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UNA PLEGARIA PARA JIMMY GARCÍA...

Tengo 39 años y conozco íntimamente a los boxeadores desde hace 30. El íntimo conocimiento quiere decir que nací cerca de ellos. Fui amigo, compañero, camarada, manejador, cómplice, consejero, entrenador, sparring, rival, crítico y juez.

17 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Hoy reflexiono. Hace mucho que se lo que se. Son muchachos admirables, y lo son por muchas cosas. Más que nada, seguramente, por la actitud y por la aptitud de rebeldía a ultranza ante la adversidad del magro destino que les tocó en el mundo.

Jimmy García es todos los boxeadores. Un pequeño hombre que enfrentó lo que cada día enfrentan los hombres, el desafío descomunal de seguir siendo alguien en la vida, o de ser mejor. A veces las puertas se van abriendo delante indefinidamente: son los afortunados. Otras, alguna se cierra, abrupta y traicionera, no se sabe cuándo, y nos hace desdichados.

Todos lo sabemos, el que más apuesta más gana o más pierde. Porque arriesga más. El final de la historia de Jimmy en el boxeo golpea.

Este muchacho, el Jimmy, nació en Barranquilla en 1971. De lo que le esperaba en este mundo, mejor no hablar. Pobreza y postergación. Pertenecer a las mayorías miserables que están presas de cien candados. Casi ninguna esperanza, a menos que ocurriera algún milagro.

Los seres humanos morimos en el mismo escalón económico en que nacimos. Extrañamente esto no se puede modificar. Casi sin excepciones. Pero todos, absolutamente todos, peleamos día tras día la pelea absurda de ganarle al destino. El más débil y desamparado juega o compra Lotería, no hay nada más que pueda hacer. El más fuerte sabe que debe sobreponerse a otros hombres: buscan dinero y poder. En este orden, en todos los sitios, en todos los tiempos.

Unos pocos, los elegidos, son diferentes a los que somos todos los demás. Son los que saben hacer admirablemente cosas vedadas a la mayoría. Y esto puede ser bailar en un escenario, tocar violín, boxear o viajar a la luna. Mil cosas más.

Seguramente no está mal que cada quien busque su destino de la mejor manera posible. Que pelee donde pueda. Que se haga hombre y se bata con la vida. O qué otra cosa son, si no valor de hombre, los impulsos primales de atacar y defenderse? Es lo que se hace desde la cuna y lo que nace de las entrañas cuando el instinto de supervivencia nos hace defender nuestro espacio vital.

Hay un ejército de intolerantes, ya se sabe, que condena la violencia y el dolor en la práctica del boxeo. Son ciegos a la realidad del mundo. La utopía con la que sueñan no existe. Cuatro quintas partes de la humanidad viven en condiciones deplorables. La Organización Mundial de la Salud reveló ayer que en el mundo hay 750 millones de hambrientos a perpetuidad. Es el Estadio Azteca lleno 10.000 veces. Miles perecen de inanición cada día. Sin embargo, parece que habría que empeñarse en cerrar las pocas puertas que tienen los que no tienen nada. Matarlos lisa y llanamente negándoles una sola alternativa que han encontrado para tirarle un volado a la vida.

Combata la pobreza, mate un mendigo , decía una pintada irónica en una universidad europea aludiendo a las soluciones que algunos tienen para hacer del mundo un mundo ideal.

Cómo será el mundo aséptico y pudoroso que quieren? Cómo será de maravilloso? Tal vez un mundo de conmovedora armonía con la gente pintando cuadros y leyendo libros. Visitando museos y oyendo música suave siempre. Nada de dolor. Nada.

A veces me pregunto de qué escribirían los poetas, qué pintarían los pintores, en qué se inspirarían los músicos si en este mundo no hubiera boxeadores, borrachos y prostitutas.

Jimmy García nació modesto de recursos. Fácil imaginarlo. Creció indigente y desamparado. Sin más recursos que lo poco que había al alcance de las manos. Manos casi vacías. Vacíos que lastiman el orgullo y hieren el alma. Que dejan imborrables cicatrices. Que carcomen desde el vientre y piden revancha a gritos.

