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PODER O AUTORIDAD

El ambiente está enrarecido y confuso en casi todos los órdenes de la vida nacional. El mundo político convulsionado por décadas de corrupción, narcotráfico y supervisión resistió prácticamente sin inmutarse la terapia del revolcón de la Reforma Constitucional. La clase política del Congreso revocado resurgió sin renovación alguna, impulsada por las mismas maquinarias y vicios del pasado y circunscrita al halago de los desayunos y convites palaciegos, ante el despojo de que fue objeto de su capacidad de controlar a su anfitrión de hoy. La justicia, qué terrible frustración! Se maquilló su forma y se atomizó su acción, bonificando económicamente a los mismos incompetentes funcionarios como si los mayores salarios tuvieran per se la virtud de capacitarlos y exorcisarlos ética y moralmente. La de hoy es peor, solo que más onerosa para los colombianos.

29 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Y el Ejecutivo mucho más poderoso, pero en el papel, porque en la llamada Reforma no se tocó para nada el concepto fundamental de Autoridad. Se prosiguió con el equívoco de que el Gobierno lo constituye la fuerza del poder, expresado en la ficción del Estado pero haciendo residir ahora en el pueblo, un anacronismo sin capacidad de acción real en el mundo moderno. Los Reformadores perdieron la oportunidad de perfilar y concretar los criterios de Autoridad, los únicos que pueden rescatar una sociedad, una institución o un individuo. Desde luego este concepto no tiene que ver exclusivamente con el Ejecutivo o el Gobierno; sino que es igualmente indispensable en el orden legislativo y en el judicial, ya que en todos ello la autoridad constituye el valor supremo para gobernar, legislar o juzgar.

Autoridad sigue siendo el principio inexistente en Colombia, tanto en la vida política e institucional como en la economía, social o familiar. Aquí se cree solo en el poder, ya sea político, militar, económico o social, a pesar de la cruda realidad que a cada instante nos enseña que ni los gobernantes, así sean los propios Presidentes de la República, ni los dirigentes castrenses, ni los dueños de los grupos económicos, ni los guerrilleros o los barones del negocio del narcotráfico, ni los flamantes apellidos de la alcurnia que nunca existió, tienen autoridad en esta sociedad frustrada.

Porque unos y otros se han olvidado que la autoridad surge del respeto y no del atropello, de la sabiduría y no de la fuerza, de la honradez y no de la avilantez, de la austeridad y el decoro y no de la ostentación, del trabajo y no de la riqueza, de la superación intelectual y no de los apellidos, de la solidaridad y generosidad y no del egoísmo, de la experiencia y no del oportunismo, del ejemplo y no de la retórica, de la claridad y no de la confusión, del amor y no del odio. En síntesis, de la calidad humana y del ejemplo de vida.

El drama que está viviendo el país ante el asedio a que está siendo sometido en todos los órdenes por parte de los EEUU, unas veces por el propio Presidente Clinton, otras por el Congreso con el Sr. Helms a la cabeza denunciando el poder del narcotráfico en Colombia o con el Sr. Dole, el más probable sucesor de Clinton, defendiendo sus intereses económicos del banano en forma mancomunada con el Secretario de Comercio, el Sr. Kantor, y cada vez más por la DEA y por las autoridades diplomáticas, han colocado al Gobierno del Presidente Samper en la peor situación de gobernabilidad, porque han minado su autoridad para regir los destinos de esta Nación.

El Presidente detenta el poder pero en el exterior y cada vez más en el interior, no se le reconoce autoridad para ser la cabeza de un Gobierno respetable. El perjuicio causado por las denuncias de la familia Pastrana en torno al affaire de los narcocasettes es ahora mucho más evidente.

Esta situación tiende a empeorar y si bien en Colombia desde hace mucho tiempo los Gobiernos han llegado al poder, en especial para satisfacer el ego del Príncipe, y muchos han carecido de la Autoridad necesaria para enrumbar esta esta sociedad por la senda del progreso material y moral, determinando el inocultable mar de corrupción en que nos debatimos en la actualidad, la actitud asumida por la potencia norteamericana de adoptar represalias en el ámbito económico, podría precipitar una crisis de incalculables consecuencias para Colombia. En estas condiciones, la segunda oportunidad que la Providencia le concedió a Ernesto Samper para llegar a la Presidencia de Colombia se está tornando muy angustiosa, pero su fe de carbonero podría concederle una tercera para intentar salir de esta encrucijada, para bien de él y del país, si se decide a mostrar que cada acto de su Gobierno es una expresión de autoridad incuestionable.