Archivo

SOBRÓ CARRANGA Y FALTÓ PLAZOLETA

Donde hubiera habido un termómetro instalado en la plaza central de Ginebra (Valle) el mercurio se habría esparcido en busca de los aires musicales que tenían la temperatura a punto de ebullición.

29 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Al festival de la plaza le faltó plaza, la cantidad de melómanos que se desplazaron a esta región centrovallecaucana en busca de un baño de folclor coparon hasta el último rincón del pueblo. Era una fiesta colombiana donde el bambuco, la guabina, los torbellinos, los bundes, las papayeras, las chirimías y hasta la carranga de Jorge Veloza reventaron todas las expectativas del XXI festival Mono Núñez.

Fueron precisamente Jorge Veloza y los Carrangueros de Ráquira los encargados de poner el pueblo al rojo vivo, un rojo más intenso que el de las medias que lucía el popular boyaco , quien con una tranquilidad pasmosa contó su primera experiencia en este certamen a medida que se iba colocando los atuendos con que habría de subir a la tarima en cuestión de minutos.

A medida que se ponía una camisa rosada, se acomodaba el tiro de sus pantalones de dril color caqui talla 36 y miraba la brusca combinación con los calcetines escarlatas, se enorgullecía de saber que por su atuendo campeche el común de la gente lo veía como un campesino sin estudio y nadie le decía dotor sino maestro.

A tres cuadras, en plena plaza, se escuchaban las entonaciones del grupo Bandola de Sevilla. Con una maestría propia de quien la practica a diario, Veloza voleó la pesada ruana café de lana, introdujo en ella la cabeza, lanzó el sombrero al aire y este le cayó justo en la cocorota. Se lo acicaló. Se sobó su espesa barba, se calzó los Grulla negros y salió rumbo a la plaza.

Jorge Veloza cogió la guacharaca, José Luis Posada por última vez se terció la guitarra pues a partir de hoy lo reemplaza José Rivas; Jorge González se colgó el requinto y Luis Alberto Aljure cargó su tiple como si fuese un bebé.

No habían caminado diez metros cuando la multitud los rodeó. Las vitrolas, los equipos de sonido y los cantadores callejeros se callaron. Una lluvia de aplausos refrescó la noche.

Las cocineras abandonaron los fogones de carbón y leña, los meseros ignoraron a sus clientes, estos su pedido y a los borrachitos se les pasmó la rasca. Viendo estos jerósticos me puedo carranguear tranquilo , dijo el artista.

Al fin los Carrangueros llegaron a la plaza. Veloza se quedó estático al pie de la tarima, atento escuchaba y su mirada divagaba. El niño prodigio de Potosí (Nariño) José Félix Chamorro, a sus 9 años tocaba con maestría el tiple y la guitarra. Harold Rivera, quien prácticamente nació sin brazos, con sus dos escasos muñones dotados de tres minúsculos dedos ejecutaba con maestría el órgano.

De un momento a otro las lágrimas brotaron de sus ojos. Maestro... por qué llora? Esta gente me transporta, son muy jóvenes, ver estos chinos me garantiza que habrá música por mucho tiempo. Se enjugó las lágrimas. Se subió a la tarima y al ritmo de Julia, La china que yo quería, La cucharita, Pelaste el cobre, y muchos temas más, se prendió la fiesta. Niños, jóvenes, ancianos, gordos, flacos, altos, bajitos, propios y turistas, todos, sencillamente todos, azotaron las calles de Ginebra a ritmo de carranga. La plaza quedó cortica.