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SANTA MARIA LA ANTIGUA

La historia de la primera ciudad del continente, que Juan Jacobo Muñoz relató en media hora para contar la del primer hospital de América, es el tema de la mejor novela que no se ha escrito. Santa María la Antigua del Darién nació en la desembocadura del río Atrato el año de 1509 y murió en 1524. Pedrarias Dávila decidió llevársela para Panamá, quemó la última casa y dejó muerto el escenario de la primera fundación.

25 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Durante esos 15 años, en Santa María la Antigua se produjo el primer levantamiento popular de América, la primera elección de alcalde por el pueblo, se construyó la primera casa de dos pisos, la primera iglesia de Tierra Firme, la primera catedral, el primer circo de toros. Allí se nombró el primer Obispo del continente. Hubo la primera novela, se inició el primer cronista de Indias, salieron los que construyeron en Acla la primera fábrica de América, salieron los expedicionarios que descubrieron y conquistaron el Perú y que exploraron por el lado del Pacífico, Centroamérica, e iniciaron el conocimiento de Norteamérica. Algo de esto se veía ya en el escudo concedido por el rey a la ciudad recién fundada.

Sobre un fondo colorado, en todo el centro, un castillo de oro coronado por el sol y al pie, a la derecha del castillo, un tigre, y a la izquierda un lagarto. Lagarto quiere decir, en este caso, caimán o cocodrilo, porque el saurio de que hablaban los recién llegados podía, entre sus fauces, triturar a un cristiano.

No andaba el rey despistado al figurar el escudo. Balboa, al aconsejar el sitio de la fundación, pecó de optimista. El lugar era insalubre, impropio para un establecimiento permanente. A quinientos llegaron en un día los que salían de este mundo devorados por las fieras. La mudanza para llevarse la ciudad a Panamá no fue arbitraria. Pero los 15 años de vida de Santa María la Antigua, son increíbles.

Fernández de Oviedo alcanzó a escribir toda una novela de caballería, descubriendo que, mejor que esa novela, sería encontrar la historia de lo que estaba ocurriendo en el Caribe. Dejando, pues, su carrera de seguidor de Amadís de Gaula, pasó a escribir los libros que lo llevaron a ser el Cronista Real que todos conocemos. Hernán Cortés columbró en Santa María la Antigua del Darién su destino. Pasó a Cuba y paró en lo que hizo en México. Bernal Díaz del Castillo sacó de la experiencia de Santa María la Antigua del Darién esa estimación por los soldados que lo llevó a escribir la crónica verdadera de la conquista de México en oposición a los relatos oficiales.

Y así, en el inventario de los hechos de Santa María la Antigua del Darién, cinematográficamente se va viendo todo el despertar de América, en circunstancias siempre singulares, hasta llegar a la fundación del hospital y del lazareto con la curiosidad de los elementos con que contaban los cirujanos de la época y las drogas de la botica a que llega en sus detalles el estudio de Juan Jacobo y, por encima de todo, la vida fabulosa de Vasco Núñez, Adelantado del Mar del Sur.

Pedrarias, que, para congraciarse con Balboa le ha dado en matrimonio a su hija que está en España, escamoteándole los decretos del rey que lo favorecen, le sigue un juicio veloz. Convierte en jaula el patio de su casa donde lo tienen encerrado como una fiera. La sentencia contra Balboa no se hace esperar. Se le bajará la cabeza de un hachazo. Pedrarias asiste al cumplimiento de la sentencia, mirando por entre las cañas del solar de su casa. Tiran la cabeza de Balboa en tierra y se llena de hormigas y de arañas peludas.

Para hacer corta esta historia, si uno mete entre una cápsula toda la grandeza y la miseria del descubrimiento y de la conquista, la encuentra resumida en los 15 años de vida de Santa María la Antigua del Darién. Juan Jacobo, al hacer el inventario del hospital, presenta el cuadro completo de la primera sala de cirugía en una colonia en que el hombre vivía entre tigres y lagartos y perder narices, brazos, orejas o piernas era la diaria ocurrencia.

Los aparatos de cirugía cabían todos en una maleta, la mesa de operaciones no figura en el inventario y las drogas están por debajo de lo que lleva en un cuaderno de apuntes un brujo de Tolú. Pero lo que vale es la intención del hospital, el nombramiento del físico, el bacín de cobre, el caldero, las pinzas y el cuchillo. En el principio, eso era el hospital. Ya el médico sabría aprovechar la medicina local, y la verdad es que muy pronto en todas las boticas empezaban a rotularse los potes con leyendas como Bálsamo de Tolú .

En todo caso, siguiendo el relato de Juan Jacobo, se sabe con exactitud cómo era el sueño de Castilla de Oro en los comienzos de la Nueva Granada.