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Un museo que nació a pulso MamBo

27 de febrero 2013 , 12:00 a.m.

Melissa Serrato Ramírez Cultura y Entretenimiento El 31 de octubre de 1963, con la crítica argentina Marta Traba como directora, el Museo de Arte Moderno de Bogotá nació a la actividad pública con la exposición Tumbas, de Juan Antonio Roda. Desde 1955, la institución se había constituido en el papel, pero no había iniciado actividades por falta de sede. Traba estuvo siempre empeñada en que Colombia no solo tuviera un museo, sino una crítica de arte independiente y certera sobre el arte moderno, pues consideraba que América Latina era un "continente de apologistas, no de críticos"*. Ella misma la ejerció, por muchos años, apasionadamente. Solo hay que recordar el recio debate que tuvo en 1969 con el prestigioso educador Agustín Nieto Caballero, quien sostenía que Picasso era un estafador y que cualquier niño podía hacer sus cuadros. Con esas convicciones, Traba dirigió y encaminó el Museo de Arte Moderno durante sus seis primeros años, en una época de oro en la que en Colombia, según ella, "se produjo el salto de un arte que atendía a los requerimientos locales a un arte que funcionaba mucho más en consonancia con otros países". "Marta sacó el arte colombiano del siglo XIX y lo insertó en el XX", sostiene el crítico de arte Eduardo Serrano, quien más tarde se convertiría en el curador del Museo. Los años probaron que han sido grandes los artistas que se exponían en la sala provisional del Museo, en la carrera 7 con calle 23 y en la Biblioteca Luis Ángel Arango, espacios que permitieron hacer posibles las muestras de Szyszlo (Perú), Soto (Venezuela), Cruz-Diez (Venezuela) y de los colombianos: Botero, Wiedemann, Ramírez Villamizar, Feliza Bursztyn, Beatriz González, Alejandro Obregón y Enrique Grau, entre otros.

De aquí para allá En 1965, el Museo aceptó el ofrecimiento de la Universidad Nacional para instalarse allí. Llevó a cabo el primer Salón Universitario y muestras de colombianos como Carlos Rojas, Bernardo Salcedo, Luis Caballero, Álvaro Barrios, Ana Mercedes Hoyos y Édgar Negret. Pero pronto el Museo estuvo en el ojo del huracán.

En 1967, Marta Traba fue expulsada del país por el presidente Carlos Lleras, debido a que protestó por la presencia del Ejército en la Universidad. Y aunque apeló la decisión y ganó, decidió renunciar a la dirección. El artista Alejandro Obregón fue por un tiempo su sucesor. Traba abrió una galería en Bogotá con su nombre y volvió pronto al Museo, aunque no por mucho tiempo. En 1969, hizo una exposición con los artistas que había rechazado el Salón Nacional y así se produjo la ruptura con la Universidad. Luego de lo cual la junta directiva le ofreció la dirección a Gloria Zea. "Fue Marta la que me dijo -recuerda Zea-. Ella había sido mi profesora, porque se suponía que yo iba a ser pintora y un día me invitó a almorzar en el Hotel Continental y me dijo: 'Me casé con Ángel Rama y me voy de Colombia; entonces, tú eres la nueva directora del Museo' ". Zea cuenta que ni siquiera sabía qué era el Museo y Traba le explicó y le entregó una cajita de cartón donde estaban los documentos legales, los catálogos de las exposiciones y una lista de 80 cuadros, que eran la colección permanente del Museo y que todavía estaban en la sede de la Universidad Nacional. Recién entrada, hubo una pedrea en la Universidad, resultaron rotos los vidrios del Museo y las obras quedaron en peligro. Zea se fue al museo con Andrés Uribe, su esposo en ese momento, y su hijastro, también llamado Andrés.

