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CON LA SIEMPREVIVA SE RENUEVA LA MAGIA DEL RITO

Hace rato se viene buscando en la dramaturgia contemporánea, la posibilidad de una aventura fantástica: que el teatro, arte mil veces relamido y culto , veterano de tantas escuelas e ideologías como civilizaciones ha habido en la historia humana, sea capaz de renovarse, de volver atrás la cabeza del animal para alimentarse de nuevo en el rito, para volver a beber en sus aguas originales, las que lo hicieron, las del ritual tribal primitivo, donde los actores actuaban para ellos mismos convirtiéndose a la vez en sus propios espectadores.

31 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Es claro que alcanzar en cualquier forma o medida este propósito, conseguir que el teatro contemporáneo se re-ritualice sin perder para nada lo logrado, la ventaja de fabulería y el conflicto de su atroz peregrinación, es el medio supremo de recrear el teatro.

Hemos visto como se vienen realizando, hace tiempo, experimentos originales en este camino pero, me atrevo a decir que, en general, solo se ha avanzado en recursos casi puramente espaciales.

Y aquí viene mi observación sobre La Siempreviva, la obra de Miguel Torres que se presenta en el Teatro El Local.

En esta obra, el director y su grupo no se conforman con los recursos espaciales, ya tradicionales, de re-ritualización del teatro, aquellos que integran sala y escena, sino que, siguiendo el camino correcto, se proponen agotarlos en lo posible para ir más allá.

La obra abunda en los efectos espaciales de este propósito. Por ejemplo, presenta un escenario desde afuera, al aire libre, enredando los actores entre otros actores, mientras a los espectadores los mete al interior, en escena, como ficción.

El velorio, que abre y cierra el rito, está mostrando que no hay uno sino dos públicos, colocados frente a frente, asistiendo ambos a la tragedia. Está indicando que es entre ellos y desde ellos, de donde surge la re-presentación .

La fiesta de la tragedia Ahí es posible lograr un paso más, algo que sobrepasa el nivel espacial hasta ahora dominante y es esto, a mi modo de ver. En La Siempreviva, el conflicto central del drama, es el crimen del Palacio de Justicia.

Pues bien, ese conflicto central se constituye o realiza en un tercer plano, como conflicto desde afuera y sin embargo opera adentro, como teatro , como representación a la vez para actores y espectadores. Entonces sucede constantemente que son dos públicos los que están asistiendo a la misma función y padeciendo el mismo drama. Y, quizás lo más inquietante como experimento, es que este tercer escenario (que se apropia de la tensión dramática principal) está apoyando en la comedia dominante hoy en el mundo, la de los mass media.

Ahora bien, si al paso más de que vengo hablando, si lo original en La Siempreviva, no está logrando totalmente, si todavía se lo maneja un poco como recurso y no como tercer escenario , es un problema formal.

Pero bravo, Miguel por este aporte auténtico que abre horizontes nuevos a la empresa más noble del teatro contemporáneo, la aventura de recuperar la fuente primaria.

Y gracias a los actores. Solo conocía a Alfonso Ortiz y a Gilberto Ramírez y volví a gozar, una vez más, de su capacidad de crear personajes que siendo típicos son absolutamente irrepetibles, son únicos, como un personaje típico de Durero o de Obregón. Pero ahora quiero escribir en esta nota los nombres de Carmenza Gómez, de Lorena López, de Pablo Rubiano, de Jenny Caballero y Eduardo Castro, para agradecerles, porque fue todo el conjunto el que logró constantemente acertar en el dibujo de lo que es una comunidad humana, ese grupo que se tira entre sí más a morir, sin agero, sin lástima, como el peor animal, pero que sabe apretarse en el dolor y, sobre todo, hacer el amor y la fiesta como ningún otro animal.

Lástima que ustedes le teman a la fiesta (la que ocurre a la orilla de la tragedia), que se carguen más del lado de la pantomima que del rito.

Estén ustedes seguros de que la humanidad no ha logrado crear hasta ahora nada más importante y mas serio que la fiesta.