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EL FORCEJEO ENTRE EL GOBIERNO Y EL EMISOR

El forcejeo entre el Gobierno y el Banco de la República no obedece tanto a razones institucionales como a discrepancias de óptica, pensamiento y filosofía. En vano tratan de disimularse sirviendo el ministro de Hacienda de forzado portavoz de una política en la cual no cree y la junta directiva del Emisor aceptando a contrapelo de sus convicciones coordinar la suya con la ley del Plan de Desarrollo.

27 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Tras los rudos disentimientos en torno de la revaluación, la manzana de la discordia han venido a ser las tasas de interés, y, un poco al fondo, el antagonismo entre el afán de expandir y equilibrar socialmente la economía y el mantenimiento a ultranza de la capacidad adquisitiva de la moneda.

Objetivos conciliables a la luz del bien público, según se ha demostrado repetidas veces en Colombia y en la reconstrucción de Alemania a raíz de la segunda guerra mundial, se han tornado antitéticos por el enfrentamiento de dos concepciones: una de las cuales intransigente y dogmática en su riguroso ideologismo neoliberal. Ahora sobre el manejo de las tasas de interés y antes en su empeño de ver en el tipo de cambio el ancla decisiva de la economía nacional.

Por la flaca memoria colectiva quizá no se recuerde que tal fue el punto crucial de la controversia al iniciarse la Administración Samper. Aguerridos miembros de la junta directiva del Emisor se precipitaron en el propio recinto del Senado a enjuiciar a quien le corresponde presidirla por razón de los planteamientos del Jefe del Estado durante su campaña electoral. La revaluación, en concepto de uno de ellos, debía proseguirse y acentuarse doliere donde doliere. Ni la eventual quiebra de empresas ni la destrucción de empleos debían considerarse.

El curso de los acontecimientos permitió superar esa polémica con razonables avenimientos. Pero otros motivos de divergencia subsistieron y tenían que subsistir dentro de la contraposición de ideas y objetivos. Mientras de un lado se pregonan fines específicos de acción y se obra en función de un Plan de Desarrollo, del otro se niega que la economía de mercado pueda encauzarse a alcanzar determinadas metas, excepto en cuanto hace a la moneda y el costo de la vida.

Omisión de fines comunes F. A. Hayek, filósofo mayor y evangelista de la escuela, parte de la base de que la economía nacional no es unidad económica sino red de economías imbricadas. En consecuencia, su ordenamiento resulta del ajuste de numerosas economías individuales en el mercado.

Así, en su entender todos contribuimos a la satisfacción de necesidades que nosotros mismos ignoramos y en ocasiones a la realización de diseños que no aprobamos y de los cuales no tenemos conocimiento. La introducción del trueque creó la posibilidad a diversos individuos de ser útiles unos a otros sin ponerse de acuerdo sobre sus objetivos. Conducido cada uno por la ganancia que le es visible, sirve necesidades que le son invisibles.

Persiguiendo sus personales intereses, van a promover las empresas de muchos otros hombres, la mayor parte de la cuales permanece a sus ojos desconocida. El del mercado es un orden global, superior a toda especie de organización , una comunidad por los medios y no por los fines , en que la conciliación se hace posible por ser favorables a todos las repercusiones de los actos dispersos. (1) Obviamente este pensamiento choca con la planeación y los propósitos nacionales . Por algo sus epígonos han insinuado que ellla se coló de contrabando en la reforma constitucional de 1991. Descartada la comunidad de fines, el mercado es la brújula suprema en cuanto el camino resulta de la suma libérrima y autónoma de esfuerzos individuales. Sin nadie que los coordine, dirija u oriente.

Ni más ni menos lo contrario de los derroteros seguidos por las florecientes economías asiáticas con sus economías de mercado enderezadas a realizar programas específicos de desarrollo, a volcarse al exterior y a crear empleo productivo en el interior. El que a la sombra de la ola neoliberal latinoamericana se ha pretendido aplicar y perpetuar en Colombia.

Atrincherado el modelo por término fijo en el Emisor, el primer motivo de colisión es con la existencia misma de un Plan de Desarrollo de obligatorio cumplimiento. Si todo lo ha de decidir el orden del mercado, para qué imponerse fines distintos de mantener la capacidad adquisitiva del dinero? No importa el riesgo de desembocar en una moneda sin economía, tipo Portugal de Oliveira Salazar.

Conflicto conceptual Cualquiera comprende la razón de la disconformidad de los miembros de la junta directiva del Emisor con los objetivos del Plan de Desarrollo. El conflicto emana de la existencia de dichos objetivos y se extiende a los medios para alcanzarlos. Ninguna relación parecen hallar del empleo productivo, las obras de infraestructura o los servicios sociales con la estabilidad monetaria. De consiguiente, lejos de ser prioritarios son accesorios y, por tanto, improcedente tratar de sacarlos adelante si llegaran a implicar menoscabo de la pura doctrina de la economía de mercado.

Orientarla a semejanza de los tigres del sudeste asiático o intervenirla como ha sido práctica común de las democracias occidentales? No. Porque se estaría atentando contra la religión del mercado y el principio rector de la máxima rentabilidad individual que en Colombia mucho ha favorecido la economía subterránea del contrabando y el narcotráfico.

Las tasas de interés deben ser, a juicio de esta escuela, abrevada también en las enseñanzas de McKinnon, la herramienta decisiva del mercado. No siquiera selectivamente, con injerencia del poder público, distinguiendo entre producción y consumo, entre lo constructivo y lo especulativo, sino en forma general y a rajatabla, exponiéndose a que la cuerda se reviente por lo más delgado, por lo menos rentable. La fórmula mágica da trazas de ser la de que el Gobierno baje el gasto público.

Ahí es cuando se presenta el choque con el Plan de Desarrollo por la falta de ductilidad de la escuela y la dificultad de entendimiento con el Gobierno en lo pertinente. Cuando en el Ejecutivo se resumían las funciones monetarias y fiscales, con el 8 por ciento de promedio histórico de inflación anual, no se presentó pugna análoga. El ministro de Hacienda debía velar a la par por la estabilidad del poder adquisitivo, por el equilibrio presupuestario y por la expansión económica.

El conflicto ha provenido de la bifurcación de poderes y, en particular, de la soberanía e inamovilidad de quienes encarnan uno de ellos. Nada bueno para una economía cuya buena marcha supone la armonía de sus elementos fundamentales. Cómo restablecerla? Si no a través del diálogo, reformando la complicada y endemoniada estructura, dados sus tropiezos crónicos.

(1) Droit, Legislation et Liberté, Volume 2, Le mirage de la justice social, F.A.Hayek, Presses Universitaires de France