"Andrés (hijo) se hizo en la parte de afuera del edificio y le botamos, literalmente, todos los cuadros y las esculturas desde las ventanas, y nos las llevamos en un taxi". Por esos días, Bavaria había construido su edificio de la calle 26 y Zea sacó una cita con su presidente, Carlos J. Echavarría, para que le prestara gratis un espacio. Con tan buena suerte que, antes de entrar a hablar con él, se encontró con Bernardo Hoyos, por entonces el gerente de relaciones públicas de Bavaria, y él se encargó de convencer a Echavarría. Así fue como Zea, que era miembro del International Council del Museo de Arte Moderno de Nueva York, inauguró esa sede con una exposición del escultor estadounidense Alexander Calder. Allí también se vieron El aniversario, de Marc Chagall, y Tres mujeres en la fuente, de Picasso. La joya de la corona fue la condecoración a Obregón y a Negret con la Orden de San Carlos. "Esa cercanía de Gloria con los museos de Nueva York le permitió traer a Colombia exposiciones maravillosas: De Kooning, Dubuffet, Picasso, Bacon, Giacometti, Warhol, Camnitzer, Matta y muchos de los grandes nombres del arte moderno; sobre todo en los setenta y ochenta, cuando había posibilidades económicas", asegura Serrano, quien ejerció como curador del Museo durante 20 años. Él no olvida la forma como se incorporó al Museo, pues "fue el comienzo de una época feliz y de enorme aprendizaje, pero que comenzó con pelea -según él-. Yo hacía crítica de arte en EL TIEMPO y escribí un texto muy duro contra Gloria por una exposición de arte colombiano que llevó a Argentina y que a mí no me pareció ecuánime. Luego, me la encontré en una fiesta y me dijo: 'Mira, yo estoy para quedarme y tú también; entonces, en vez de estar peleando conmigo, vente a trabajar al Museo y escoge el cargo que quieras' ".

Serrano, que había estudiado en Nueva York, se fue al Museo de Arte Moderno como curador; aunque al comienzo la gente no entendía muy bien qué era eso y le ponían en las tarjetas de invitación 'Eduardo Serrano Curador y señora', porque creían que curador era su segundo apellido. "Lo importante -dice- fue que desde ahí se dividió lo administrativo de lo artístico". Para el 71, el Museo tuvo que trasladarse de nuevo, porque ya estaba por vencerse el acuerdo con Bavaria y Zea ya estaba próxima a recibir la exposición del francés Auguste Rodin. Acababan de construir el Planetario y el espacio redondo (donde hasta el año antepasado funcionó la Galería Santa Fe y el Premio Luis Caballero) estaba destinado a ser la cafetería y no la habían dotado. "Me pareció perfecto para el Museo -comenta Zea-; entonces busqué a María Eugenia de Moreno Díaz -yo sabía que ella pensaba que esto era para la alta sociedad- y le hice la cacería hasta que me enteré de que un viernes iba a estar comiendo en la casa de alguien a quien yo conocía. La llamé a las once de la noche y pasó al teléfono. Le dije que solo le pedía que fuera al otro día a ver el Museo y que tomara la decisión. Esa misma tarde me llamó y me dijo que el espacio era mío". Una vez más, Zea tuvo que abandonar el Planetario y esta vez decidió buscar un lugar propio para construir una sede definitiva; lo hizo en compañía del arquitecto Rogelio Salmona y lograron que el Ministerio de Obras Públicas les diera un espacio que era más una pequeña franja que un lote; entonces, sin pudores, invadieron la calle y años después Zea legalizó el terreno. Hicieron primero dos pisos con el diseño de Salmona y los inauguraron en el 79, pero ya no tenían de dónde más sacar plata para terminar los pisos de arriba.

Entonces, recurrió al presidente de esa época, Belisario Betancur, y para asegurarse de que su petición fuera escuchada, dijo durante su discurso de inauguración del último Salón Atenas (ver recuadro), que necesitaba recursos para que el edificio quedara completo. Unos días después, sonó el teléfono de su casa a las 4 y 30 de la mañana. Era el Presidente para decirle que las cuatro corporaciones de ahorro y vivienda de la Nación le iban a prestar cada una 10 millones, justo lo que ella había pedido. Así, en diciembre de 1985 se abrió al público la segunda etapa del Museo, con 5.500 metros cuadrados, y la exposición 100 años de arte colombiano, 1886-1986, que comisionó Betancur para conmemorar el centenario de la pasada Constitución política de Colombia. Desde entonces han sido numerosos los artistas y muy variadas las exposiciones que han pasado por el MamBo, desde El arte del surrealismo, con obras de Breton, Dalí y Man Ray, hasta una exhibición que rescató obras perdidas del bogotano Andrés de Santamaría, pasando por la polémica Moda Latinoamericana Barbie. Han sido cincuenta años en los que de 80 obras se pasó a 4.300 de colección permanente y que permitieron mirar, presentar, lanzar y difundir al mundo lo que estaba sucediendo artísticamente en el país.

En otras palabras, este museo abrió las puertas para que, por ejemplo, a Picasso se le dejara de considerar en el país como 'un estafador' y se entendiera más bien que es uno los artistas más relevantes e influyentes del siglo XX.

* Tomado de 'Entrevista atemporal', del libro 'Marta Traba', en el que Beatriz González seleccionó preguntas y respuestas de reportajes diversos que concedió la crítica argentina.