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NO ME HE IDO, ESTARÉ SIEMPRE CONVERSANDO

Ya lo veo allá arriba, en el cielo, luego del emotivo reencuentro con Stefanía, su pequeña hija, de la cual siempre aseguró nunca se había ido porque siempre vivía en su corazón.

21 de mayo 1995 , 12:00 a.m.

Lo veo sentado, con su retoño a la derecha, apoyado en algo que no puedo distinguir, pero que se asemeja a la cuerda superior del cuadrilátero, donde siempre le gustó permanecer. Y, sonriente, está mirando para abajo, directo a su Barranquilla del alma.

Lo veo con deseos de hablar, con la firmeza y convencimiento de siempre, con tono suave y agradable, sin titubeo, de los recuerdos de su paso de 23 años por la tierra y su ubicación preferencial en la esquina neutral de la eternidad.

Y, entonces con el uso de la palabra, como cuando le tocaba salir a exponer en las clases de secundaria del Colegio Nacional José Eusebio Caro, habla al tiempo que señala y gráfica con su mano diestra.

Agradece, inicialmente, la solidaridad del mundo entero. Escuchó los rezos y las oraciones de amigos y desconocidos en cinco continentes y, aunque no entendía en qué idiomas se expresaban, sabía que lo hacían por él: Sonrío porque casi siempre fui feliz, hasta el punto de que al comienzo de mi carrera ese feliz , era mi apodo, porque hacía del deporte que tanto me agradó, el boxeo, una actividad placentera con bicicleta, pasos elegantes y la manera alegre de subir a cada presentación con un disfraz diferente.

Sabe, me vine para arriba y ahora no sé si alguna vez pensé que sería entregándome en una pelea. Verdad, que no lo recuerdo. Pero hay algo de lo cual me siento orgulloso: de haberlo hecho sin cobardía. Yo soy valiente. Y los valientes se van temprano. Yo siempre fui fuerte, por naturaleza, en casa no faltó comida y apenas El Chicanito (Genaro Hernández) fue el único que me envió a la lona en la pelea anterior.

Subí hasta acá porque me tocó. No me arrepiento del boxeo. Ese fue mi pasatiempo allá abajo. Tiene sus ventajas y desventajas. Yo me quedo con las primeras. Y qué puedo hacer si siempre quise eso.

Tu, Estewil, que me conociste desde el comienzo, lo sabes. Recuerdas aquella derrota que sufrí en mi barrio contra Alberto Castro, la misma noche del 84 en que Marvin, que era un niño, perdió con un negrito flaco. Fue terrible para nosotros. Pero qué alegría aquel título en el coliseo San Vicente de Sincelejo el 25 de abril de 1986. Mi nombre está allí como el primer campeón gallo nacional y el primero en ser premiado como El Más Técnico .

Yo digo la fecha, porque tengo buena memoria. Lo recuerdo todo. Quienes me conocen lo saben: mi familia, mis ex novias, mis amigos. Sé que mucha gente no me vio en acción. Yo le puedo decir en qué fecha fueron los combates y el resultado.

Cómo era?, se preguntarán. Fino, al comienzo, porque quería imitar a Ray Sugar Leonard, pero luego perdí movilidad. El boxeo aficionado es diferente al profesional.

Subí y creo que faltaron cosas allá abajo: criar más a mis hijas, comprarles más muñecas. No darle el dolor a mi mamá de esto, pero sé que con el tiempo ella entenderá. En fin, muchas cosas que serían largas de enumerar. Pero así es el paso por allá abajo...

Acá arriba tendré tiempo suficiente para leer, ver cine, pasear a Stefanía y, por supuesto, buscaré cuales de mis ídolos del boxeo veo por acá. Conversaré con ellos, con latinoamericanos y con hablantes en inglés, porque de algo me sirvió el curso de ingles: yo me defiendo.

Tendré tiempo de seguir mirando para abajo. Veré por los míos y por todo los que pueda. Si Marvin decide seguir, haré fuerza que para que vaya a las Olimpiadas, yo quise ir pero la corta edad me lo impidió.

Así son las cosas. No me voy. No me he ido. Desde acá arriba estaré con ustedes conversando...