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Un postre amargo

02 de febrero 2013 , 12:00 a.m.

Reportero ciudadano La inseguridad en la ciudad está alcanzando niveles realmente preocupantes. Un domingo, hacia las 2 p.m., en la carrera 50 entre calles 63 y 68, reconocida no solo por la presencia de la Plaza de los Artesanos y el Museo de los Niños, sino por ser una zona de venta de postres, fui víctima de un intento de atraco en plena vía. Tras parquear en esa avenida doble, sentido norte, la cual los fines de semana es bastante congestionada por la gran cantidad de personas que acuden al lugar para comprar un postre, nos bajamos con mi familia. Mi suegra y cuñada se quedaron con los niños en un pequeño parque, que da contra la vía, mientras fui con mi esposa y mi concuñado a comprar los dulces. De regreso, y mientras vi a mi hija correr hacia mí, sentí un fuerte abrazo por la espalda, seguido de un forcejeo e insultos de un muchacho que, agarrado del cuello de mi camiseta, intentaba arrancarme una cadena de oro que tengo hace muchos años. Fueron pocos segundos, pues, tras romperme la camiseta y sacudirme, el muchacho corrió hacia una moto que lo esperaba y huyó, eso sí, sin quitarnos nunca la mirada de encima. Supongo que para asegurarse de que nadie lo persiguiera. No logró llevarse la cadena. Mi mayor temor en esos segundos era que el tipo estuviera armado. Al otro lado de la avenida, en el sentido sur, vi una patrulla de la Policía parqueada y a los pocos minutos pasaron varios policías motorizados, pero no les dijimos nada. Poco había que hacer ya. Sin ánimo de estigmatizar, creo que las personas que se ofrecen a cuidar los carros hacen parte de la banda. Al subirme a mi carro, el tipo que cuidaba se me acercó a hablarme y por instinto sólo atiné a cerrarle la puerta en la cara. Lo vi irse hacia atrás, reírse con otro compañero y, al girar para regresar por la vía al norte, lo vi haciéndome muecas: se jalaba una cadena del cuello y me señalaba, mientras reía.

Asusta que la temeridad de los delincuentes haya sobrepasado los límites. Es evidente que estamos en una ciudad en la que no debemos 'dar papaya' y sí tener siempre presente que la violencia y la delincuencia callejera hace rato desbordaron a las autoridades. Y que sea un llamado a los comerciantes del lugar. Si no se organizan con ayuda de la Policía, van a terminar sin clientes por culpa de una zona estigmatizada por la presencia de atracadores a plena luz del día. Yo, por mi parte, no volveré nunca a ese sitio.