, bajo la luna, contra el viento para que el animal salvaje no sintiera su olor, se aproximaba agazapado y en el breve sueño del caballo lo enlazaba. También de niño pescaba con arpón de noche en el río Arauca, iluminando la corriente con antorchas de hojas de bijao. Derribaba un torete de un zarpazo. Se crío libre como el viento del llano y jamás quiso ser peón y no aceptó nunca la ley de los ganaderos blancos ni las reglas de los hatos, que son la fuente suprema del poder en los llanos orientales de Colombia. Apenas adolescente se fue a vagabundear por las sabanas, a cachilapiar, y por entonces los hombres de su estirpe no preguntaban por los que habían llegado primero como dueños de aquellos animales. Hijo de Antonio Salcedo, boyacense, y de Tomasa Unda, llanera criolla, Guadalupe

06 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Salcedo nació en un fundo y tenía parentela por todo el llano. Era alto, de ojos oscuros, piel morena, cabello ensortijado y tenía la perturbadora belleza de los hombres moros.

Fue poco a la escuela pero alcanzó a tener buena letra, y después de varios años de errar por las sabanas del Casanare y Arauca, por las vegas del Cravo y del Meta, le aplicaron la misma astucia que él ejercía con los caballos: lo cogieron dormido, lo metieron a un camión y lo mandaron para la cárcel de Villavicencio. La sublevación de la base militar de Apiay en 1949 abrió las puertas de la cárcel y Guadalupe Salcedo no volvió a la llanería sino a las armas. Tras evadir cercos y emboscadas, se enroló con Eliseo Velásquez, un aserrador que se había alzado con cien hombres en las vegas del Meta, y empezó la leyenda de Guadalupe, el centauro de los llanos. Hijo del azar, libre y rebelde de nacimiento, lo nombran jefe supremo de las guerrillas liberales de los llanos y a caballo se enfrenta a los soldados y aviones del gobierno, su nombre inspira valor, miedo y joropos y fue como si Pancho Villa y sus dorados hubieran resucitado en los vastos llanos de Colombia. Sus hombres y su leyenda comienzan a crecer, hato tras hato, asalto tras asalto, y las canciones y el viento llevan la noticia de una revolución en marcha que se extiende por todo el llano. Cuando la lucha partidista asolaba el país, cuando la violencia desangraba a Colombia, Guadalupe y sus hombres abren un vasto espacio de libertad liberal, en una insurrección que es comandada en lo ideológico por el antioqueño José Alvear Restrepo y que tiene como Jefe de Estado Mayor a Eduardo Franco Isaza, el único de los jefes de aquella insurrección que aún vive y quien escribiera el clásico de esta gesta, titulado Las guerrillas del llano.

Cuatro años combatió Guadalupe. Alcanzó a comandar a más de cinco mil hombres.

Después del golpe de Estado del general Rojas Pinilla contra Laureano Gómez, se pacta la paz. El encuentro entre el general y el guerrillero se produce en Tame. Rojas Pinilla se baja del avión, pero Guadalupe no se baja de su caballo. Después, sobre el horizonte del llano serpentea la larga fila de guerrilleros que se aprestan a entregar las armas. Guadalupe altivo, cenceño, bigotes, chaqueta guerrera, polainas, chacó azul, entrega su fusil y parecía que en ese momento terminaba para siempre en Colombia la lucha de los hombres alzados en armas y que solo quedaban los sonoros nombres de aquellos hombres bravos, como Eliseo Velásquez, los hermanos Fonseca, los hermanos Bautista, Dumar Aljure, el pote Rodríguez, González Olmos y Eduardo Franco Isaza. Y el jefe de todos, Guadalupe. Pero pasarían pocos años hasta cuando Guadalupe Viene a Bogotá para recibir un homenaje que le ofreció el dirigente liberal Juan Lozano. Le compran un vestido de paño para llevarlo al norte de la ciudad. Pero una noche en el sur lo emboscan y, fuera de su llano, extraño en la ciudad, la policía lo acribilla a balazos. Más de cinco mil personas asisten a su entierro.

Murió el hombre y empezó el mito. Guadalupe expresa la aventura vital del colombiano raso, mestizo y rebelde. El campesino con raza, pobre, libre y valiente. El colombiano que siempre se rebela, desde la Conquista, en la Independencia, durante las guerras civiles, en los azarosos tiempos de este siglo que termina en guerra, como terminó hace cien años otro. Intentó tardíamente, casi medio siglo tarde, una insurrección que le faltó a Colombia y que pudo haber barajado mejor el destino nacional de nuestro tiempo: una revolución como la mejicana. Tuvo el arrojo de Villa y el amor a la justicia en la tierra del gran Emiliano Zapata. Como ambos, cabalgó en armas y sueños por vastos llanos bajo soles de sangre. Cayó traicionado, como ellos. Y sobre su tumba sencilla, se levanta la dolorosa verdad de la historia latinoamericana y sobre todo colombiana: las luchas parecen ser siempre irreconciliables y jamás terminan en los papeles oficiales de la paz. Y para los rebeldes no hay un espacio político y tampoco les es dado la oportunidad de morir de viejos. El valor de Guadalupe aún es una leyenda en los llanos.

HIJO DEL AZAR JOSE GUADALUPE SALCEDO UNDA nació en Surimena (Casanare) en 1922 y fu asesinado en Bogotá el 6 de junio de 1957. Ex cabo, luchó entre 1950 y 1953 contra el ejército como comandante de las fuerzas revolucionarias de los Llanos que llegaron a sumar 20 mil efectivos y contaron con jefes como Jorge González Olmos, Dumar Aljure y Rafael Parra. En 1953 entregó las armas en el cuartel de Monterrey, sede principal de sus operaciones ante el general Alfredo Duarte Blum, ministro de Guerra. Luego de su rendición, trabajó un hato y se convirtió en jefe de los Llanos colaborando en su pacificación.