Lo saben los que odian el boxeo? Han llorado alguna vez de impotencia? Han postergado el hambre por falta de comida? Han postergado la tristeza por la falta de alegría? El Jimmy quería una oportunidad...

Son carencias de siglos. Son dolores encarnados. Se comprende que esta pobreza mata. Verdaderamente mata.

El Jimmy fue creciendo en Barranquilla y un día se hizo boxeador como pudo haberse hecho torero o futbolista. Uno se hace boxeador por necesidad, no por vocación. Uno se hace boxeador porque no puede hacerse ingeniero, arquitecto o cirujano.

Y así va pasando la vida. A unos les va bien, a otros les va mal. Qué novedad! Lo que el Jimmy quería era una oportunidad...

Nadie está más solo que el boxeador en el ring. Nadie. El ring puede ser el escenario del triunfo, o el cadalso. La noche puede acabar en la celebración agónica y rutilante de la consagración, o teñirse de sangre.

El Jimmy pensó que muchos llegaron a destino. Y se sintió Tyson, se sintió Leonard, se sintió Chávez. O sus compatriotas Pambelé, Valdéz, Lora. O todos a la vez, quebrando el brazo de la suerte perra. Una reciente novela de Carlos Fuentes comienza diciendo, incontestable: No hay mayor esclavitud que la esperanza de ser feliz .

El Jimmy jugó su suerte...

La mayor de las ilusiones consistía en ganar la pelea, y mostrarle a su comunidad y a su país que él también era un elegido. Un valiente que jugó y ganó. Decirle, sobre todo a su familia, que esta jefe de hogar era un hombre esforzado, meritorio, querible.

Iba bien, el Jimmy. Ya como amateur había vencido en 63 ocasiones con sólo 3 derrotas. Había ganado dos títulos nacionales y una distinción como el mejor pugilista de su país. Ingresó al profesionalismo, donde también llegó a campeón de Colombia, y en 1993 recibió un premio especial al mejor boxeador del año. Logros todos importantes para quien había nacido donde nació el Jimmy.

Iba bien. Se le auguraban mejores mañanas y quizás un título mundial... Una casa nueva para María, su esposa, y tal vez otra para mamá Carmen... Un destino protector para las chiquitas Lizzette (4 años) y Paula Andrea (2). Un porvenir, en fin... Exorcizar una vida a traspié... Conjurar el sino maléfico del origen olvidado y cruel. Y ser algo, aunque sea algo más, que la poca cosa para la que parecía haber nacido.

Sí, sin duda el Jimmy había construido su mundo con sus propias leyes. Sólo ellas le ayudarían a sobrevivir arriesgándolo todo por cumplir su misión.

No fue posible. No todas las historias tienen un final feliz. La opción del Jimmy era sufrir toda la vida viviendo como había nacido, o sufrir un poco luchando para mudar su suerte. Prefirió la salida lógica, la digna, la valiente. Y, claro, arriesgada. Como un hombre de verdad, el Jimmy se fajó. Sabiendo que no hay destino más cabrón que la muerte lenta y segura de una vida sin esperanzas.

La vida no le ahorró ningún dolor.

Hoy lucha por no morir. Como siempre. Como todos. Librado a la suerte, a su hado o a los designios de su Dios.

Esta tristeza es enorme. Es, finalmente, la de saber que todos los hombres seguirán luchando por siempre, conscientes de que hay pocos caminos para vivir y muchos para morir. Que nunca se elige. Que los elegidos somos nosotros. Que vivir duele intensamente. Que como el Jimmy, pase lo que pase, seguiremos procurando estar de pie.

Que Dios se apiade de ti, querido Jimmy.

N. de la R.: El autor del artículo, periodista argentino, es Secretario Ejecutivo del Consejo Mundial (CMB). La nota es dedicada a Jimmy, de quien los médicos en Las Vegas dicen que las posibilidades de sobrevivencia son casi nulas.