Archivo

CRÓNICAS DE CAMINANTE

Primera parte EL olor de la guayaba . Con mucho acierto, nuestro Nóbel García Márquez tituló así una de sus obras... La fruta más común en los climas templados y cálidos de nuestro país (que abarcan gran territorio y población) es indudablemente la guayaba. De riqueza nutritiva, ha sido básica en la alimentación de muchos colombianos, no solo del campo sino de ciudades. -Pero lo más atractivo que tiene este fruto nacional, es su olor!.

19 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Tal vez porque desde la infancia lo hemos conocido, cada vez que lo sentimos cerca, evocamos épocas pasadas; tal vez porque su perfume campesino, nos trae a los sentidos la grata sensación de veredas y caminos donde estos arbustos son parte escencial del paisaje; tal vez porque no hay un sólo colombiano que no haya comido un exquisito bocadillo veleño, o no conozca el olor que exhalan las pailas cuando derriten las guayabas para convertirlas en jalea...

Pues bien, hoy estamos recorriendo palmo a palmo el reino de la guayaba, la Provincia de Vélez, interseccíon de Boyacá y Santander, la región en donde el sumerce se convierte en hijuepuerca . Hermosa tierra cargada de historia, de leyendas, de música de tiples y bandolas, de guayaba y torbellinos. Pasamos Tunja rumbo a Arcabuco, la carretera se interna en un precioso cañón del río Pómeca cubierto en forma tupida por bosques de alisos que ayudan a mantener esta corriente de agua fresca y abundante. Luego podemos ver una serie de cascadas, comenzando por la de Los Micos , que aunque no tiene un volumen grande de agua, se descuelga por entre rocas elevadas, cae como una cinta blanca rompiendo el silencio del bosque. Después sigue otras de menor tamaño y altura, que caen por el costado opuesto, llegando también a engrosar el caudal del río, que ya ha cambiado su nombre por el de Arcabuco. Una peqweña parada en esta población y reanudamos la marcha hacia Moniquirá. Antes de comenzar nuestra jornada caminera, nos provisionamos suficientemente de bocadillos, túnez, espejuelo... Estamos en la Mina y sería pecado no hacerlo.

Un camino de ascenso hasta llegar al Alto de Granadillo, sitio de posición privilegiada pues desde allí se tiene una vista del entorno muy amplia: a la distancia vemos Vélez y Moniquirá, hacia el otro lado Puente Nacional, antiguamente llamado Puente Real , nuestra meta en esta primera jornada. En el corredor de una vieja casona, convertida en tienda, tomamos almuerzo compartiendo los rincones y los bocados con pequeños perros, gatos y pollos que, alborotados por la visita, fueron no solamente interesados anfitriones sino que se dieron un inusual banquete de residuos.

Dejamos este lindo mirador y comenzamos un camino de traviesa por el cual pasamos toda la tarde, entre guayabas, chambos, árbol de bastante presencia en la región; arrayanes, muletos, payos, punos, para no hablar sino de algunas de las innumerables plantas nativas que pudimos saludar aquella tarde. Pequeña parada de refrigerio en la tienda La Caseta , Vereda Bajo Guamito . Luego el camino comparte el paisaje con la quebrada La cantana , ya en las goteras de nuestro destino: Aguablanca. Parador Turístico actualmente administrado por Prosocial, fue un paradisiaco Hotel del Ferrocarril en otra época. Construido en l947 en las afueras de Puente Nacional, hoy día conserva parte de lo que fue su confort y paisaje: el río serpentea por entre sus jardines y desde las ventanas y terrazas sentimos el canto del agua como una serenata que nos arrulló toda la noche. Antes de irnos a dormir y como si todavía nos quedaran energías sobrantes, un pequeño grupo de compañeros, caminamos hasta el pueblo, distante unos tres kilómetros de allí. Comimos génovas y regresamos. Una cervecita en la grata compañía de Alfonsito y otros contertuleros en una pequeña tienda vecina, donde repetían dos o tres rancheras hasta la saciedad. Finalmente, el peso del cansansio se apoderó de mis párpados y como un sonámbulo caí sobre la almohada en el segundo piso de un confortable camarote.