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EL DÍA DE LAS MADRES

El segundo domingo de mayo se celebra el día de las madres. Lamento que esta fecha se haya convertido en una promoción de ventas y hayamos caído en la trampa del consumismo.

13 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Parece que nuestra sociedad no tiene más que ofrecer sino lo que produce: cosas, objetos... Sin embargo, aunque esto es muy generalizado, ésta celebración entraña un profundo significado y me siento llamado a rendir un homenaje a las madres.

A ellas no las podemos separar de su contexto fundamental: los esposos, los hijos, la familia. Así se enriquece la semblanza de la madre y todo lo que implica su misión. Ellas son quienes más comunican, sostienen, promueven y defienden la vida y las educadoras netas de la fe y los valores.

Cristo, nacido de una mujer (Gal. 4, 4), nos ha dado a María, su madre, como madre de la Iglesia y madre nuestra. Su misión extraordinaria fue el haber sido escogida como la Madre del Hijo de Dios. Todo en María hace relación a su maternidad divina. Por eso, fue llena de gracia , siempre virgen, inmaculada, llevada al cielo en cuerpo y alma.

En Ella la maternidad tuvo su expresión más alta y sublime. Isabel la proclama madre de mi Señor y en los evangelios se le llama comúnmente la Madre de Jesús . Por eso, al honrar hoy a las madres, tenemos que honrar a la Madre por excelencia, la Santísima Virgen María y presentarla como modelo para todas las madres: su obediencia a la Palabra de Dios, su humildad, su fe, su amor, su espíritu de servicio, su fidelidad, su alegría, su fortaleza, su esperanza...

Hoy, ciertamente, las circunstancias de la vida moderna son diferentes. La mamá de hoy tiene que trabajar, desempeña puestos de avanzada en el campo profesional, cultural, económico, político. También se difunden diversas propuestas reduccionistas sobre el ser y la misión de la mujer. Por eso, la mamá de hoy se ve envuelta en la maratón del trabajo ininterrumpido, juntas, reuniones, congresos, dobles jornadas... a veces porque es imprescindible, a veces por simple entretención, a veces por manifestación de liberación femenina... y los hogares se convierten en lujosos y modestos desiertos en donde la soledad y el silencio son interrumpidos por la T.V., por el VH, por el ruido estridente del disco de moda. Ante esta situación tenemos que recordar: la mejor herencia que papá o mamá pueden dejar a sus hijos, es un poco de tiempo .

Las tierras, las casas, las acciones, los automóviles, el dinero, la ropa, la instrucción... suelen ser el anhelo de los padres para sus hijos. Pero estos se vuelven inútiles y peligrosos si no hay educación. Si no se han sembrado los valores para que los hijos vivan su vida con sentido, con dignidad, con esperanza, con amor, con fe...

A propósito de esto hay una parábola de una madre ingenua . Ella eligió para sus hijos el mejor colegio, se preocupó para que aprendieran varios idiomas, los inició en las tradiciones familiares, les trasmitió los valores morales y les inculcó el sentido de la justicia. Ella era creyente aunque no buena practicante. En cuanto a la religión decidió que sus hijos eligieran, cuando fueran mayores, su religión. Los dejó en plena libertad de seguir o no la clase de religión en su colegio. Los hijos crecieron, se hicieron profesionales, formaron sus hogares... pero lo religioso jamás les importó.

La madre de la parábola fue ingenua porque la religión no nace si no se cultiva, si no se motiva. No es, por tanto, violar la libertad de los hijos bautizarlos pequeños, educarlos en la fe, ayudarlos en su vida cristiana... Así como no se espera a que los hijos sean mayores para que decidan si quieren estudiar, o qué idioma prefieren... así la experiencia de fe hay ofrecerla como uno de los valores fundamentales de la vida humana.

Las mamás tienen que seguir siendo lo que afirmaba Juan Pablo II en Santo Domingo: el ángel custodio del alma cristiana del continente .