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LA FERIA EN DOCE PUNTOS

De la pasada Feria Internacional del Libro habría muchas cosas para decir. Pero sin necesidad de entrar en demasiados detalles ni en resúmenes, pues ya los lectores tienen los suyos, es bueno resaltar algunas cosas:

26 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Uno. Pabellón corto.

El pabellón de Brasil se quedó corto. Por supuesto, el idioma establece de por si una distancia infranqueable para la mayoría, y a los editores brasileños no les interesa mucho el mercado en lengua castellana. Pero aquello parecía una biblioteca amontonada, al lado de una galería fotográfica y de un bar. Lo bueno era el ambiente informal, tan propio de los brasileños, que de paso rebajaba esa carga de fetiche cultural tan característica de los libros.

Dos. Faltó visión.

El espacio dedicado a esa relación entre texto, imagen y sonido, la tan atrayente multimedia, estuvo rico, pero le faltaron cosas. Su dinamismo, su fuerza, su presencia, se dejó en manos de unos cuantos expositores. Hubiera funcionado mucho mejor su hubiera sido un espacio que, además de las ofertas, hubiera hecho una presentación institucional y global de técnicas y alternativas. De resaltar, el anunciado diccionario enciclopédico que sacará Norma en un solo disco (CD Rom).

Tres. Pobre el Cerlalc.

En el mismo sentido del comentario anterior, seguimos viendo año tras año un mismo pobre stand del Cerlalc (el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe) sin novedades, y sin relación alguna aparente, por lo menos, con las nuevas tecnologías y su múltiple y rica relación con el libro. Debería estar el Cerlalc liderando el debate que sobre los medios electrónicos y el libro se debe dar en América Latina. Lástima.

Cuatro. Excelente Norma.

Los diversos espacios de Editorial Norma, excelentes. Sus ofertas, su presentación, el cuidado que ponen en cada título, y sobre todo sus precios aún al alcance de muchos lectores colombianos, convierten a esta firma en una de las más atractivas en todo el continente. Los más pequeños quedaron fascinados con la colección Escalofríos, y entre muchos otros libros para destacar sobresale el tomo I de Las mujeres en la historia de Colombia.

Cinco. Cambio en serio.

También es justo reconocer el cambio de ciento ochenta grados de Editorial Voluntad. Supo renovarse a tiempo, aceptar el reto de la modernidad y del mercado, y por ello ofrece, solo para citar un caso, el mejor y mas bello fondo colombiano en libros sobre cocina y gastronomía. Vale.

Seis. Pareja al día.

Círculo de Lectores e Intermedio Editores hacen una pareja excelente. Su fondo editorial crece, cambia, se adapta a los intereses de los colombianos (y de los lectores del resto de América latina también) y siempre permanece en función de estar al día. Un acierto, su nueva colección de temas periodísticos. Un lunar, la carátula de su más reciente libro estrella: Mercaderes de la muerte. Se les fue la luz.

Siete. Platillos de Arango.

Arango Editores al parecer encontró el camino. Después de sus intentos de reverdecer algo de la más pesada literatura colombiana, en especial un enmohecido teatro decimonónico, mostró títulos atractivos, nuevos unos y clásicos, por decir, otros, que se convirtieron en platillos favoritos. Son para recomendar los dos recientes títulos de Luis Carlos Restrepo, y la novela de Silvia Galvis. Buena esa.

Ocho. Una nuerva vía.

Tercer Mundo no sólo tiene ya un prestigio en coediciones con los centros intelectuales más influyentes en el país, sino que se abrió a la literatura. Su colección Prisma, dedicada a la narrativa contemporánea, así lo indica. Entre otras, porque Alfaguara, Norma, Arango, entre las principales, han dado este viraje. Parece abrirse un panorama para la literatura nacional. Era hora.

Nueve. U. de A. con pilas.

Sigue sorprendiendo la Editorial Universidad de Antioquia. No solo es hoy por hoy la más atractiva y dinámica entre las editoriales universitarias en Colombia, sino que está al tanto de las tendencias, intereses y expectativas de sus lectores, entre los que nos contamos muchos en el país. Y aunque Ecoe, que es su distribuidor, hace todo lo posible por lograr un cubrimiento nacional, las colecciones y títulos merecerían mejor suerte y mayor difusión. Su éxito indudable en la Feria: los textos inéditos de León de Greiff.

Diez. Pabellón infaltable.

Hay que hacer mención especial del pabellón que la fundación Rafael Pombo dedica a los más pequeños. Han dejado de ser una novedad en la Feria, pero en cambio han consolidado un espacio que nadie más está en condición de competir en el país. Ojalá en Ferias venideras los espacios de la Pombo sean más generosos.

Once. Trabajo de años.

Fundalectura tiene ya un nombre que el sector del libro respeta, y admira aunque sea en silencio. El trabajo sin pausa de sus animadores, en el que sobresale la persistencia de Silvia Castrillón, ha ido bastante más allá de nuestras fronteras. Premios y reconocimientos empiezan ahora a consolidar un trabajo de esos que se ejecutan pensando en las generaciones que comienzan o que vienen. Y eso añade méritos al desvelo.

Doce. A los anónimos.

En este último comentario quisiéramos hacer un homenaje sencillo pero sentido a todos aquellos editores, institucionales o privados, que piensan en el libro como la expresión más clásica y coherente de nuestra cultura. Todos ellos han insistido en utopías que cuando se hacen realidad dejan satisfacciones profundas. A ellos, un cabal reconocimiento. Si no fuera por su paciencia, tesón y entusiasmo, estaríamos en manos de los mercaderes.