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LO BUENO DE LAS PESTES

Las pestes o epidemias, es decir, la aparición súbita de enfermedades contagiosas que progresivamente afectan a muchos miembros de una misma comunidad, llenan innumerables páginas de la historia de la medicina. Se trata, sin duda, de episodios calamitosos, que ponen a prueba la fortaleza de los individuos y la capacidad de respuesta de la sociedad.

30 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

No obstante los avances prodigiosos de la medicina, sobre todo en el campo de la prevención y la curación, las pestes continúan haciendo acto de presencia, de cuando en vez con rostro renovado. El advenimiento de las vacunas, de los antibióticos y de otras medidas terapéuticas, hizo creer que eran cosa del pasado y que, por lo tanto, la humanidad ya no tendría que soportarlas más. Tampoco era de esperar que en ese mundillo oculto donde la naturaleza concibe y da a luz a sus agentes patógenos, se estuvieran fraguando más conjuras contra la especie humana. La peste del sida y ahora la llamada Ebola , con evidencia clara de que ese tipo de agresión conserva viva su vigencia.

La posibilidad de que el virus de la epidemia Ebola llegue a propagarse como lo hizo el de la inmonodeficiencia humana (VIH), mantiene en ascuas a las autoridades sanitarias. Hasta ahora se encuentra confinada en la aldea de Kikwit, en Zaire, sin que nadie garantice que no irá a extenderse, pues es muy poco lo que se sabe el comportamiento epidemiológico de su agente causal. Se sospecha que éste, tal como se dijo del virus del sida, fue traspasado al hombre por intermedio de animales que habitan las selvas del continente africano. Lo único cierto es que se trata de un agresor implacable, que acaba con la vida de sus víctimas en contados días. Tan letal es, que cinco de los componentes del equipo sanitario que tuvo a su cargo la atención del primer afectado en Kikwit, también sucumbieron. Más luego fallecieron otros, entre éstos algunas monjas italianas, incluyendo a la intendenta del hospital general de la localidad.

Siempre, durante las pestes, se ha puesto de presente el sentido del deber y el espíritu humanitario de aquellos cuya profesión tiene que ver con el cuidado de los enfermos. La historia nos enseña que en las horas de temor, y hasta de terror, en que se ha visto sumida la humanidad por culpa de las epidemias, el personal sanitario ha sido la gran esperanza, su más fuerte apoyo físico y moral. La vocación de servicio y la solidaridad con el paciente hacen de esos luchadores contra la muerte unos verdaderos héroes.

Alberto Camus, que narró con mano maestra el drama íntimo de la peste, advirtió que tamaña calamidad tiene de bueno que deja muchas enseñanzas. Por ejemplo, la de que en los exponentes de la especie humana hay más cosas que admirar que cosas que despreciar. En medio de los desgarramientos, del pánico y del dolor, surgen, como una salvación, o, por lo menos, como un consuelo, seres que -dice Camus- no pudiendo ser santos, se esfuerzan en ser médicos .