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EL MUSEO DE LA CULTURA ZENÚ DE TIERRALTA

En Tierralta, alto Sinú, vivió el sacerdote jesuita Sergio Restrepo Jaramillo. Allá, en esa modesta parroquia, a 75 kilómetros de Montería, permaneció por más de 10 años, ejerciendo su abnegada labor apostólica, la que alternaba con la búsqueda y adquisición de piezas arqueológicas que sirvieron, después, para organizar el museo arqueológico más variado y completo de la Costa Atlántica: El Museo de la Cultura Zenú de Tierralta .

25 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Al escuchar este nombre --Tierralta-- cualquiera piensa de inmediato en: guerrilla y paramilitares. Porque nadie puede imaginarse, desde luego, que en una de las regiones más olvidadas y azotadas por la violencia, el sicariato, el secuestro y el boleteo, un colombiano laborioso y fanático de la arqueología, hubiese logrado formar, pieza a pieza, con desbordado entusiasmo, una obra importantísima que día a día abre sus puertas a los estudiosos de nuestra historia precolombina y a las nuevas generaciones de antropólogos colombianos que han llegado a Tierralta a estudiar en sus siete mil piezas arqueológicas la historia, las costumbres y la forma de vida de este pueblo indígena que habitara la cuenca hidrográfica del Sinú y parte del San Jorge.

En una de mis tantas visitas a Tierralta --para mejor entender el propósito de este artículo-- dialogué con el padre Sergio de muchas cosas: de guacas, de indios, de leyendas, de milenarias vasijas de barro, de Fray Pedro Simón y de otros cronistas de Indias, del matriarcado de los indios de Betancí, de la negligencia oficial por estas cosas que dicen relación a toda manifestación cultural, de la increíble hazaña del guaquero Gumersindo Montoya al descubrir la sepultura del diablo o Pirú de Maracayo, en Betancí; de la infatigable labor de un guaquero solitario, Rafael Negrete, quien diariamente desentierra piezas arqueológicas en Maracayo, muchas de las cuales o casi todas se hallan exhibidas en el Museo de Tierralta.

Le referí la historia del famoso Pirú de Maracayo, tal como me la narrara el propio Gumersindo Montoya y los habitantes de la región; de los cementerios indígenas allí localizados: Maracayo, Junquillo, Flamenco; de las centenares de sepulturas indígenas violadas y saqueadas por avariciosos guaqueros que, sin darse cuenta del mal que hacían, destruían riquezas arqueológicas inapreciables de la cultura Zenú. Le hablé, asimismo, de los pioneros de la arqueología rudimentaria en el Sinú: Victoriano Valencia, Josías Puche, Fernando Doval, Laureano Forero, Javier Arango Ferrer y otros, quienes se interesaron por rescatar de la ignorancia y de la destrucción algunas piezas de indudable valor arqueológico.

El primero de estos aficionados, Victoriano Valencia, organizó en Montería un pequeño museo que luego donó al museo de Cartagena porque el Sinú pertenecía en ese entonces al departamento de Bolívar.

El padre Sergio, a su vez, me contó de su infatigable labor para sacar adelante la idea del museo; de sus viajes repetidos a Betancí y al Cabrero, otro sitio arqueológico, cercano a Tierralta. Me contó satisfecho lo que hacía por el museo, con esa alegría y placer del hombre enamorado de su trabajo y de su esfuerzo. Me habló con conocimiento de la cerámica Sinú, en la cual los zenúes fueron consumados artífices. Me dijo del apoyo invaluable de los expertos del Instituto Colombiano de Antropología, al facilitar su valioso aporte en la clasificación de las siete mil piezas del museo.

Se detenía en cada objeto diciéndome de dónde era y cuándo lo había conseguido. Me mostraba piezas admirables de Betancí, del Cabrero, de Momil. del San Jorge, de Chinú y paso a paso me narraba la historia de aquellos cementerios o sepulcros de donde fueron extraídas. Se detenía en los estantes, repletos de figuras y de vasijas, y me iba repitiendo, con paciencia y sabiduría, los nombres de cada una de esas piezas: las urnas funerarias, los fotutos de hueso, los sellos o pintaderas, una coladora, piedras de moler, husos de barro, pebeteros y hasta una rana (cerámica maciza) que el padre Sergio había adoptado como el símbolo o la mascota del museo. En fin, miles de objetos más que para valorarlos es necesario ir a Tierralta para poder admirarlos mejor.

Lástima que esta obra de carácter cultural y científico haya quedado trunca, por la absurda e inesperada muerte violenta de este sacerdote jesuita, cuyo nombre debería llevar el Museo Arqueológico de Tierralta.