Archivo

UNA CIUDAD SIN DESTINO

Montería no solo padece crisis económica. Sufre, y de qué terrible manera, una profunda crisis moral y cívica. De las capitales de la Costa Caribe, esta deforme ciudad de 218 años, es, quizá, la mas insolidaria y la más indiferente con su propio destino.

11 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

No ha recogido la Montería actual la tradición de orgullo, seriedad y bizarría que le legaron sus antepasados. Hoy no somos más que un serpenteante cinturón de cantinas y una acumulación de charcos y aguas negras. Es este, en su inmensa mayoría, un pueblo que solo se interesa por la bacanería, el trago y la jarana. Y que con esa actitud estúpida e indolente deja que otros piensen por él, actúen por él, decidan por él. Por esto, la capacidad de reacción es nula y la posibilidad de reflexión casi no existe.

Vamos inmersos en un río de desgracias, rumbo al desastre total, pero a la gran masa esto le importa poco o nada. Tal vez solo les interesa tener una botella de alcohol y un poco de arroz, y esperar que llegue el próximo festivo con la próxima cumbiamba.

Un pueblo así, preñado de vanidades, carece del elemento más importante que debe poseer un ciudadano: conciencia cívica . En Montería eso no existe. El conglomerado monteriano, con escasas excepciones, no conoce con qué letras se escriben estas palabras. Además, ningún gobernante le ha colocado en su espíritu esa inquietud. Ningún gobierno ha intentado crearla, o estimularla o desarrollarla, si alguna vez existió. Pues la conciencia cívica es la capacidad que tiene el ciudadano de conocer y practicar conscientemente los deberes y derechos que demanda el hecho de vivir en sociedad.

Conciencia cívica es actuar con respeto y dignidad con nosotros mismos y con los demás. Es saber que nuestros derechos no deben invadir los derechos de los demás y que nuestros deberes deben coincidir con los deberes de los demás. Ser conscientes del por qué y el para qué de la vida social. Conocer nuestros alcances, pero también nuestras limitaciones. Aquí no hay eso.

Una ciudad debe tener su misterio. Sus lugares enigmáticos. Las calles que hicieron su historia, las plazas en donde se profirieron los gritos. Un pasado que la guíe con fortaleza de cadenas. Su orgullo enquistado en la conciencia. Una ciudad es rostro y tripaje. El rostro se muestra al caminante. El tripaje se le enseña al que la habita, al que, entre silencios y murmullos rencorosos, la ama como agua necesaria.

Una ciudad debe erigirse sobre la más antigua piedra y sus habitantes no deben escogerla por la generosidad de sus favores sino por la identificación con la profundidad de sus dolores. Una ciudad no se selecciona por ganar sino para vivir. Entre esperanza y sombras. Entre querencias y magias. Una ciudad al menos, debe tener un hilo secreto que mantenga la unión de su tejido, y logre, para abrir las puertas del futuro, erigir la permanencia de sus recuerdos. Pues recordar es una forma simple pero efectiva de seguir viviendo. Y amando. Y sufriendo.

Qué nos une? Qué nos identifica? Cada quien, como en el adagio popular, pila para su catabre. No hay una empresa común. No hay nada que unifique aspiraciones o nostalgias. La ciudad no tiene historia. No posee los atributos que hacen del quehacer un recuerdo, del pasado una memoria. Cuáles son nuestros dioses tutelares? No existen. Manexca y Mexión son casi anónimos. A nadie estimulan. Pocos conocen sus leyendas; nadie se inspira en sus míticas hazañas. Y, entonces, nos preguntamos: Qué es Montería? Y la crudeza del realismo nos permite decir: Algo que pudo ser, una ciudad a la cual sus propios hijos, los adoptivos y los sanguíneos, le dieron vinagre por bebida y dolo y cobardía por comportamiento.

Montería no es, siquiera, una suma de individualidades. Es una dispersión de contradicción y caos, lanzada al azar, consumiendo tranquila la cotidianidad amarga. Con negligencia en todo el corazón. Una ciudad hembra pero sin excusas. Que se hamaquea en el sopor del no me importa. Que prefiere oír hablar del progreso de los otros. Que se duerme como animal tonto, y que al despabilarse se sorprende con la hediondez de su excremento. Si queremos que despierte y eche a andar, que deje de ser considerado como simple lugar de tiroteo y cacería, mucho látigo debe ir a sus espaldas y mucha crítica profunda al espíritu tergiversado de sus gentes. Si la queremos debemos ser implacables.

Si continúa así, con sus habitantes sumidos en la indiferencia cívica y en la ignorancia política, cualquier día puede desaparecer. Quedará la huella azotada por la arena que el viento arrastra desde el subsuelo del río. Quedará el recuerdo maltrecho de un pueblo pusilánime que fue quemado tres veces y que no tuvo el obligatorio heroísmo de levantarse sobre el viejo ardor de sus cenizas.