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Había otras razones La renuncia del papa: ¿una oportunidad de cambio?

27 de febrero 2013 , 12:00 a.m.

Quizás no sea muy difícil adivinar mis principales argumentos para no llorar por la renuncia ya tan comentada del papa Benedicto XVI.

Nací en una familia católica, fui bautizada y confirmada y más tarde me enamoré del cristianismo primitivo, de este cristianismo de los evangelios, de esta religión de amor que un hombre singular llamado Jesús de Nazaret trató de construir y que los poderes de una Iglesia se empeñaron en destruir. Y, por supuesto, lo que me alejó definitivamente de la Iglesia y de los mandamientos del Vaticano no es lo predicado por Jesús, es lo edificado por la jerarquía de una iglesia potente, poderosa y misógina y, en general, opuesta al reconocimiento de la diversidad y de los derechos y las libertades de todas y de todos.

Y sabiendo cuál es mi oficio en este mundo, es fácil entender que no puedo llorar por la renuncia de este papa. Claro, me hubiera gustado escuchar que Benedicto XVI renunciaba no por cansancio y falta de energía, sino porque no quería seguir siendo cómplice del malestar de una Iglesia que no logra adaptarse a las necesidades del mundo actual; me hubiera encantado saber que no quería seguir siendo cómplice de la crisis del Estado vaticano, habitado por intereses y juegos de poder de cardenales y áulicos, de la parálisis de un pensamiento teológico de avanzada y de la negativa a los nuevos estilos de vida en la lógica del Jesús de los evangelios.

Ojalá sus razones para renunciar hubieran sido estas, es decir, las de una toma de conciencia ante la imposibilidad de hacer frente a una honda crisis de la Iglesia. En fin, una renuncia decente a los ojos de las y los que seguimos creyendo en otros mundos posibles dentro o fuera de esta institución. Desde la mirada de las mujeres, creemos que hoy carece de sentido una Iglesia que sigue negando la anticoncepción, el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos, su sexualidad y su intimidad; una Iglesia que niega la autoridad femenina y los nombramientos de mujeres en la jerarquía eclesiástica con argumentos que ya nadie puede compartir y aceptar; una Iglesia que no se pronuncia, o lo hace tan tímidamente, sobre el feminicidio, la pederastia, los abusos sexuales y los millones de mujeres violadas al año en el mundo; una Iglesia que, con argumentos insostenibles científicamente, rechaza el uso del condón, único método para proteger a las mujeres y los hombres de infecciones de transmisión sexual, y una Iglesia que no admite el matrimonio para todos y todas. El papa hubiera podido argumentar que sentía inadmisible una Iglesia que, en contravía de sus ideales primigenios de justicia social, produce tan tímidos textos cuando los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres, y da cabida a cuestionables manejos de sus finanzas en el Banco Vaticano.

Sí, existían muy buenas razones para renunciar. Pero no son precisamente las que menciona Benedicto XVI. Y no, no lloraré por su renuncia. Solo hago votos para que esta renuncia se pueda convertir en una oportunidad de cambio. * Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad .

Florence Thomas*