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LA DEPRESIÓN MATÓ AL PADRE MATIZ

El sábado pasado, Zipacón (Cundinamarca) se paralizó. Ni siquiera el gélido viento que baja de las montañas vecinas interrumpió el llanto del pueblo en las angostas calles. Su sacerdote, Humberto Matiz López, de 48 años, acababa de quitarse la vida de un tiro en el corazón. Una pistola calibre 7,65 de su propiedad le sirvió para acabar con la depresión que lo perseguía desde 18 meses atrás.

29 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Entonces, siendo el párroco de Sasaima, fue víctima de un atraco, en el cual lo golpearon, amordazaron, amarraron e insultaron. Por eso compró el arma.

El sábado, a las 10:05 de la mañana, al comando de Policía llegó agitada, corriendo, despeinada y completamente nerviosa María Alcira Garzón, secretaria de la casa cural, acompañada de un joven.

Minutos antes habían encontrado el cadáver del sacerdote con la cabeza caída hacia atrás, su hirsuta barba contrastando con la palidez de su ya blanco rostro y un chorro de sangre en el piso de la habitación del religioso. La pistola importada estaba al lado del escritorio donde murió.

La vida de Matiz habría podido durar un poco más si a las 9:57 de esa tibia mañana de invierno sabanero no suena el timbre de la entrada. María Alcira dejó al sacerdote, con quien hablaba, y atendió al joven que buscaba al párroco para hacerle una consulta. En ese momento, sonó el disparo.

Con la misma rapidez se regó la noticia. A las veredas llegó el cuento de que había muerto de infarto, pero a los pocos minutos todos supieron la realidad. Matiz se había disparado en el lado izquierdo del pecho, a la altura del corazón.

El estupor de los 3.500 habitantes de la localidad, ubicada a 22 kilómetros al occidente de Bogotá, se reflejó en el llanto de los más viejos, que en más de cincuenta años jamás habían visto morir a un sacerdote en su pueblo.

Aburrido con el clima A la depresión que sufría desde cuando cuatro meses atrás lo habían traslado desde la cálida localidad de Sasaima, se sumaba la úlcera, que se agravaba por momentos y que lo obligó a visitar los médicos muchas veces durante el último año.

Sin embargo, a Matiz lo que más lo hacía sentir mal no era el hecho de que el cementerio estuviera semiabandonado y destruido o que a sus misas no asistieran las personas jóvenes.

También le era un martirio el frío casi glacial que envuelve a Zipacón y que en horas de la noche trae una neblina espesa.

Trabajador incansable Su última misa fue el pasado viernes, cuando sólo diez personas asistieron. Más tarde, programó una serie de visitas a varias veredas para hablar con la gente, algo que siempre fue su costumbre.

Matiz nació en Subachoque en el seno de una familia muy religiosa y era el séptimo entre ocho hijos.

Uno de sus hermanos, Alvaro Matiz, relató durante el sepelio en su pueblo natal, que en las últimas visitas se le notaba enfermo. Estaba decaído. Se veía mal. Comentaba que era una úlcera que lo estaba molestando. El por no hacernos sufrir no nos decía la realidad. Yo creo lo más posible que sufrió una depresión general y no pudo soportar más , añadió.

Mientras que en Subachoque se efectuaba el entierro del sacerdote, en Zipacón no pudieron aplazar el bazar en favor de la casa de la cultura, que estaba programado desde varios días atrás y en el cual Matiz trabajó sin descanso.

En Supatá trabajó durante catorce años. Allí lo recuerdan como una persona de hablar recio, personalidad fuerte. Alguien frentero que le decía a la gente las cosas en la cara , afirma Juan Manuel González, uno de sus ex alumnos. La gente lo recuerda porque el ancianato local es obra suya.

En Sasaima, donde trabajó desde junio del 93, tuvo problemas con algunas personas por su tendencia a corregir y arreglar todo. Además fue atracado. Por eso, el obispo de Facatativá, Monseñor Luis Gabriel Romero, lo trasladó.

En Zipacón, la gente recuerda su actividad y agilidad para hacer las cosas. En sólo cuatro meses ya buscaba los recursos para reparar el cementerio.

Sin embargo, la procesión seguía por dentro. Siquiatras y otros médicos intentaron ayudarlo a superar el problema sicológico que afrontaba desde el asalto. Finalmente, sólo la pistola 7,65 logró calmar su sufrimiento.