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EL PRIVILEGIO DE OPINAR

De vez en cuando me da como ahora por escribir sobre lo que escribo. Sobre el porqué y el cómo y el para qué de lo que uno hace. Sobre mi función como columnista, en otras palabras.

06 de diciembre 1998 , 12:00 a.m.

Me parece que, de cuando en vez, uno debe compartir con los lectores ciertos sentimientos e inquietudes. Que tienen que ver con la duda o la certeza; la angustia o la arrogancia; la inseguridad o la responsabilidad que entraña el compromiso de escribir para el público.

Porque la pretensión de opinar, juzgar, orientar o analizar para los demás, desde un medio masivo de información, debe tener alguna validación en la lectura que ese público hace de lo que uno escribe. En la forma como lo entienda, acepte o rechace.

Ya en anteriores ocasiones me ha dado por reflexionar de cara al lector sobre lo que significa ser periodista y el sentido de lo que escribo en la Colombia que nos tocó vivir.

La inquietud me renació esta semana cuando me propuse escribir sobre los cinco años de la muerte de Pablo Escobar y, en lugar del frío análisis que me había propuesto sobre cómo había evolucionado el narcotráfico tras la desaparición del legendario capo del narcoterrorismo, terminé recordando experiencias personales de esa época aciaga, y tratando de evaluar cómo las había asumido como comentarista.

Pienso que este oficio exige hacerse estas reflexiones periódicas. Sobre todo cuando, en un país como el nuéstro, los supuestos orientadores de la opinión; los que presumimos de intérpretes de lo que pasa, enfrentamos una realidad tan alucinante y desafiante. Por lo que tiene de violenta, trágica y repetitiva. Por lo que dijo Albert Camus (a quien alguien citó a propósito estos días), sobre las sociedades donde hasta la tragedia se vuelve monótona .

La soledad del periodista se llamaba una carreta que escribí aquí hace más de diez años sobre esa sensación de vacío, de náusea, de impotencia, que produce el saberse desbordado por una realidad que nos revienta por todos lados a un ritmo aterrador, de hechos tan vertiginosos como atroces, que no da respiro, ni tiempo para el análisis reposado, y que termina por volverse inasible.

Realidad que se presta para practicar cualquier clase de periodismo. Que puede oscilar entre el análisis maniqueo sobre los buenos y los malos y el obsesivo y competitivo registro cotidiano de todo lo que parezca autodestructivo, sensacional o morboso. Y que tiene que ver con el llamado que hizo esta semana el presidente Pastrana a los medios para que estuvieran a la altura de lo que el país espera de ellos en este nuevo proceso de paz que su Gobierno ha iniciado. Pero este es otro tema.

Quería hablar de los dilemas y gajes de este oficio que tienen que ver con la forma como la gente entiende o asimila lo que uno escribe. La lectura que hacen, que no siempre es la esperada.

Cada vez me convenzo más de que una columna de opinión, además de fijar posición , debe ofrecer elementos de juicio diversos. Datos, antecedentes, contextos, que amplíen, enriquezcan o inclusive contradigan la postura personal de quien escribe.

Y esto suele provocar equívocos, confusiones o francos reproches en aquellos lectores que prefieren enfoques más monolíticos. Lo que escribí días pasados sobre la detención de Pinochet es un ejemplo que me pareció significativo.

Fuera de exaltar la decisión del tribunal británico como un avance sin precedentes en la defensa de los derechos humanos, y una advertencia a todos los dictadores y genocidas, comenté que muchos gobiernos del Tercer Mundo ven esto como un neocolonialismo humanitario , que las naciones ricas pretenden imponerles a las más pobres.

Al otro día recibí por lo menos diez mensajes que me criticaban por ambiguo y hasta por solapado pinochetismo . Estos últimos provenían de gente de izquierda que por lo visto no sabe, o no considera relevante, que a todos los regímenes marxistas que aún quedan (Cuba, China, etc.) les parece arbitrario y peligroso lo sucedido con Pinochet.

Gajes del oficio. Que me puedan considerar pinochetista. Otros gajes son las citas fuera de contexto. Me sucedió hace poco con mi vecino columnista de la derecha, D Artagnan, a propósito de una columna sobre el prematuro desgaste de la popularidad de Pastrana, y de la cual el pugnaz mosquetero samperista extractó un párrafo que le sirvió para decir que yo me había convertido en poco menos que en un perturbador de las instituciones. Habráse visto. Me quedo en lo de pinochetista.

Escribí que había personas que comentaban que el peor legado del samperismo había sido Andrés Pastrana, que no fue elegido por sus condiciones de estadista, sino por sentimiento antisamperista. El contexto de la columna era que le correspondía al Presidente demostrar lo contrario, y que daba grima ver a tanto beneficiario del antiguo régimen deleitándose con las dificultades que heredó este Gobierno.

La interesada ( sería ingenua?) lectura de D Artagnan, apoyada en ese solo párrafo, fue que quienes habían ayudado a elegir a Pastrana lo estaban abandonando, y que esto resultaba poco menos que escandaloso.

Cada cual lee lo que quiere, o le conviene. Pero quienes no creen que el periodismo deba mantener siempre distancia crítica frente al poder; quienes lo conciben como ávida obsecuencia frente a los gobiernos de turno, difícilmente pueden entender lo que significa el compromiso con el lector. Ni el privilegio de poder opinar. Ni la libertad e independencia que todo esto supone. Gajes del oficio